Opinión Nacional

El equilibrio de los géneros

En junio de 1975 (hace exactamente treinta y un años) se llevó a cabo en México la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer. Ya en 1945, el Preámbulo de la Carta de Naciones Unidas se refería a la “igualdad de derechos de hombres y mujeres”, pero fue recién en 1975 cuando se comenzó a cambiar realmente la perspectiva del “bienestar” de las pasivas receptoras de ayuda por otra muy diferente de igualdad de derechos y oportunidades.

Esta Conferencia fue sucedida por otras tres (las de Copenhague en 1980, Nairobi en 1985 y Beijing en 1995) y por la aprobación de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer , considerada como la “carta de los derechos humanos de la mujer”, y de la Declaración de Beijing . En el transcurso de estas cuatro Conferencias internacionales fue variando el enfoque de la cuestión y se pasó del MED (“Mujeres en el Desarrollo”) al GED (“Género en el Desarrollo”), aunque no se trata de una evolución en el sentido estricto del término, porque muchas veces ambas perspectivas son complementarias.

En el enfoque MED, las mujeres y niñas son el objetivo, el núcleo del problema observado y la solución; se observa su exclusión del proceso de desarrollo de los países y se trata de integrarlas. Se desarrollan entonces estrategias que ponen su acento en las mujeres y se intenta compensar sus carencias con discriminaciones positivas. Sin embargo, esto sólo aumenta el agobio, ya que sus roles se multiplican: no es sólo ahora el reproductivo, que las confinaba al hogar, sino también el productivo y el social que las “integran” al mundo, pero no cambian las relaciones de poder con respecto a los hombres. Ciertamente, la igualdad de derechos debía darse en todos los niveles de la actividad humana y en todos los roles, ya que asumir el papel de los hombres no se había revelado como deseable ni satisfactorio, pese a ser una posición dominante o de poder.

En Copenhague se había tomado ya conciencia de la falta de participación adecuada del hombre en la mejora del papel de la mujer en la sociedad, pero será en Beijing cuando se enuncie la incorporación de la nueva perspectiva de género (GED), la cual aborda las relaciones entre hombres y mujeres advirtiendo la existencia de una estructura social básica de desigualdad. Para lograr el desarrollo sostenible e igualitario, donde hombres y mujeres tomen decisiones compartidas, es necesario el empowerment de las mujeres y la transformación de las relaciones recíprocas desiguales. En este sentido, los proyectos de desarrollo comienzan a incorporar consideraciones sobre los roles, responsabilidades y espacios o ejercicio de poder de mujeres y hombres y las relaciones entre ambos (“democracia de género”), procurando la transformación de la sociedad en su conjunto. El concepto de igualdad dio paso al de equidad de género, es decir, igualdad de oportunidades entre los no necesariamente iguales.

Respecto del término ampliamente usado en estas cuestiones, empowerment, traducido como “empoderamiento” , suele aclararse la doble dimensión que contiene: por un lado, la toma de conciencia del poder, y por otro, su ejercicio. Pero la idea de una mujer rebelde y con ansias de poder ha despertado tradicionalmente resistencias y suspicacias, sobre todo, claro está, desde sectores conservadores y religiosos. Sin embargo, hay excepciones. En Marruecos, las mujeres han terminado imponiendo sus reivindicaciones dentro de un marco religioso que ha diluido en su seno el impacto. Ellas advirtieron ya desde el principio que las relaciones asimétricas de género no tenían un origen islámico sino que se sustentaban en prácticas sociales que trataban de ser asociadas a lo religioso para perpetuarse y perpetuar relaciones de sometimiento y poder, cuando no de pura violencia. El uso del velo, entonces, se transformó en la estrategia que las legitimó ante la sociedad y les abrió las puertas de un mayor protagonismo, poniéndolas en el camino de la equidad, el “empoderamiento” efectivo y el respeto de la sociedad más tradicionalista.

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