Opinión Nacional

El Código Da Vinci

Si la importancia ofrecida a la película El Código Da Vinci se la diéramos, con la misma intensidad, a otros aspectos de nuestra vida diaria, el mundo sería diferente. Pero, todos hemos sucumbido a la estrategia de marketing de la película. No obstante, más allá de una polémica bien estructurada para generar un gran interés por la película, ésta no resultó tan impactante como se esperaba. Pero, fue un buen negocio en una sociedad acostumbrada al consumismo.

Quien vea la película debe entender que está ante una obra de ficción, pero por ello no deja de preocupar la posible influencia en algunos públicos. Hay quienes señalan que no todas las personas tiene capacidad para comprender el mensaje, pero eso es una postura, a esta altura de la historia de la humanidad, que obedece a criterios populistas y arcaicos que no corresponden con la realidad. La película, al igual que otras obras, genera preguntas y dudas que ya estaban en el ambiente. Lamentablemente los argumentos de la novela son erróneos en los datos, pero su objetivo es claramente económico.

El cuestionamiento a la Iglesia, al Opus Dei, a las tradiciones religiosas no es nuevo, siempre han estado y estarán presentes, porque entre otros aspectos, seguimos teniendo, en general, una formación religiosa basada en el catecismo de la primera comunión. Y sabemos, que la teología ha reflexionado mucho sobre temas importantes pero se prefiere mantener estas ideas ocultas a la feligresía por miedo a que no las entiendan y por temor a que se cuestionen aspectos fundamentales de la religión con argumentos sólidos, no absurdos como los planteados en la novela. Si la educación religiosa estuviera al nivel de las exigencias del siglo XXI, ésta película, al igual que otras, pasaría como una película más.

Al margen de la discusión religiosa, la denominada “crítica” no ha sido muy condescendiente con el director norteamericano Ron Howard, quien nos había acostumbrado a trabajos con una mayor fuerza de dirección como Apolo 13 (1995), Una mente maravillosa (2002) o más recientemente Cinderella Man (2005). En parte, porque la adaptación al cine de una obra, de por sí polémica, hace que sea difícil ofrecer algo más que la simple adaptación.

Cualquier obra debemos verla con la finalidad de reflexionar y crecer. No es responsabilidad del cine o de la televisión que en las familias, en las escuelas o en las catequesis no estemos recibiendo una formación acorde con los signos de los tiempos.

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