Opinión Nacional

El costo del desastre

Las cosas se siguen poniendo rojas rojitas para el régimen bolivariano, ahogado en su fracaso y en el delirio de su dirigencia. El presidente amenaza a los venezolanos de la manera más cínica. Anuncia, con un descaro único, que desaparecerán todos aquellos que unidos al imperio, los pitiyankis, como lo reitera obsesivamente, se opongan al régimen. Desde ahora, ante las elecciones de noviembre, anuncia que de ganar la oposición la mayoría de las alcaldías y gobernaciones, como está previsto, aunque algunas encuestadoras animen a los oficialistas revolucionarios indicando lo contrario, el país se acabaría y los beneficiarios, los dependientes del régimen, aquellos que con la soga al cuello esperan los mercales, las dadivas, para sobrevivir, sufrirían los rigores del regreso a la cuarta república.

Lo cierto es que la miseria integral acorrala al país. Las calles de tierra, inmundas, al estilo de las más pobres ciudades y pueblos del tercer mundo, en donde impera el hambre y las enfermedades, son la muestra más clara del fracaso de los bolivarianos en su pretendida y usurpada gestión de desgobierno. Transitar por las calles de Petare, de sus barrios, por el centro de la capital, más por el oeste, para limitarnos a Caracas, es una verdadera vergüenza revolucionaria. Pero los venezolanos no son tan imbéciles como lo creen los chavistas. La diferencia que ha marcado este régimen con el pasado es abismal. Un país más pobre, más miserable, integralmente destruido.

Se perdió la oportunidad y eso cuesta. Se robaron las esperanzas, las ilusiones y eso cuesta. El desastre tiene su precio, a pagarse de contado en noviembre.

Los errores bolivarianos no solamente no se corrigen, sino que se acentúan. El empeño de los totalitaristas persiste. La idea o el plan trazado es acabar con todo, con los recursos, con las instituciones, con la sociedad venezolana, para hacer dependiente a un pueblo acostumbrado a la libertad. Hacer un país de beneficiarios por la vía de la destrucción es un proyecto errado.

Se han revertido los valores, se han introducido formas de gobernar ineficaces e inaceptables y eso cuesta. PDVSA, el ahora gigante de la administración, la caja chica de Miraflores, se ocupa del petróleo, de los alimentos, hasta de los deportistas y de las viviendas, amén de su política exterior de comprar aliados. La una vez eficaz industria petrolera no lo es mas. Abandona la meritocracia, asume responsabilidades impropias, invade esferas de 14 ministerios, dejando al lado las funciones para las cuales fue creada por la democracia, en la década de los 70 cuando se organizaba el país dentro de un marco de libertades y de dignidad.

La democracia es nuestro sistema, aunque una forma de gobernar totalitaria que quiere imponernos el chavismo desdibuje nuestras creencias y dogmas. Las encuestas reflejan la vocación de los venezolanos lo que debe considerar seriamente el chavismo, su PSUV y el mismo Hugo Chávez pues su propuesta es incompatible con los principios y valores que fundan nuestra sociedad.

El régimen aparenta solidez, cuando lanza sus amenazas en cadena y rompe las reglas. Pero su fragilidad es evidente y progresiva. El deterioro y su fin se aproximan.

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