Opinión Nacional

El día después

Luego del tres de diciembre me ha quedado en la boca un sabor empalagoso. Sin embargo, más allá del natural cuerpo malo producto de la victoria de un caudillo (¿hasta cuándo caudillos en la historia política venezolana?), hace falta rumiar lo sucedido con el objetivo expreso de exorcisar ciertos demonios.

Pero primero lo primero: reconocer que Chávez ganó las elecciones. Sobre esta certeza, entonces, resulta útil reflexionar sobre el por qué, o seguramente los por qués, de semejante atrocidad. Y lo primero que se me ocurre es traer a colación la democracia misma. Nuestra democracia, enferma como está, supura por sus heridas y arroja humores que no son exactamente exquisiteces, ni nada que se les parezca. En Venezuela, y en América Latina por supuesto, hablar de democracia es hablar de un personaje que tiene materias pendientes con la sociedad. Una de ellas es la pobreza, otra la educación, otra la salud, otra la generación de riqueza, otra la búsqueda de igualdad de oportunidades, y así. Sobre todo gracias a que en nuestro patio crece vigorosamente la corrupción, y su hermana gemela, la impunidad, en líneas generales esos trabajadores públicos que son los gobernantes llegan al poder no para servir, sino para servirse. No para llevar a cabo tareas inherentes al avance de un conglomerado humano, sino para atender otros fines. Aquí se alimenta y engorda el estado de cosas que hoy nos agobia.

Hace algún tiempo un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo dejaba en claro que desde el Río Grande hasta la Patagonia, salvo excepciones, la gente estaría dispuesta a cambiar, gustosa, un poco de libertad en aras de mejorar sus condiciones de vida. Es decir, existe la impresión más o menos generalizada entre los latinoamericanos de que una mano férrea, aunque pisotee la democracia, bien puede ir aparejada con los tan esquivos avances sociales. Como si la libertad no se ubicara en el primer lugar cuando de niveles de vida se trata.

Craso error, desde luego. Confiar en regímenes que aplastan con el puño las instituciones de un país y guardar esperanzas de que gracias a su filiación militar, por ejemplo, van a encaminarlo hacia el despegue y el crecimiento porque simplemente aplicarán mano dura, resulta tan descabellado como delirantes son las ideas de quienes, argumentando tales o cuales virtudes propias de iluminados y demagogos, suponen tener ya los elementos para integrar, a fuerza de populismo, el selecto club de las naciones cuya prosperidad dista mucho de nosotros. Latinoamérica está plagada de ejemplos que ilustran lo que digo. El amplio abanico de las dictaduras sufridas a lo largo y ancho del continente comprueba que dándole la espalda a la democracia sólo es posible crear más miseria, más dependencia, más atraso y peores condiciones de existencia.

El maná petrolero ha vuelto por sus fueros. Que niveles astronómicos del precio del barril produzcan ilusiones de cualquier pelaje no es nuevo en Venezuela. Ya Uslar Pietri se cansó de señalarlo en su momento. En la actualidad la serpiente se mastica a sí misma, se muerde otra vez su propia cola, y el gobierno, rico entre los ricos, hace de las suyas en una nación vergonzosamente pobre. Es esta circunstancia la que se transforma en palanca para proyectar como salvadores a quienes utilicen los resortes adecuados. Hugo Chávez, que es el pueblo, que es como tú, pero que además es el Estado (tragicómica y bananera personificación de “el Estado soy yo”) es también la esperanza, es la única vía, es el camino expedito para dejar de ser lo que se es y acortar caminos, es decir, ganar la carrera de cien metros sin correr esos cien metros. El partido único de la revolución, que ya empieza a sonar con fuerza, ejemplifica muy bien lo anterior. El mandante no admite lo plural, entre otras razones porque el variado despliegue de formas de pensar y concebir lo social, o lo político, o eso que llaman el “proceso”, es incompatible con la voz del líder, que es asimismo la voz del proyecto y, al fin y al cabo, la única voz
Acortar caminos, tal es el espejismo. Si en democracia no hemos sido capaces de salir adelante, de desarrollarnos, pues ésta, como escribió un amigo, viene siendo algo así como la hija que le salió puta a la patria. Quiere decir entonces que los cantos de sirena tienen la alfombra roja ante sus pies, lo que allana el camino corto, cortísimo, a disparates “x” o socialismos “y”. ¿Alguna duda?, haga la prueba sin ambages, déle a Chávez el mandato hasta el 2021, que de ahí en adelante, como lo viene diciendo hace rato, seremos una potencia, un país libre, un ejemplo para el mundo. Mentalidades así juran que salir del subdesarrollo implica jugar a la gallinita ciega, lanzando flechas en todas direcciones (el socialismo del siglo XXI es la mayor de ellas), cuando progresar supone dejar atrás anacronismos ideológicos y coger al toro de la democracia, del mercado, de la justicia, de la educación y del modernismo por los cachos.

Es preocupante, muy preocupante, lo que ha ocurrido en Venezuela. A estas alturas Chávez no engaña a nadie. Cada quien votó por una opción determinada, y ganó aquella cuyas directrices bien sabemos que son la demagogia como cebo, el autoritarismo, la exclusión, el centralismo, la acumulación de poder, la negación del otro mientras no se empatuque de rojo y la Revolución Cubana, fracasada y agonizante, elevada a niveles de modelo para la sociedad venezolana. Un discurso como el de Rafael Ramírez en PDVSA, avalado y estimulado al instante por el Presidente, sería razón suficiente para que en todo demócrata se encendieran las alarmas. Al respecto, aquí ocurrió muy poco. Tengo amigos que de la noche a la mañana terminaron, por el contrario, apoyando a Chávez. Lo ven ahora como un mal que llegó para quedarse, y lo que es peor, sienten que si no se pliegan a sus designios verán rodar por tierra sus aspiraciones de ascenso. En este país la condición democrática ha calado poco, no me cabe duda. Yo descreo de aquellos que ven en los cuarenta años un período en el que se inyectó democracia a las personas. La realidad, dura y aplastante como un coñazo en la nariz, restriega hoy en la cara lo contrario. No otra cosa explica la triste situación del presente. No otra razón está detrás de una frase denigrante como aquella utilizada para adjetivar instituciones del Estado, incluidas la Fuerzas Armadas, cuando irresponsablemente se las tilda de “rojas, rojitas”. Tamaña sentencia, que ha sido celebrada por los partidarios del oficialismo, que fue punta de lanza en plena campaña presidencial para hacer proselitismo, es en verdad una locura que, viéndola en sus justas dimensiones, asusta bastante. Afirmar que el ejército o la CVG son “rojos, rojitos”, conlleva a la seguridad de que una parte del país, liderada por un demagogo sin fondo, se adueñó y privatizó todo lo demás, todo aquello que se atreva a romper con la hegemonía de un color, con una manera de pensar y una forma de entender la realidad. Estamos a un paso del fascismo.

Repito, me preocupa mucho la situación actual. Que Hugo Chávez se haya alzado con la victoria, metiéndose en el bolsillo, según el CNE, más de siete millones de votos, da razón a la sentencia de que cada pueblo se merece a sus gobernantes. Nosotros, como la mayoría de las veces, tampoco aquí hemos sido la excepción. Y de qué modo.

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