Opinión Nacional

El cazafantasmas en Miraflores

¿Nos merecemos esta tragedia? Yo creo que no. Emparentar al movimiento popular venezolano directamente con la figura de un brutal y desalmado asesino serial como Boves, súbitamente elevado al solio de los fundadores de la Patria, demuestra una crasa, una obscena, una aterradora ignorancia de la historia del país que se pretende dirigir. Como que Darwin tenía razón, así Marx diga lo contrario: por lo menos esta pequeña y aterida humanidad que puebla este afortunado territorio llamado Venezuela desciende indudablemente del mono. Por lo visto todavía desciende. Aún no arriba.

Se entiende que monten su tinglado semi totalitario y preocupados por la afasia del sátrapa encarguen a un escribidor para que le pergeñe un discurso medianamente pasable, con citas rimbombantes de personajes que hayan descollado en cualquier parte y en cualquier circunstancia. Pero todo tiene sus límites. ¿Qué hace la pobre Rosa Luxemburgo, una luchadora polaco alemana de comienzos del siglo XX que creía en la revolución pero odiaba las dictaduras y por lo mismo terminó agarrada de las greñas con Lenin y su banda de asaltantes de caminos, carniceros y trogloditas que parieron al peor monstruo habido en todas las Rusias desde los tiempos de Ivan el Terrible?

Los argentinos suelen usar una expresión escatológica para referirse a algo tan halado de los cabellos como meter a la genial, culta, bondadosa y lúcida Rosa Luxemburg, pensadora, marxista, historiadora y combatiente en el congreso donde se suele responder a los opositores a cabillazos: la citaron “al pedo”. Apuesto mi cabeza que Diosdado Cabello ni se imagina que Rosa Luxemburgo no es una caminadora que se gana la vida en el jardín del mismo nombre en la Ciudad Luz, sino la autora de Reforma o Revolución, Huelga de masas, partido y sindicatos y La acumulación del capital. Por referirnos solamente a sus obras más famosas. De las cuales sobresale y posiblemente la empujó a la muerte su Historia de la Revolución Rusa, en la que critica acerbamente el talante totalitario, dictatorial, pandillesco de la élite bolchevique y se atreve a afirmar – lo que le costó la vida – que la revolución rusa no podía ser el modelo válido urbi et orbi, como pretendían Lenin y su luego fundada Tercera Internacional.

Para el autor del Qué Hacer, la obra cumbre de Vladimir Ilich Ulianov, alias Lenin, un sacrilegio. Pues la dictadura era un parto violento, sangriento, cruento a más no poder y sólo realizable por medio de la horca, el garrote vil, el fusilamiento o el degüello de la oposición – toda la familia imperial incluida – y el uso inclusive de la cascarria de la clase obrera o lo que Marx, su maestro, despreciaba llamándolo Lumpenproletariat, vale decir, algo así como vagabundos recoge latas. ¿Cómo entonces puede afirmar el crápula de José Vicente Rangel que Maduro no tocará ni con el pétalo de una rosa a los asesinos de Mónica Spear, su marido y otros más de doscientos mil venezolanos y citar al mismo tiempo a Rosa Luxemburgo, para quien una afirmación tan descabellada, vil y canallesca sólo puede nacer en un cerebro endurecido y esclerotizado como un huevo de dinosaurio y podrido tras su cascarón como un feto en una cloaca?

Despropósitos de ese jaez trufan la intervención del pobre Maduro hasta la exasperación. Tras 14 años de crímenes abominables, cometidos por adolescentes o jóvenes que no tenían uso de razón cuando se podía decir de Venezuela que era un país capitalista, ahora resulta que son producto del capitalismo. ¿Y estos 14 años de revolución socialista del Siglo XXI, que ha hecho añicos ese capitalismo empresarial, que demonios fueron? ¿Capitalismo manchesteriano? ¿Neoliberalismo? ¿Capitalismo de Estado? Sin duda: ese discurso no lo escribió Heinz Dieterich.

Y en esa misma onda propia de cerebros menguados, propiamente minusválidos surge la insólita perla de que 3 millones de millones de dólares – no sé si llamarlos trillones – que se esfumaron como por arte de magia sin dejar más que deudas aterradoras – sólo la de China se balancea en los 50 mil millones de dólares –, una infraestructura devastada, una red eléctrica colapsada, una agricultura y una ganadería en ruinas y una industria petrolera en la debacle, se fueron a navegar en un barco fantasma. Ha dicho textualmente: “prohibiré que se le den divisas a empresas fantasmas”. Lo cual, en la más elemental lógica cartesiana significa que llevamos años de años asistiendo a la entrega de miles de millones de dólares a “empresas fantasmas”. Lo cual, evidentemente, por órdenes suyas – lleva un año dizque gobernando – o por órdenes del más amoroso de los amorosos tenientes coroneles venezolanos, responsable de un golpe de Estado que produjo un par de centenas de amorosas muertes, miles de millones en amorosas pérdidas materiales y el desastre amoroso más descomunal de que tenga memoria el continente de los delirios.

¿Cómo oír o atender las sandeces de quien le habla no sólo al público nacional, habituado desde hace catorce años al lenguaje hiperbóreo, incrustado de obscenidades y groserías, de desfachateces y ofensas gratuitas del Comandante Supremo, sino a embajadores e invitados extranjeros? Eso, señores, fue “un mensaje a la Nación”. A juzgar por el talante del mensaje, una Nación de descerebrados, de pigmeos, de salvajes.

¿Nos merecemos esta tragedia? Yo creo que no. Emparentar al movimiento popular venezolano con la figura de un brutal y desalmado asesino serial como Boves, súbitamente elevado al solio de los fundadores de la Patria, demuestra una crasa, una obscena, una aterradora ignorancia de la historia del país que se pretende dirigir. Como que Darwin tenía razón, así Marx diga lo contrario: por lo menos esta pequeña y aterida humanidad que puebla este territorio afortunado llamado Venezuela desciende indudablemente del mono. Por lo visto todavía desciende. Aún no arriba.

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