Opinión Nacional

El enemigo en casa

La oposición venezolana, (demasiado) lentamente comienza una etapa de redefiniciones, después del consabido plebiscito parlamentario de diciembre próximo pasado. Variada, luce obvia la disparidad de pareceres e, incluso, de iniciativas orientadas al ejercicio de una posición teóricamente reconocida por la Constitución. No obstante, tal disparidad tiene sus límites (razonables).

Digamos, por una parte, que es necesario un piso común de planteamientos y tareas que le conceda la necesaria eficacia ante un régimen articuladamente inclemente y que anuncia, de alguna manera, un compromiso mínimo para la futura transición democrática. Suelen apuntarse las distancias ideológicas entre sus líderes, si hacemos caso a la topografía discursiva clásica (izquierda, derecha y centro), pero –históricamente comprobado- ellas se acortan cuando es inmenso el peligro existencial que encarna un proyecto autoritario que está, cada vez más, sincerándose en las aguas del totalitarismo: COPEI, URD, AD y el PCV, a guisa de ilustración, debieron realizar un esfuerzo compartido para combatir a la tiranía perezjimenista y provocar el parto de una nueva etapa republicana en 1958, por lo que –reivindicando una sobreviviente cultura básica democrática- no es difícil concordarse en la actualidad.

No hay mejor motivación y oportunidad, por otra parte, que la candidatura presidencial para lograr una vasta coincidencia alrededor de una persona que mayoritaria, aunque no exclusivamente, pues el gobierno tendrá a sus candidatos de oposición (prêt à porter), logre la suficiente representación de la Venezuela democrática. Frecuentemente creemos que basta con renunciar, sin rendir un testimonio de pelea, a los escasos espacios que otorga el gobierno, pues – ¡todo lo contrario!- ansía que le dejen el campo tan libre como sea posible, además, para ganar limpiamente, sin tener necesidad de acometer el gran fraude que sus planificadores tienen en el congelador. Otro asunto es que, incumplidas las exigencias opositoras, en el momento político adecuado (¡político!), adoptemos en conjunto, convincente y eficientemente, la decisión de un retiro total de la lidia electoral. Al respecto, recordemos, las parlamentarias arrojaron una enorme lección de sensatez ¡política! al desplegar una estrategia por la cual, insatisfechas las condiciones necesarias para acudir a la cita electoral, evidenciadas por la observación internacional, renunciamos a las candidaturas.

Hay desacuerdos en la oposición democrática, pero urge reconocer que los adversarios no están en su seno y, más de las veces, cuando la prioridad no es luchar contra el régimen, sino pedalear contra la propia casa, apedrear nombres propios, reacio a todo debate de sinceridad, es legítima la sospecha de un gobierno que infiltra. Y, sobrando los ejemplos que la historia a veces solapa, el autoritarismo obtiene su mejor solvencia por las incomprensiones, trivialidades u obcecaciones que surgen del cuadro de sus adversarios, e –igualmente- de las complacencias tarifadas, dislocaciones gratuitas y la artera traición de los que aparentemente se oponen.

Únicamente un debate de sinceridad, con vocación por la acción inmediata, puede subsanar las fallas y equívocos de la oposición. Y no aludo sólo a las visiones que puedan tenerse del país, sino a los hechos prácticos que puedan confundirlo: ganar la calle significa generar confianza y organizarse seriamente para ello, a sabiendas de un proceso complejo para tornar la mayoría abstracta en mayoría concreta, pero no será posible si inconsulta, recreacional e irresponsablemente llamamos a marchas y contramarchas, creyendo que de un plumazo ocuparemos Los Próceres.

El enemigo en casa es la incoherencia. El enemigo en casa es la ligereza. El enemigo en casa es el tedio táctico. Alcancemos la coherencia, profundidad y sentido estratégico que las circunstancias reclaman.

II.- Una y otra clase media

Fugaz conversación en torno a la película «Memorias del subdesarrollo» de Tomás Gutiérrez Alea (1968), basada en la obra de Edmundo Desnoes, nos antojamos a finales de diciembre próximo pasado en un ejercicio comparativo. La tertulia incumplió la promesa de conseguir los datos objetivos, pues, el tiempo y sus inclemencias laborales, pocas veces permiten prolongar el entusiasmo por un tema que surge del azar.

La reducida y relativamente privilegiada clase media cubana, en los inicios del largo régimen castrista, tuvo la ocasión de huir de un experimento que asomó tempranamente sus fauces. Todavía capitalizada, en el contexto de una guerra fría de inestables oportunidades, y a un paso de Florida, la mesocracia se hizo aérea antes que llegaran las balsas, recibiendo la atención y comprensión de la opinión pública mundial. Beneficiaria directa o indirecta del batistismo, por definición, un régimen transitorio, tampoco retrataba las sandeces de la tía de Enrique, quien ordenaba congelar la piscina para una danza sobre patines en sus espléndidas fiestas de lisonja, como lo dibujó Carpentier en «La consagración de la primavera». De modo que no era tampoco compacta, blindada e insensible a los necesarios cambios, por lo que el grueso de sus componentes simplemente buscaron sobrevivir más allá de las fronteras.

La cada vez más reducida, muy variada y superviviente clase media venezolana, ha intentado huir de las previsibles circunstancias que impone el régimen chavista, cuando la emigración no ha sido una característica o constante entre nosotros. Crecientemente descapitalizada y tras siete años de modificación del cuadro geopolítico regional, desatendida e incomprendida por una opinión pública mundial que sabe de Hugo Chávez como la mala imitación de Fidel Castro, distante el piso estadounidense y los otros pisos que puedan ofrecerse, es la prisionera por excelencia del actual orden de cosas. Sumemos que nuestros mejores profesionales, con credenciales académicas y experiencia laboral, corren el riesgo y aceptan resignadamente el cupo que pudiera ofrecerles un vasto y muy competido mercado laboral (para destapar pocetas de poco valen los polinomios, dijo mi amiga; y la equivalencia y el acceso a la barra norteamericana parecen una apuesta desventajosa para el abogado, dijo un amigo). De la nostalgia de las antiguas movilidades sociales puede tejer su rutina, más no de la forzosa adscripción a una postura opositora que ha de hacerse un vital compromiso político: en las mazmorras de la crisis, no hacer ni dejar hacer puede significar la muerte social, devenida lúmpenes de sustentación del régimen.

III.- La democracia cristiana: variaciones sobre una misma línea

Recientemente, Néstor Suárez versa sobre las tres vertientes que caracterizaron a la democracia cristiana, a objeto de reafirmar su convicción liberal. Antiguo militante de COPEI, profundizó en su actual postura, legítima por lo demás, ofreciendo una versión de lo que estima fueron las tres líneas de un movimiento surgido a la luz de la enseñanza social de la Iglesia.

Ciertamente, hubo matices muy acentuados dos o tres décadas atrás en el mundo socialcristiano que reclaman todavía un pormenorizado y severo estudio, sobre todo en el contexto y estabilización de la naciente democracia venezolana. Suele ocurrir, los estigmas ocupan el lugar de un análisis objetivo, así como el de la actualización de las fuentes e interpretaciones del caso.

El extremo consenso radicó en un conjunto de principios doctrinarios que solemos llamar metapolíticos, como el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, la primacía del bien común o la perfectibilidad de la sociedad civil. No pasarían de un dato escolar, si el debate no hubiese explicado algunos de los sismos experimentados, pues, a veces muy rico y útil, otras bizantino y revanchista, tales principios fueron materia prima para el ejercicio de la acción política, ciertamente más teñida de la filosofía que de la economía.

Estructurar el bien común, a guisa de ejemplo, nos llevó a propuestas encontradas, hoy posiblemente conciliadas o conciliables. Mounier propugnaba un socialismo no estatal frente a un Erhard que confiaba más en el mercado. Antes, radicalizando las opciones, incluso, se decía de un socialismo a secas (o la «revolución sin signo»), como ahora se habla de un mercado a secas, desterradas nociones complementarias como aquello de sociedad comunitaria o modelo ecológico y social. Todo esto, bajo el protagonismo de quienes curiosamente esgrimían su juventud en las calles y en las aulas.

Ahora bien, quizá interesada en no pocos casos, la confusión también hizo estragos, porque – de un lado –no hubo distinciones y precisiones en torno al marxismo o al liberalismo, y hubo igualmente degeneración antes que reconocimiento de posiciones. Quienes llegamos tardíamente a la discusión militante, por razones de edad biológica, adscribimos con entusiasmo las tesis comunitarias enteramente convencidos de las marcadas diferencias con los marxismos en boga; o los que profesaban completamente la economía social de mercado, sabían muy bien de las diferencias con el liberalismo. Por lo demás, un trabajo publicado en la revista «Nueva Política», cuya edición no preciso al momento de escribir esta nota, José Rodríguez Iturbe magistralmente saldó las diferencias cuando estuvieron en boga las fórmulas neoliberales al correr los noventa.

Hoy confiscadas, manipuladas y desnaturalizadas muchas de las ideas por el régimen, reivindicamos la posibilidad de una economía social y ecológica de mercado orientada hacia la consagración de una sociedad de derechos humanos y calidad de vida, con democracia plena y en libertad, en la que –por ejemplo- la propiedad privada pueda coexistir con una propiedad social que ha de mostrar su eficiencia. Empero, con Peter Drucker a la mano, sea un dilema ya superado por la sociedad del saber, sustentada en la economía del conocimiento, hacia la cual presuntamente nos conduce la globalización, como interdependencia de los pueblos.

Hace poco, en un seminario realizado en la ciudad capital, Eduardo Fernández insistió en la diferencia con el capitalismo liberal, siendo inevitable concordar un programa económico que equilibre el Estado y el mercado en una sociedad realizadora de los valores democráticos. Democracia con equidad llama César Pérez Vivas a una salida realista para el pernicioso capitalismo de Estado, radicalizado por los «socialistas del XXI» que poco o nada conocen en las altas esfera de porvenires, utopías y sueños, excepto las degradadas consignas, los desplantes iconográficos y el sagaz imaginario del que se sirven.

Aplaudo la reflexión de Néstor Suárez, nota autobiográfica de su andar político, pero más que tres líneas, particularmente ganadas por el estereotipo, aludió rápidamente a las variaciones de una misma línea doctrinaria, olvidando –en su caso- la especificidad hasta antropológica de las posturas democristianas. En todo caso, celebramos que reivindique un espacio ideológico en el Zulia, porque la antipolítica –ésta vez- hizo estragos en el universo político, banalizándola.

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