Opinión Nacional

El cabito

Es probable que esté creando un nuevo verbo. Pocos son mis conocimientos de gramática pero ya recibiré un par de haladas de orejas por parte de una apreciada amiga, bien conocedora de esos enredos. El verbo es paradigmatizar. Y lo escribo porque ha sido frecuente en nuestra historia convertir villanos en héroes. Con frecuencia escucho al presidente reiterar su admiración por Cipriano Castro, presidente de Venezuela desde 1899 hasta 1908 que para admirársele más, llegó al poder tras una incursión militar. No voy a tomar como referencia para mis comentarios la obra de Pío Gil (Pedro María Morantes) que vale la pena leer y quien curiosamente acompaña a Castro en el mismo barco que le lleva a ultramar para sanar un mal que le aquejaba, tal vez congénito pero atribuido su agravamiento a la concupiscencia sexual y la desmedida afición al brandy por parte del hiperquinético personaje. Padecía de lo que en términos médicos se define como fístula vesico-colonica. Consiste en una poca común comunicación entre los intestinos y la uretra que deviene en infecciones del tracto urinario y en la salida de gas intestinal a través de la uretra durante la micción. Sonrío al preguntarme ¿Habría sonido y hedor al orinar? Pero retomemos el comportamiento del personaje. Castro toma el poder e inicia su proceso de afirmarse en el mismo. Militariza al país, gastando lo que no posee en armas y equipamiento. Venezuela está cundida de epidemias y hambrunas, piojos, garrapatas y pulgas, desvastado por espantosas guerras intestinas y analfabeto en casi su totalidad. Pero a Cipriano Castro parece no importarle otra cosa más que satisfacer su ego. Consolidándose en el poder derrocha en 1900 el 47% del total del gasto fiscal en armas y en 1901, en el mismo rubro, supera el 50%. Exige dinero a los banqueros, quienes al no atender el despropósito son encarcelados. Aumenta los impuestos y por supuesto, el presupuesto nacional no puede soportar la expoliación. Reconstruye los barquichuelos de la Armada, para poder perseguir a caudillitos locales pero inoperantes, como se demostraría algunos años más tarde, cuando los quiso imponer a fuerzas invasoras. Se ha gastado en esa tarea cuatro veces lo que se gasta en obras públicas. Para 1902 el gasto militar representó el 88% del presupuesto nacional (Inés Quintero, El Ocaso de una estirpe).

Las fuertes deudas externas, cuyo pago se ha suspendido, no como una protesta sino por carencia de liquidez, dan pié a una reclamación que deviene en un bloqueo de nuestras costas. Las principales potencias exigen el pago inmediato de sus acreencias, algunas de ellas injustas. Ante la negativa del gobierno a reconocerlas, Inglaterra y Alemania inician el acoso en diciembre de 1902. A la cayapa se unen el Reino de Italia y como río revuelto es ganancia de pescadores, Francia, Holanda, Bélgica, los Estados Unidos, España y México también hacen sus reclamos.

Castro pretende unir a una Venezuela donde el también ha contribuido a la desunión. Libera presos políticos y con presteza acude a su secretario, Eloy Guillermo González para que le escriba la famosa proclama de la cual, un año más tarde, reeditará abundantemente para satisfacer su desbordante egolatría: “:
¡La planta insolente del Extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria! Un hecho insólito en la historia de las naciones cultas, sin precedentes, sin posible justificación, hecho bárbaro, porque atenta contra los más rudimentarios principios del Derecho de Gentes; hecho innoble, porque es fruto del contubernio inmoral y cobarde de la fuerza y la alevosía… Y por supuesto, no podía faltar la cita sobre el héroe que ha servido de comodín a docenas de tiranos: “Pero la Justicia está de nuestra parte, y el Dios de las Naciones que inspiró a Bolívar y a la pléyade de héroes que le acompañaron en la magna obra de legarnos, a costa de grandes sacrificios, Patria, Libertad e Independencia… etc.

El problema se resolvió con la ayuda de los Estados Unidos de Norteamérica tras la firma de unos misteriosos protocolos que ni siquiera tuvieron traducción oficial al castellano. Venezuela volvió a quedar hipotecada. Esa fue la “gloriosa actuación” de un agitador que algunos años más tarde salió del país para solo regresar el 25 de mayo de 1975 desde el cementerio de San Juan de Puerto Rico a su ciudad natal y luego llevado al Panteón Nacional en el año 2003. Desde su salida del país en 1908 hasta su muerte en 1924 Cipriano Castro vivió con holgura su exilio. Un hombre que cuando invadió a Venezuela lo hizo con el dinero que le facilitó su compadre Juan Vicente Gómez, se enriqueció en pocos años pudiendo vivir sin trabajar hasta el fin de sus días. Hoy aún es posible darse una idea de su afición al lujo, visitando la famosa mansión Villa Zoila, en la actualidad Museo de la Guardia Nacional, donde habitaba mientras hacía el papel de presidente. Para finalizar recuerdo las palabras de Eduardo Blanco a Laureano Vallenilla Lanz cuando este hacía sus análisis de historia venezolana: Laureano: Usted va a acabar con la epopeya.

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