Opinión Nacional

El error Rosales

No, no es una errata. Es probable que en los libros futuros de historia de Venezuela se encuentre un capítulo con el mismo título que este artículo. El buen lector, que es el cauteloso y alerta, habrá advertido que en esa expresión el señor Rosales no es el sujeto del error, sino el objeto. No se dice que el error sea de Rosales, sino más bien lo contrario -que Rosales es el error, que Rosales es un error-. Son otros, pues, quienes lo han cometido y cometen; otros toda una porción de Venezuela, aunque, a mi juicio, no muy grande. Por ello trasciende ese error los límites de la equivocación individual y quedará inscrito en la historia de nuestro país.

Estos párrafos pretenden dibujar, con los menos aspavientos posibles, en qué consiste desliz tan importante, tan histórico.

La Oposición en Venezuela es, ante todo, la política que viene a presentar. En nuestro caso se trata de una política sencillísima. Es un monomio. Se reduce a un tema. Cien veces lo ha repetido el señor Rosales. La política de la Oposición consiste en cumplir la resolución de volver a la normalidad por los medios normales. Aunque la cosa es clara como «¡buenos días!», conviene que el lector se fije. El fin de la política es la normalidad. Sus medios son… los normales.

Yo no recuerdo haber oído hablar nunca de una política más sencilla que ésta. Esta vez, la Oposición se ha hartado de ser sencilla.

Bien. Pero ¿A qué hechos, a qué situación de la vida pública responde la Oposición con una política tan simple y unicelular? ¡Ah!, eso, todos lo sabemos. La situación histórica a que tal política responde era también muy sencilla. Era ésta: Venezuela, que venía ya de antiguo arrastrando una existencia política bastante poco normal, ha sufrido durante siete años un régimen de absoluta anormalidad en el Poder público, el cual ha usado medios de tal modo anormales, que nadie, así, de pronto, podrá recordar haber sido usados nunca ni dentro ni fuera de Venezuela, ni en éste ni en cualquier otro siglo. Lo cual anda muy lejos de ser una frase.

El Régimen ha sido un poder omnímodo y sin límites, que no sólo ha operado sin ley ni responsabilidad, sin norma no ya establecida, pero ni aun conocida, sino que no se ha circunscrito a la órbita de lo público, antes bien ha penetrado en el orden privadísimo brutal y soezmente. Colmo de todo ello es que no se ha contentado con mandar a pleno y frenético arbitrio, «sino que aún le ha sobrado holgura de Poder para insultar líricamente a personas y cosas colectivas e individuales. No hay punto de la vida venezolana en que el Régimen no haya puesto su innoble mano de sayón. Esa mano ha hecho saltar las puertas de las cajas de los Bancos, y esa misma mano, de paso, se ha entretenido en escribir todo género de opiniones estultísimas, hasta sobre la literatura de los poetas. Claro que esto último no es de importancia sustantiva, entre otras cosas porque a los poetas los traían sin cuidado las opiniones literarias de los dictadores y sus criados; pero lo cito precisamente como un colmo para que conste y recuerde y simbolice la abracadabrante y sin par situación por que hemos pasado. Yo ahora no pretendo agitar la opinión, sino, al contrario, definir y razonar, que es mi primario deber y oficio. Por eso eludo recordar aquí, con sus espeluznantes pelos y señales, los actos más graves del Régimen. Quiero, muy deliberadamente, evitar lo patético. Aspiro hoy a persuadir y no a conmover. Pero he tenido que evocar con un mínimo de evidencia lo que este Gobierno ha sido. Hoy parece un cuento. Yo necesitaba recordar que no es un cuento, sino que fue un hecho.

Y que a ese hecho responde la Oposición con el señor Rosales, cuya política significa: volvamos tranquilamente a la normalidad por los medios más normales, hagamos «como si» aquí no hubiese pasado nada radicalmente nuevo, sustancialmente anormal.

Eso, eso es todo lo que la Oposición puede ofrecer, en este momento tan difícil, a los veintisiete millones de hombres ya maltraídos de antiguo, después de que se los ha vejado, pisoteado, envilecido y esquilmado durante siete años. Y, no obstante, pretende, impávida, ponerse al frente de los destinos históricos de esos venezolanos y de esta Venezuela.

Pero no es eso lo peor. Lo peor son los motivos por los que cree poderse contentar con ofrecer tan insolente ficción.

Durante estos años de vida democrática el Estado se ha ido formando un surtido de ideas sobre el modo de ser de los venezolanos. Piensa, por ejemplo, que moralmente pertenecen a la familia de los óvidos, que en política son gente mansurrona y lanar, que lo aguantan y lo sufren todo sin rechistar, que no tienen sentido de los deberes civiles, que son informales, que a las cuestiones de derecho y, en general, públicas, presentan una epidermis córnea. Bien está, pues, que el Régimen piense eso, que lo sepa y cuente con ello; pero es intolerable que se prevalga de ello. Cuanta mayor verdad sean, razón de más para que el Régimen, responsable de nuestros últimos destinos históricos, se hubiese extenuado, hora por hora, en corregir tales defectos, excitando la vitalidad política, persiguiendo cuanto fomentase su modorra moral y su propensión lanuda. No obstante, ha hecho todo lo contrario. Desde 1998, el Régimen no ha hecho más que especular sobre los vicios, y su política ha consistido en aprovecharlos para su exclusiva comodidad.

He aquí los motivos por los cuales la Oposición ha creído posible también en esta ocasión superlativa responder, no más que decretando esta ficción: Aquí no ha pasado nada. Esta ficción es el señor Rosales.

Pero esta vez se ha equivocado. Se trataba de dar largas. Se contaba con que pocos meses de unidad emoliente bastarían para hacer olvidar los siete años del Régimen. Por otra parte, de las elecciones se esperaba mucho. Entre las ideas sociológicas, nada equivocadas, que sobre Venezuela posee el Régimen actual, está ésa de que los venezolanos se compran con votos. Por eso ha usado siempre los comicios -función suprema y como sacramental de la convivencia civil- con instintos simonianos. Desde que mi generación asiste a la vida pública no ha visto en el Estado otro comportamiento que esa especulación sobre los vicios nacionales. Ese comportamiento se llama en latín y en buen castellano: indecencia, indecoro.

Y no vale oponer a lo dicho que el advenimiento del Régimen fue inevitable y, en consecuencia, irresponsable. No discutamos ahora las causas de Chávez. Para el razonamiento presentado antes la cuestión es indiferente. Supongamos un instante que el advenimiento de Chávez fue inevitable. Pero esto, ni que decir tiene, no vela lo más mínimo el hecho de que sus actos después de advenir fueron una creciente y monumental injuria, un crimen de lesa patria, de lesa historia, de lesa dignidad pública y privada. Por tanto, si la nación la aceptó obligada, razón de más para que hoy se hubiese dicho: Hemos padecido una incalculable desdicha. La normalidad que constituía la unión civil de los venezolanos se ha roto. La continuidad de la historia legal se ha quebrado. No existe el Estado venezolano. ¡Venezolanos: reconstruyan su Estado!

Este es el error Rosales de que la historia hablará.

Y como es irremediablemente un error, somos nosotros; nosotros gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Venezolanos, su Estado no existe! ¡Reconstrúyanlo!

Delenda est democratia. ¡Viva la República! Porque democracia no es república. Si a ver vamos, es todo lo contrario. Democracia es el gobierno de las turbas. República es el imperio de la ley.

Bajo el título de “El error Berenguer” José Ortega y Gasset publicó en 1929 este famoso artículo. No he hecho otra cosa que reconstruirlo para nuestra realidad.

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