Opinión Nacional

El delirio de la OPEP

(AIPE)- La reciente cumbre de la (%=Link(«http://www.opec.org»,»OPEP»)%), celebrada en Caracas, aparte de ofrecer un cuestionable espectáculo de derroche escenificado ante los ojos atónitos de una sociedad empobrecida, constituyó un asombroso retroceso a espejismos políticos y mitos ideológicos que algunos ingenuamente creíamos superados. La OPEP es un cartel con mala conciencia. Por un lado, pretenden representar a un «Tercer Mundo» que incluye desde los multimillonarios jeques sauditas hasta los mendigos de Calcuta, sin reparar en el daño que para muchos países pobres no-petroleros significan los súbitos y en ocasiones masivos aumentos en los precios del oro negro. Por otra parte, los miembros de la OPEP sostienen que los precios altos y bajos del petróleo, según las circunstancias, son la «culpa» de alguien, preferiblemente de los países consumidores del Occidente capitalista y liberal. Se niegan a entender que es el mercado, no los congresos, conferencias o cumbres, el que define en última instancia los precios de un bien. La idea de que el flujo constante de la oferta y la demanda es la fuerza que determina el precio de una mercancía pareciera imposible de asimilar en los conciliábulos de la OPEP.

Es interesante constatar que, prácticamente sin excepción, los países miembros de la OPEP son monarquías conservadoras (como Arabia Saudita), dictaduras sanguinarias (como las que imperan en Irak y Libia), teocracias opresoras (como en Irán), o regímenes autoritario-caudillescos como el de Chávez en Venezuela. Aparte de la condena moral que merecen estos sistemas políticos, es importante señalar que su naturaleza autoritaria no es casual; la misma se vincula al control del petróleo por parte del Estado, control que fortalece a los gobiernos y asfixia a las sociedades, tanto en lo político como en lo económico. Si algo demuestran los países OPEP es que el estatismo económico genera de manera automática autoritarismo político.

Nada de esto, sin embargo, se discutió en la «cumbre» de Caracas. Al contrario, los venezolanos fuimos testigos, una vez más, de un inusitado despliegue de primitivas ideas económicas, combinadas con una delirante exhibición de utópicos buenos propósitos, todo ello combinado con una patente ausencia de autocrítica. La OPEP sigue empeñada en convencernos de que unos países son pobres porque otros son ricos, que la riqueza son los recursos naturales y no conocimiento y aptitudes productivas, que las naciones avanzadas tienen una «deuda moral» con el resto del mundo por no se sabe qué pecados, y finalmente que la OPEP debe liderizar una especie de arreglo a nivel global que ahogue al mercado e imponga internacionalmente el estatismo que los productores petroleros practican en el plano doméstico.

Cabe sin embargo señalar que no todos los países representados en la reunión de Caracas cayeron de igual forma en el delirio. El más radical en esa materia fue sin duda Hugo Chávez, el casi siempre pintoresco presidente venezolano. Entre otras cosas, Chávez llegó a sostener que la «cumbre» ha sido «el evento más trascendental de los últimos cien años», olvidando, de paso, «pequeñeces» como el nazismo, la batalla de Stalingrado, la bomba de Hiroshima, y el colapso de la URSS (entre otras nimiedades). No contento con ello, Chávez aseveró, luego de despedir a sus huéspedes, que después de la cita petrolera «Caracas se perfila ante América y el mundo como la cuna de un nuevo mundo, como la cuna de una nueva fe, de una nueva esperanza». Cabe señalar que esto lo dice Chávez con absoluta convicción, aunque a todos los demás nos resulte no más que una verborrea delirante.

Los sauditas, acostumbrados por siglos a sobrevivir, fueron más prudentes, y dejaron saber que de seguir la marcha ascendente de los precios, ellos estarán dispuestos a aumentar la producción y evitar que se siembren las semillas de una atroz recesión mundial. Chávez decidió colocarse en el bando radical de la OPEP, junto a Irak, Irán y Libia, profundizando así su estrategia anti-occidental, y su empeño en antagonizar a Washington y ubicar geopolíticamente a Venezuela junto a la Cuba castrista y otros «modelos» semejantes. Lo que se está gestando en la patria de Bolívar es una tragedia, pero pocos quieren verlo con la necesaria claridad. Prefieren evadir un análisis serio del problema, refugiarse en el autoengaño y restarle importancia a las acciones de Chávez. El paso de los días revelará si tuvimos o no razón los que advertimos el peligro a tiempo.

* Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.

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