Opinión Nacional

El diálogo con… ¿quién?

Tanto desde el gobierno como de la oposición se tiene claro que el diálogo entre los actores políticos es imposible por una sola y elemental razón: una de las dos partes lo niega y no sólo de hecho sino de palabra porque una cosa es sentarse a conversar con la Iglesia y los empresarios y otra con quien representa, en el peor de los casos, a la mitad del país. Desde el gobierno entienden (seguramente de manera equivocada) que el diálogo con la Iglesia se puede prolongar indefinidamente con la discusión de propuestas inviables (la participación en un plan de desarme) y así hacerle tascar el freno en la defensa, por ejemplo, de los derechos humanos. Con los empresarios, perseguidos con ejemplar saña a lo largo de tres ignominiosos lustros, han descubierto la necesidad de ponerse de acuerdo ante el estruendoso fracaso del Estado como productor de bienes y servicios. Con dos o tres medidas que aligeren el peso de la opresión, suponen, pueden neutralizarlos y ponerlos a producir.

Con la oposición política las cosas son muy otras y abusando de una dudosa licencia para hacer lo que les venga en gana (los resultados electorales del 14 de abril) pretenden imponer todo tipo de arbitrariedades como si quien gobernara fuera Chávez y hubieran ganado las elecciones con un margen de tres millones de votos. Diferencia nada desdeñable que suele olvidarse en el tráfago, a veces insustancial, de la diatriba política en que nos distraemos ante un gobierno débil, no representativo ni equivalente a la forma despótica que pretende mantener. De allí la pantomima del falso diálogo, negado en el nivel político porque sentarse a conversar con un enemigo autorizado por el voto popular implica ceder y conceder. Y hacerlo implica negar la naturaleza totalitaria de un régimen que no se concibe a sí mismo si no se tiene todo el poder.

Claro, no estamos en el San Petersburgo de 1917 ni tenemos a la cabeza de los bolcheviques (que en este caso tampoco lo son) a Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) para justificar el golpe con la consabida frase («Todo el Poder a los Soviets»).

Pero el dilema no es tal cuando las circunstancias se decantan más allá del deseo de quienes gobiernan y el cumplimiento de las normas democráticas, en este caso el acuerdo, en medio del disenso, se impone como necesidad impostergable. Eso lo entendió Chávez hace ya más de una década y por eso se recurrió a la solución pactada. Estos que gobiernan ahora también lo entienden pero se niegan a dar su brazo a torcer porque saben, con toda certeza, que la salida democrática implica la pérdida del poder. Algo que no aparece en su mezquino menú de opciones.

@rgiustia

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