Opinión Nacional

El deterioro de la majestad presidencial

“No son los hombres vulgares los que pueden
calcular el eminente valor del reino de la libertad…”
Simón Bolívar

En tiempos cuando el Señor Miquelena acompañaba al Presidente Chávez, recuerdo que en cierta oportunidad, él sugería que era necesario que se reconocieran los fueros o privilegios que debía tener la “majestad presidencial”. Yo me preguntaba entonces ¿Cuál majestad? Cuando realmente el propio Presidente, con su estilo informal y su lenguaje coloquial e irreverente, se había encargado de “desmitificar” la institución presidencial (algunos de sus “ilustres” acólitos han reconocido como buena esa desmitificación). A nosotros nos parece que no se trata de una desmitificación sino de una vulgarización de la investidura presidencial. En efecto, según el diccionario de la Real Academia Española “vulgarizar”, en su última acepción dice: “Darse uno el trato de la gente del vulgo, a portarse como ella”. Es evidente que el pueblo, el soberano, es la gente del vulgo, esto es “el común de la gente popular” (primera acepción de la palabra vulgo en el citado diccionario).

Evidentemente, que se trata de un estilo de comportamiento presidencial bien distante del estilo generalmente observado por sus predecesores, con una clara intención populista y demagógica, dirigida a ganarse el favor y el fervor del pueblo, personificando hábilmente –con una gran capacidad histriónica– la simplicidad, la ingenuidad y la credulidad del hombre y la mujer del pueblo, pero que por otro lado, en razón de sus bajo nivel educativo y deficiente cultura, también se caracteriza por su rudeza, malos modales, tendencia a expresiones vulgares y por un lenguaje hiperbólico (“cuentero”, fabuloso); este último muy propio de la mitología del campesino y llanero venezolano, que es muy dado a sentirse héroe de supuestas hazañas, producto de sus fantasías, bien como cazador o guerrero trasnochado.

Pues bien, ahora, cuando la preocupación generalizada es porque haya “diálogo”, “entendimiento”, “reconciliación” y tantas otras positivas y bondadosas expresiones, sobre todo de los representantes del oficialismo, no podemos menos que decir: ¡Cuánta hipocresía y cuanto eufemismo se manejan ahora, cuando ha surtido efectos desvastadores esa prédica ofensiva, denigrante y destructiva, que por varios años han venido sosteniendo el señor Presidente y sus más fieles y sumisos seguidores!

Con relación a la expresión “primer magistrado” con que generalmente se alude al Presidente de la República, Manuel Ossorio, en su diccionario jurídico define el término “magistrado” como: “Superior en el orden civil. En ese sentido suele llamarse –con muy discutible propiedad—primer magistrado al Jefe del Estado”. Creemos que Ossorio hace una muy acertada acotación, puesto que la superioridad no es una virtud que acompaña a la autoridad formal o institucional, sino que se demuestra por la talla intelectual, por la estatura moral y por las características de una personalidad sobria y equilibrada, que realmente infunda respeto y admiración de los gobernados hacia el gobernante. Son, en nuestro parecer, condiciones a las que jamás debería renunciar un candidato a ejercer altas posiciones dentro de los órganos del Poder Público y más aún la Jefatura del Estado.

En este sentido, y vistas las actitudes, expresiones y conductas de la mayoría de los inescrupulosos e insinceros representantes del oficialismo, (esa clase dirigente, que bajo consignas y promesas de adelantar un “proceso de cambios revolucionarios” para bien del pueblo “soberano”, “quien manda”, y otras pamplinas muy bien aderezadas para convencerlos de la obra “benefactora” que haría “la revolución”), quienes accedieron al poder público para imponer como estilo del discurso gubernamental, la amenaza, el improperio, la descalificación, la intimidación, la expresión grosera y chabacana, en fin, un lamentable síndrome que aqueja hoy a la nación, producto de las frustraciones y resentimientos acumulados durante muchos años, contra la democracia puntofijista, por los camaradas criollos, quienes por no querer admitir y adaptarse a las nuevas realidades políticas y económicas que caracterizan al mundo actual, continúan haciéndose los ciegos, sordos y desentendidos, marchando “a paso de vencedores” (según lo repite con frecuencia e inusitado optimismo el Presidente Chávez).

¡Ah….pero no seamos ingenuos! No es cosa fácil para “la revolución” renunciar al disfrute de las prebendas del poder, ni a su participación en esa nueva clase, caracterizada por el nuevorriquismo, producto de la repartición del “botín político” que después de cuarenta años, ¡por fin! llegó a sus manos, después de tantas luchas por lograr la “justicia social”, gracias a la honorable revolución bolivariana. (¡con perdón del Padre de la Patria!)

Caracas, Noviembre de 2002

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