Opinión Nacional

El CNP: un balance final y personal

En abril de 2008 acepté una invitación que me hiciera Eduardo Orozco para participar en una plancha que activara un proceso de renovación del Colegio Nacional de Periodistas. Lo hice bajo la convicción de que el estamento de comunicadores venezolanos necesitaba de una instancia pública y, en el actual estado de cosas, protegiera los valores de la Constitución que hacen posible su labor, hoy en severo entredicho. Pensando, además, para qué lo voy a negar, que la promoción del periodismo no puede estar ligada toda a la esfera privada, y que en un país que a veces parece que se nos desmorona en las narices no podíamos estar pensando únicamente en llenar planillas para hacer cursos de crónica en Cartagena. Un tortuoso y exigente camino, sin remuneraciones, lleno de tensiones, que ha traído aparejado un enorme aprendizaje, transité junto a William Echeverría, Silvia Alegrett, Luis Zambrano, Salvatore Lo Monaco, Elsy Manzanares, Aixa Sánchez, y otros apreciados compañeros, incluyendo a mis respetados colegas del CNP-Caracas y el Sindicato de Trabadores de la Prensa. El gremio de los periodistas se embraguetó para plantarle cara a un gobierno que ha hecho del abuso y la violencia de estado una doctrina; para defender a nuestros colegas; para ejercer una exigente veeduría de los atropellos a la libertad de expresión y para luchar junto a los medios de comunicación cerrados o amenazados de cierre. Todo lo anterior con un proceso de reconstitución institucional que ya es irreversible. Juzgue el que lo desee lo hecho como bueno o malo: lo cierto es que antes de 2008 no había CNP y ahora está en boca de todos. Algunos imbéciles se dedicaron a minimizar estos esfuerzos insinuando que éramos un apéndice de Globovisión, o de Alberto Federico Ravell, o que hacíamos esto porque queríamos postularnos como parlamentarios. Los hechos están a la vista. No sólo no vamos a ningún Parlamento: entregamos nuestros cargos, porque los cargos hay que aprender a entregarlos. Acompañamos ahora a Silvia Alegrett, José Pernalete, Hernán Lugo, Laura Weffer, Johan Merchán y Delvalle Canelón para que continúen lo fraguado. Con ellos, yo al menos, continuaré dando la pelea por un gremio digno e independiente. Si quisiera ponerme pedante podría decir que se necesitaría no conocerme para figurarse que voy sentarme en la sala de gerencia de un canal de televisión para recibir indicaciones sobre lo que está pasando en este país. A Ravell he venido a conocerlo hace un mes, asunto éste que me ha dado mucho gusto, y que no tengo por qué esconder pues no es ningún delito. Este servidor se reúne con quien le de la gana y no necesita diplomas de manager de tribuna o de nulidades engreídas con sesgo patronal estatales o privados para saber que, aunque queda por hacer y todo sea mejorable, ha cumplido con su deber.

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