Opinión Nacional

El bicho humano

La verdad es que el bicho humano impresiona por lo raro. Se sabe que la solidaridad, el perdón, el compartir o la generosidad no son figuras sobresalientes en el altar de los hombres, asunto crucial a la hora de vislumbrarnos cabalgando sobre nuestra condición gregaria. Ya el bueno de Locke, filósofo descomunal en cuanto a sus contribuciones sobre el estudio de las sociedades, lo intuía a las mil maravillas: para evitar que terminemos descuartizándonos, es necesario pactar, y tal pacto equivale a instaurar un estado de derecho, a construir el imperio de la ley. Nada menos.

Yo, que según Ana represento máximo peligro cuando se trata de acomodarnos un rato frente al televisor (en esencia porque hago del control remoto un juguetico nada más que para turistear de modo impositivo y egoísta por el abanico de canales), debido a que no dejo cuajar la concentración necesaria para captar qué vaina ocurre, o qué se dice, o qué plantea el programa que ella desea ver, pues nada, yo, responsable absoluto de lo antes mencionado, detuve en seco mi pulgar justo cuando la megalópolis nipona apareció en pantalla, la misma que siempre me ha llamado la atención por megalópolis, por su exotismo y por su ejemplar manera de decirle adiós al quintomundismo redomado. La ciudad estaba ahí, con sus tiendas y su gente y el neón apretujado y los bares (sí, en Tokio también hay bares) metidos de cabeza a lo largo y ancho de esa hidra urbana con mil cabezas. Fue entonces cuando la tecnología (hablar de Japón es hablar de ella) apareció tan cuadrúpeda como canina.

Y es que simpáticos cachorros de metal, perros cuyos lomos brillan por razones de aluminio, son el último grito de la moda inventada en tierras de samurais. En lugar de pelos, pintura metalizada; donde cabe una húmeda nariz, la perfección de hocicos de hojalata; en vez de esa baba que te salpica los cachetes, la asepsia de una boca que abre y cierra por obra y gracia de la electricidad.

Parece que las ventas son millonarias. Un robot de éstos tiene el dólar pegado de la frente, lo que obliga a fruncir el ceño, no por el éxito comercial, dicho sea de paso, sino por el extraño trueque, es decir, por el hecho de que semejantes mascotas usurpen la función, y de qué modo, llevada a cabo por aquellas otras que se llaman Bobi y que mueven la cola, felices, sólo al escuchar que abrimos la puerta porque hemos llegado a casa.

En fin, que como decía al principio ni la solidaridad, ni el amor rociado a diestra y siniestra es algo que nos distinga como especie, asunto a tener en cuenta si alguna vez pretendemos hurgar, echarle un vistazo a la curiosa dedicación, mimos, atenciones, etcétera, etcétera, prodigados a los canes de silicio, hierro y chips. Que tantos niños sin pan, sin familia, sin instituciones que les brinden mínimo resguardo constituyan una verdad tan grande como dolorosa, se sabe. Pero lo que resultaría de lo más interesante averiguar es qué ocurre en las entrañas humanas, en los recovecos neuronales de los hombres, o lo que sea, al punto de que importe poco una realidad atroz que incluye a jóvenes, a ancianos, a enfermos, a pobres entre pobres, e incluso a animales cotidianamente maltratados, y a su vez importen mucho ciertos robots de compañía.

Mientras más lo conozco, más quiero a mi perro, dijo alguien refiriéndose a los hombres. La verdad es que el bicho humano sorprende por lo raro. La verdad.

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