Opinión Nacional

El diablo se viste de rojo

En 2001, cuando el Papa Benedicto XVI era todavía Cardenal Ratzinger, dijo:

“Me atrevería a decir que nadie puede demostrar la existencia del diablo. No obstante, sí somos conscientes de que más allá de la maldad humana, hay perturbaciones y alteraciones en la Creación, una especie de poder de la envidia que nos arrastra y pretende abatirnos. Sin embargo, nunca debemos forjarnos una imagen del diablo como un Anticristo que podría enfrentarse con Dios y desafiarlo a un duelo. A fin de cuentas, la negación carece de todo poder. La maldad es, desde luego, una constante amenaza y tentación, pero no es un adversario de Dios que se halle a su nivel”.

“Nunca debemos forjarnos una imagen del diablo como un Anticristo que podría enfrentarse con Dios y desafiarlo a un duelo. La maldad es, desde luego, una constante amenaza y tentación, pero no es un adversario de Dios que se halle a su nivel”.

Sin embargo, a los cristianos nos ha sobrecogido la noción del demonio en muchas ocasiones de nuestras vidas. Cuando yo estaba chiquita me daba un miedo enorme oír hablar del diablo. Evadía el tema lo más que podía. Pero a veces era inevitable, como en las clases de Historia Sagrada del colegio. Allí nos narraban cómo el Arcángel Miguel derrotó a Satanás y lo envió a los infiernos. Cómo la serpiente subyugó a Eva, cómo Eva convenció a Adán y cómo fueron expulsados del Paraíso. Nos hablaron también de los “poseídos” a quienes Cristo sacó los demonios del cuerpo. Esas noches era seguro que yo no podía dormir. Me atormentaba también la idea de que cuando yo me portaba mal era porque el diablo me susurraba al oído, me tentaba y me conducía hacia el mal. Y eso para no mencionar el terror que me producía pensar que yo podía hacer algo que me valiera el castigo eterno.

La noción del diablo es básicamente cristiana. En el Antiguo Testamento se menciona muy pocas veces al “diablo”. No debe confundirse con “satan”, (de donde se deriva “Satanás”), la palabra en hebreo para designar al adversario. “Diablo” es una palabra griega, no hebrea. Por lo tanto el diablo es más cristiano que cualquier otra entidad meta-humana. El siglo XX, con sus adelantos tecnológicos ha contribuido a aumentar la imaginería diabólica: vimos parte del Apocalipsis de Juan de Patmos en la versión fílmica de la llegada del demonio a la tierra, La Profecía. Vimos también filmes tan aterradores como El bebé de Rosemary, y las muy espeluznantes contorsiones de Linda Blair poseída en El Exorcista.

Hoy el diablo cinematográfico es una diabla, Meryl Streep, en El diablo viste a la moda.

Pero la Conferencia de las Naciones Unidas nos ha confundido, pues ahora no sabemos si el diablo es el que huele a azufre… o el que se viste de rojo.

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