Opinión Nacional

El destripador exquisito

Hay cínicos de cuerpo entero. Hay cínicos de domingo cuyo esfuerzo por serlo se quiebra en la pujanza. Diógenes es de los primeros, la mayoría es de los segundos.

Guarda el cinismo cierto aire de solvencia ante la vida que un gentío suda galones al momento de procurar embadurnarse con su hiel, sobre todo ahora cuando la demanda crece pero los cojones flaquean.

Y es que para ser cínico hay que tener cojones. No cualquier impúdico supera las pruebas, ni mantiene los niveles. Un cínico puede ser una lechuga podrida intentando lucir fresca, lo cual raya en el patetismo que más salta a la vista tan sólo con asomarse a la calle, o por el contrario, un rozagante por los cuatro costados empeñado en rociarnos con sus ventosidades.

Por eso un cínico a tiempo completo, de la mejor cepa y calaña, brilla nada más que en ocasiones. Aquí cabe como nunca el dicho aquél: no todo lo que brilla es oro. Entre un cínico redomado y otro de utilería hay abismos insondables, piezas de un engranaje sustentado en la fetidez del verbo lacerante, del desplante en el justo momento y en el perfecto lugar.

Cínicos ha habido, hay y habrá. Pero genios del cinismo terminan por surgir cada cien años, y no por falta de talento sino por todo lo contrario. Cínicos de la política, de la religión, de la vida cotidiana. Cínicos del arte, de la ciencia o los deportes.

En lo personal, siempre he sentido interés por el cinismo lúcido, o sea, por ése ejercido a sabiendas. Hay que decir a estas alturas que existen cínicos ingenuos, cínicos que mueren sin saber que lo han sido, cuestión que los vincula con la mera estupidez, con la afinidad hacia el pendejo que igualmente pulula en estos pateaderos.

Para ser cínico es necesario ser en definitiva inteligente, y además mal pensado y a veces mala gente, aunque no siempre. Han existido cínicos hijos de puta, y también otros de corazones de oro. Importante es buscar la aguja en el pajar, hallar el ángulo que a otros les resbala, para entonces sacar las pinzas, enormes y afiladas, y restregárselo al mundo por la cara. La bilis consiste en su perfume; el hacha la herramienta para dar con el último filón. Un cínico es el destripador exquisito (si no consigue este nivel no nos incumbe para nada). Con algo de payaso, todo desvergonzado inicia sus oficios ubicado en el primer peldaño de lo que podría llegar a ser, asunto que, para continuar en el ascenso, lo ocupará toda la vida si pretende cultivar su arte, acceder al plano superior de los gigantes, hacerse cínico en mayúsculas.

Cínicos de pacotilla rondan a la derecha y a la izquierda. Cínicos por dentro y por fuera: ésas son las piezas que trascienden.

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