Opinión Nacional

El Cabito II

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“Nombres esclarecidos gravitan sobre las desmirriadas espaldas de cretinos insignificantes y maricas melindrosos. La adulación ha descendido más todavía: en la adulación no ha habido degeneración, sino encanallamiento. Los áulicos de hoy no son solamente viles, como todos los áulicos, sino también imbéciles. La exquisita etiqueta de otros tiempos ha cedido el puesto al tupé cínico o a la obsequiosidad rastrera; no existe el ademán apatriciado sino el gesto burdo y villano; el chiste ático y sutil ha enmudecido ante la cuchufleta lacayil y pedestre; el epigrama ingenioso ha plegado sus alas ante el regüeldo ahíto.”

Tiempos de regüeldos, es decir de flatulencias, valga expresar: de eructos. Tiempos de lacayos, de cretinos insignificantes, de áulicos no sólo viles, sino también imbéciles. La vieja y bíblica sabiduría diría con sorna y desprecio de añejo escepticismo: “no hay nada nuevo bajo el sol”. Pero eran otros tiempos los retratados por Pío Gil con esa espantosa imagen. Eran los tiempos de (%=Link(«http://analitica.com/bitblioteca/ccastro/default.asp»,»Cipriano Castro»)%)
, mejor conocido bajo el seudónimo del Cabito. Hace hoy exactamente un siglo. Aún así: los paralelos son asombrosos, como si una jugarreta einsteiniana nos hubiera arrojado en una caprichosa y desquiciada máquina del tiempo hasta el año de 1903 y quien hoy nos (des)gobierna fuera la réplica mal clonada extraída de alguna de esas células atrofiadas de un riñón inúltilmente trajinado por el Dr. Israel, el más afamado cirujano berlinés de la época.

Pedro María Morantes, nacido en San Cristóbal el 24 de Octubre de 1865 y muerto en Paris ˆ adonde Gómez lo desterrara para silenciarlo ˆ el 4 de febrero de 1918, muchísimo mejor conocido como Pío Gil, nos retrató el perfil de aquel personaje, hoy caricaturizado por la náufraga marea de la historia en un libro que nos habla con una actualidad asombrosa y que recomiendo a todos, El Cabito: “egoísta, ególatra, que habría sacrificado la patria a su dicha, y sobre las pavesas humeantes de la ruina nacional, habría entonado él solo el soliloquio de su auto-adoración, empinábase sobre los pies, inflado, casi hasta reventar, como el sapo de la fábula, por un inmenso orgullo.”

Lo retrata bailando en uno de esos saraos en que la sociedad caraqueña de comienzos de siglo se rindiera ante sus sucios y simiescos pies: “una vez que el Cabito la soltó para hacer él solo, en un paroxismo tarantulesco cabriolas y morisquetas, se quedó sorprendida cuando alzando con temor la vista vio que todos los cortesanos habían dejado de bailar, para hacer con las bocas vueltas una gran O de asombro, corro alrededor del danzarín simiesco. Uno exclamó: -así no ha bailado nadie en el mundo, ni el Libertador.”

Ya se había hecho moda recurrir al Libertador para encubrir todas las canalladas del poderoso. Como si el tiempo se hubiera detenido.

2

Tiempos de eructos, de áulicos imbéciles, de contorsiones tarantulescas…y de soberanías. Como en todas las épocas en que al fragor del temporal y al repicar del sonido y la furia siempre surge el último recurso del canalla: la supuesta defensa de la patria. Primero la ensucia, la viola, la humilla, la zahiere, la calumnia y la somete. Para luego, cuando el mundo reclama asombrado por tanta iniquidad, esgrimir el argumento sublime del déspota: ¡soberanía! Que nadie ose meterse con SU patria, SU territorio, SU nación, SU república, SU bandera. Es la clásica triquiñuela del tramposo, del autócrata o del usurpador, cuando se ha encumbrado hasta las insólitas alturas del Poder. La patria: el privado feudo dentro del cual se siente autorizado a cometer todas las tropelías imaginables, ante las cuales el mundo debe voltear el rostro y cerrar los ojos, pues de lo contrario violaría el supremo derecho a la soberanía de los pueblos. Ha poco vimos a otro déspota, Augusto Pinochet, escandalizarse ante la supuesta violación de la sacrosanta soberanía chilena desde la prisión londinense en la que un juez honorable lo encerrara. Confundía el ex general golpista su ya desvencijada naturaleza con el territorio de la patria que en mala hora lo pariera. El nuestro ya reclama por la violación a nuestra soberanía: enciende la mecha de bombas destructoras con sus encendidas proclamas y luego se queja por los reclamos de las víctimas. Otro rasgo clásico del fascismo: convertir a la víctima en victimario.

Por esos años del Cabito, 1903, “nunca —ni en los más anarquizados días de la guerra federal — hubo en el gobierno de Venezuela mayor crisis de autoridad”. Lo señala uno de nuestros más grandes pensadores, Mariano Picón Salas en “Los Días de Cipriano Castro”, que también recomiendo, para agregar luego: “desde hace cuarenta años no vive Venezuela tiempos más tormentosos.”Venezuela era por entonces “un país alarmado y rencoroso, con gran duda sobre su destino.”¿No valen las semejanzas? Y como para que nadie dude de la megalomanía que sacude la menuda y simiesca figura del Cabito, desde su cabezota abombada de ojos saltones y lascivos hasta sus pequeños pies de enano, logra colarse ante el mundo como para que se diga que “más de un rasgo de prosopopeya, presunción y teatralidad acercan a través de la geografía a personajes como Guillermo II, el primer Roosevelt y Cipriano Castro. Tanta es la inquina que le coge Roosevelt, que llega a llamarle “unspeakebly villanous little monkey”. Un intratable y villano monito.

El paralelismo llega a tanto, que en los tiempos en que Castro desata su furia contra las potencias imperiales acusándolas de haber osado hollar el suelo de la patria con “su planta insolente”, un Ignacio Ramonet sale en su defensa. Se trata de un pintoresco personaje parisino llamado Paul Théodore-Vibert, publicista avant la lettre quien se dedica a defender a Cipriano Castro en periódicos tan pequeños, espumarajosos, embravecidos e insultantes como el defendido. Llegan acorazados alemanes e ingleses, bombardean Puerto Cabello, exigiendo reparación. Pero tampoco la bravata daba para tanto: Isaac Saligman, importante banquero norteamericano hacía por encargo del Castro tratativas con el gobierno de Roosevelt para conseguirle respaldo financiero y salvarse de la humillación y la debacle. Y Monroe decide aprovecharse de las circunstancias parapetándose en el reclamo de soberanía de un venezolano exclamando a voz en cuello: América para los Americanos, es decir: para los norte Americanos. ¿Nos espera una repetición de la infamia, por medio de la peluda mano de la Exxon o la Chevron, que aprovechándose de la polvareda que nos enceguece se han apropiado casi de gratis de la plataforma deltana? Justamente, gracias a un gobierno “nacionalista”.

No terminan allí las semejanzas. Por esos días de comienzos de año, hace exactamente un siglo y pudo haber sido hoy, un prelado homónimo del Cabito, el Dr. Juan Bautista Castro escribe en La Religión: “nunca, después que entramos en la vida independiente nos habíamos encontrado al principiar un año, rodeados de tantas tribulaciones, con nuestra República colocada a orillas de un abismo y envueltos en la oscuridad amenazante del más siniestro porvenir…La nación ya parece ingobernable, (hay) una miseria que es desolación y espanto; una falta completa de tranquilidad y seguridad para vivir, creyendo que los cambios y revoluciones nos remediarán, sin considerar que la ruina moral es ya universal en nuestra Patria”. No era hoy, era hace un siglo. Pero podría serlo.

Era en los tiempos de los eructos y los estupros, del patrioterismo y la algazara. Era en los tiempos de Cabito I. Como rezaba la nota aclaratoria que solía acompañar las presentaciones de los filmes de Hollywood que trataban temas demasiado escabrosos y actuales: cualquier parecido o semejanza con la realidad, es pura coincidencia.

3

Henos aquí, exactamente un siglo después, como si la historia en esta tierra de gracia fuera una mera ilusión óptica. Pocas fueron las siete plagas de Egipto en comparación con el castigo que ha recibido la patria — y perdonen a este fastidioso y añejo fablistán por usar un concepto de tan vieja alcurnia — por apestarse de estulticia y caer rendido a los pies de un ser como anticipado premonitoriamente por el Cabito, ese viejo caudillo colmado de corrupción y lascivia.

La justicia se ha convertido en una prostituta vieja y tuerta. El poder judicial pareciera estar en manos de jueces suplentes de jueces suplentes, que sólo le obedecen al poder ejecutivo. Se reparten sus desmanes amparados en la oscuridad de la noche, como las brujas de Macbeth. Humillan una tradición que, en comparación ante tanta iniquidad, reluce como un diamante. ¡Qué insólitos tiempos los de la tribu de Morales Bello!

Un hedor apestoso emerge como un vapor fétido y espeso desde las marismas del Poder, en donde la santería y las sanaciones reemplazan a la razón de legisladores y magistrados ilustres. La patria yace tan humillada y agraviada como hace un siglo. Y en el colmo del quid pro quo, el violador reclama por soberanía. Sólo cabe responderle con dignidad y altura, uniendo las mejores conciencias para exorcizarlo con razón y grandeza. Estamos en medio del pantano. Que no nos arrastre consigo.

Por tanta semejanza y tanto parangón, no fue casual el ingreso al Panteón de quien fuera el hijo de José del Carmen Castro y de Pelagia Ruiz, nacido en Capacho, estado Táchira un 12 de Octubre de 1858, día de la raza, muerto en Santurce, Puerto Rico, un 4 de diciembre de 1924. Encontró en un inimaginable futuro el favor de quien lo reproduce en el espejo del tiempo. Lo saca a relucir ahora, así sea brevemente y reducido a cenizas, para hacer resonar en el inconsciente de una patria enferma los recuerdos de un antiimperialismo devaluado y segundón. Es el reverso de Ezequiel Zamora, la otra inspiración que nos (des)gobierna. Pero de incendiarios hablaremos en otra ocasión. El hedor de las bombas recientes todavía espesa el ambiente.

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