Opinión Nacional

El autobús y las focas

Un autobús sale de Santa Bárbara del Zulia. En él viaja un grupo de jóvenes hacia Maracaibo. Tienen la ilusión de recorrer el país, su país. Estarán en la capital zuliana dos días para después dirigirse a las playas de Falcón. La radio anuncia una cadena nacional. Chávez comienza su perorata. De los asientos de adelante, se paran tres tipos. Uno de ellos grita: “¡Quietos! No va a pasar nada si cada uno entrega todo lo que tiene”. Los jóvenes se miran entre sí. No lo pueden creer. No es la primera vez que les pasa. Tienen que hacerle caso al malandro.

Mientras, Chávez está diciendo que para acabar con la inseguridad en el país deben pasar veinte años. Con él en el poder, por supuesto. Que los robos, los asesinatos y los secuestros son productos del capitalismo. Que en un país socialista no ocurrirán. Uno de los muchachos, que recién había comprado un celular, ahorrando lo ganado por su trabajo en una cadena imperialista, logra esconderlo en su asiento. Los rateros no se dieron cuenta del movimiento que el joven pitiyanqui hizo para resguardar su juguete capitalista.

Se bajan los ladrones. Se llevan los bolsos de mano, el dinero, las pulseras y las cadenas (todavía hay quien las usa) de todo el pasaje. El muchacho que conservó su celular trata de llamar a una radioemisora de la zona. Le contestan que están a la orden pero que no pueden hacer nada porque “el Presidente está en cadena”. Llama al 171 y suena ocupado. Alguien le dice que ese número no funciona desde hace tiempo.

Chávez ahora está hablando de un banquero que se fue. “Menos mal que hay VHS en el autobús”, piensa una muchacha que aborda con su amiga un autobús en Valera. A los cinco minutos de haber arrancado, se repite la operación que ocurrió en el de Santa Bárbara. Los malandros se apoderan de todo y hasta les da tiempo de mandar a abrir el compartimiento de carga y se llevan los equipajes que consideran más valiosos.    

Ni un celular les dejó. La incomunicación es total. Chávez sigue en su monólogo. Ahora nombra la economía socialista y no se qué diferencia entre el precio capitalista y el justo. Una de las muchachas se pregunta, “por qué Venezuela no vende el petróleo a precio socialista”.

La única voz que se oye es la de Chávez. El chofer decide volver a tomar la carretera. Los pasajeros suben callados. Se sientan callados. No comentan lo que les ha pasado. Sólo se oye la voz del comediante en jefe que repite sus malos chistes interrumpidos por los aplausos de las focas.

Las focas no pueden hablar. Los venezolanos todavía podemos votar.

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