Opinión Nacional

El dilema del 2006

La “e” de enero se parece mucho a esta hora a la misma “e” de entumecimiento. La pereza, criticada por unos y disfrutada por muchos, extiende maternalmente sus brazos para retener a quienes se disponen a reiniciar su propia cotidianidad.

Y si esa cotidianidad se define como cosas rutinarias, repetitivas, medianamente predecible que conforman el quehacer, el 2006 asoma su nariz y parece anunciar que será de todo, menos rutinario.

A la luz de la nueva conformación del parlamento nacional, en el cual sólo se escuchará un monólogo que le dará cristiana sepultura a la participación y a la deliberación como elementos necesarios de la función legislativa, para refrendar los antojos de Miraflores, surgirán otros escenarios en los cuales se exprese y canalicen opiniones críticas, propuestas alternativas, o sencillamente reclamos y denuncias que el régimen tendrá que escuchar.

Contra todo pronóstico, que avizora una aplanadora política y jurídica a cualquier disidencia, y la consumación de la transición legal hacia una colectivización económica y eso que han dado en llamar el socialismo del siglo XXI, sospecho que el proyecto autocrático y militarista del chavismo se topará con un grueso problema: En pleno año electoral, deberá contener el ímpetu totalitarista, frenar la tentación absolutista y autista para no desenmascarar sus reales y prácticas intenciones.

La filosofa quintarepublicana Iris Varela, palabras más, histerismos menos, ya lo ha esbozado, en un mea culpa asombroso, pleno de sinceridad y de impotencia: Mientras más poder acumulamos, más nos hipertrofiamos como burocracia oficial para hacer que las cosas se cumplan (y para aplicar la disciplina partidista y bozal-arepérica).

Colonizados todos los espacios y resquicios del poder institucional del país, no hay ya excusas para cumplir al pie de la letra lo que hasta ahora ha sido más bien perorata revolucionaria. Intervenciones de fincas y hatos, y co-gestión forzada de por medio, el gran tema económico de este año, en el cual el petróleo seguirá alimentando el neopopulismo emboinado disfrazado de preocupación social, será el de la propiedad privada. Pero tranquilos, ya el INE ha anunciado que vamos directo a la pobreza cero, y que el desempleo será un mal recuerdo. En este gran tarantín en que ha devenido la economía nacional, todos seremos buhoneros.

Huérfanos de ideas, imbuidos en el modelo mental del discurso pseudoizquierdista ya fosilizado en buena parte del orbe, el actual gobierno en lugar de crear riqueza, empleos decentes, estables y formales, promover la inversión privada, en fin, generar consensos, prefiere atacar al sector privado, a los medios, a la iglesia y a todo lo que huela a queja, reclamo o crítica. La victimización en manos de la perenne conjura imperialista se avivará este año, siempre amenazando con la ruptura de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, pero sólo eso, ladrando sin morder.

En lo político, cualquier escenario, discusión o debate que se pretenda plantear, pasa por superar lo relativo al cambio de rectores del CNE, y de las decisiones que dicho Poder ha tomado, generando más desconfianza que transparencia.

Ante la consolidación del control político e institucional del país por parte del oficialismo, las comillas de la “democracia” venezolana se acentúan cada vez más. En términos etílicos, la borrachera de poder que obnubila al gobierno, se materializa no sólo en la hipertrofia, inmovilismo, ineficiencia, es decir, en la imposibilidad creciente de gobernar y generar respuestas a las necesidades colectivas, sino en la tentación de radicalizar el proceso de persecución, de polarización, sembrar la semilla de la violencia, y dar pie a un aislamiento creciente del gobierno y del país.

2006, año complejo, decisivo, es además, un año electoral. Si bien ha fluido generosamente hasta ahora, los meses siguientes verán un chorro mucho mayor y dadivoso del gasto público y populista, que inundará las necesidades de muchos, y saciará el oportunismo de otros, aquí y fuera del país.

Un dilema, entre tantos, se cierne sobre el país opositor: Continuar con la tendencia del silencio pasivo del 4-D, y abrir paso a la consolidación definitiva de la autocracia militarista emboinada, o replantear la forma de pensar y hacer política de cara a esa realidad. La última palabra no la tiene el Primer Mandatario, ni los observadores internacionales, mucho menos desvencijados partidos políticos de lado y lado, autistas ante el sentir de la mayoría. La última palabra la tienen los venezolanos, quienes decidirán la manera y forma de hacerse sentir, a quienes dejarán solos, y a quienes acompañarán.

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