Opinión Nacional

El día D

Vuelvo sobre el tema del día 16, de agosto evidentemente. Escribo en medio de un viaje que me ha llevado por varias ciudades del occidente y los llanos venezolanos. En cada lugar se respira, como es de esperar, intensidad en el debate político y exaltación en la campaña electoral. Nada excepcional, aunque sí tal vez sea especial porque las voces pesimistas pronosticaban un momento como este en medio de la violencia. Incluso, si se revisa la prensa de hace un año, se encontrarán muchos dirigentes abogando expresamente por otras vías, y no precisamente por una salida democrática como el referéndum revocatorio, para zanjar la crisis política en Venezuela. Hemos sostenido que efectivamente una consulta electoral en sí misma no constituye una varita mágica para salir del atolladero en el que estamos, pero puede ser un primer paso para construir la solución en términos del respeto democrático a las diferencias y diversidades, sean éstas sociales o políticas.

Lo que sí he encontrado con harta frecuencia, en las ciudades visitadas, es una seria preocupación por el mentado día, por lo que ocurrirá después de que terminemos de votar. Una colega periodista, que votará por el no, me decía: “cualquiera que sea el resultado que sea por amplio margen para que no haya pelea por votos, porque si la diferencia es muy chiquita seguro que se agarran”. Una señora comerciante, a favor del sí, me comentó “voy a votar porque salga Chávez, pero si gana hay que dejarlo gobernar para que en el país haya paz”. De expresiones como éstas se pueden extraer dos cuestiones sustanciales: cualquier margen de votos, por más pequeño que sea, debe ser respetado; muchos venezolanos cifran esperanzas en el referéndum como una vía para lograr un mínimo de paz social y política después de largos meses de confrontación y polarización.

El temor por el día D no es exclusivo de los ciudadanos de a pie, es también compartido por los mediadores internacionales, que no sólo se emplean a fondo para evitar el fraude fraude, sino –especialmente- para conseguir que ningún bando se agarre del discurso del fraude para desconocer un resultado que le desfavorezca. En buena parte del país, me parece, está arraigada una cultura democrática que tiene como pilar fundamental jugar limpio en unas elecciones y gallardamente acatar el veredicto de las urnas. Teniendo como escenario la agudización de la crisis, con dirigencias políticas que se niegan a reconocer la existencia e importancia de sus adversarios, con discursos en los cuales se insiste en que si el otro gana es porque hizo trampa, entonces no es descabellado sentir el temor que viven muchos venezolanos en relación con lo que pasará una vez que se hayan cerrado las mesas de votación, al caer la tarde del domingo 15 de agosto.

Una señal clara que podría dar la dirigencia política, tanto en el gobierno como en la oposición, es decirle al país –sin ambages, sin medias tintas- que hay una decisión tomada de acatar la voluntad popular, que emane de las urnas, cualquiera sea el resultado electoral. Para nada es una muestra de debilidad, sería una demostración de cultura democrática, tal como la hay en amplios sectores de la población.

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