Opinión Nacional

El chavismo

Lo que vivió la sociedad venezolana entre el once y el catorce de abril, fue la consumación de un plan conspirativo largamente acariciado por un importante sector de la oposición. Entre sus objetivos fundamentales no solamente estaba la más bien elemental aspiración de derrocar al gobierno, sino la de implantar en el país un régimen de facto, con la idea para nada oculta, de aplastar al movimiento popular organizado en torno a la Constitución bolivariana y al liderazgo del presidente Chávez.

Si bien aun es temprano para sacar conclusiones de lo que en realidad pasó en esos días, no es aventurado sostener algunas afirmaciones que aunque generales, bien pueden ayudar a clarificar unos hechos que van a determinar lo que puede suceder en lo adelante. Este intento se presenta como ineludible cuando ya sectores de la oposición pretenden despojar a lo sucedido el 13 y el 14 de abril, de la importancia que realmente tienen. Claro que no se trata aquí de negar la importante movilización de la oposición el día 11, pero los hechos protagonizados en los días siguientes por el movimiento popular revelan, entre otras cosas, la profunda convicción, madurez política y organizativa que progresivamente han logrado las bases chavistas.

Los argumentos que buscan desconocer las jornadas democráticas y participativas del 13 y 14, redundan en la idea de que fue solo el ejército quien penetrado de la urgencia de deshacerse del gobierno “errático” de Carmona, se vio en la necesidad de volver a traer al poder a quien horas antes había sido expulsado. El objetivo es mostrar ante una oposición obsesionada, que la permanencia en el poder del presidente constitucionalmente electo es pura y simplemente el producto de las malas pulgas de unos militares que si bien el jueves tuvieron la brillante idea de mandarlo a rebotar de Miraflores, el sábado lo trajeron de nuevo desde la Orchila, en ausencia de alternativas mejores.

La resulta lógica de tal planteamiento, discurre en el hecho de que en estos momentos el gobierno en funciones es claramente ilegítimo, por la sencilla razón de que su continuación en el poder es la consecuencia de la voluntad de los hombres de armas que optaron por un malo conocido. Así las cosas, Chávez estaría usurpando el poder ejecutivo, contrariando nada más y nada menos que a la golpista “Sociedad Civil”, y a su inapelable mandato de echarlo de la presidencia de la república.

En suma, según los que así piensan, fueron los militares los que devolvieron al hombre a Miraflores. La presencia de la gente en la calle el sábado 13 y el domingo 14 de abril, con el objetivo de instaurar la legalidad y la Constitución, no es más que un detalle que acaso recuerde en lo adelante quien posea buena memoria, especialmente para los asuntos de poca monta.

Otra de las opiniones que se quieren establecer como verdad es aquella según la cual el corto período de gobierno de Carmona fue corto precisamente porque fue errático e improvisado. Así, las disposiciones y los decretos que llevaron adelante Carmona y su gobierno, serían parte de un largo rosario de errores de quienes frente a la novedad de asumir el poder del Estado, lo hicieron con la impericia de un elenco de recién llegados. Este argumento no es más que una media verdad que oculta mal la verdadera intención del régimen de fuerza que se instauró con la buena pro de casi toda una oposición que horas antes de la dictadura, se desgarraba el alma pidiendo libertad y democracia. El objetivo de aquel gobiernito de derecha no era otro que instalar una dictadura brutal que desconociera como de hecho lo desconoció, el régimen de libertades que garantiza la Constitución, y como lo afirmábamos más arriba, aplastar al movimiento popular que viene impulsando el proceso de cambios que vive la sociedad venezolana. Bajo estas premisas fue que la derecha impulsó a pocas horas de llegar al poder, toda una política represiva en conjunto con la idea de llevar adelante decretos que tuvieran como fin el derrocamiento de la democracia. Por consiguiente, no se trataba tan solo de un gobierno de erráticos y espontáneos en la tarea de des-gobernar el país, sino de un plan concebido racionalmente, madurado a través del tiempo y que contó con la participación entusiasta de una oposición reaccionaria, abroquelada en torno a algunos partidos de oposición, empresarios, mafias sindicales, la excluyente “Sociedad Civil”, la jerarquía católica, y cuándo no, la embajada norteamericana, en yunta con poderosos sectores de los medios masivos de comunicación.

Pero conviene insistir en las enseñanzas que dejaron la acción de un grueso sector de la población en el instante en que se propuso restablecer la vigencia de la Constitución. Sería necio negar que una de las características que salta a la vista de cualquier observador es el personalismo, que en alguna medida, define al chavismo. No obstante, el chavismo no es solo un movimiento mesiánico, como en realidad lo han sido todos los que tuvieron presencia en el país. En efecto, a partir del talante personalista del movimiento popular, se ha venido creando la idea de que quienes secundan el proceso de transformación social que vive el país, son naturalmente grupos caóticos, desorganizados, invariablemente violentos, militaristas, lumpen proletarios. En suma, incapaces de procurar cualquier acción que contemple un propósito claro y políticamente correcto. No obstante, como todo lo que efectivamente vale la pena en la vida es contradictorio, peligroso, mutable y también movedizo, es cierto que el chavismo es personalista, pero también, y sobre todo después de lo que demostró el sábado 13 y el domingo 14, cuando fungió como un factor determinante a la hora instalar en el poder no sólo a un hombre electo por los votos, sino al propio sistema democrático, es un fenómeno social asentado, organizado y profundamente político. Sin los prejuicios que impiden a la clase media y a su asexuada “Sociedad Civil”, articular una respuesta que trascienda los alaridos de fanáticos racistas en la plaza Altamira, cuando se desvivían por tocarle los testículos al coronel Pedro Soto. O cuando fabricaron a esa vergüenza para la historia republicana de este país, tal fue la ocurrencia de pensar que una reina de belleza podría gobernar un país mejor que cualquier hombre “contaminado” de política.

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