Opinión Nacional

El fenómeno Chávez: mito y realidad

Los más importantes medios de comunicación social, tanto nacionales como internacionales, así como diversos sectores sociales que van desde los empresarios agrupados en Fedecámaras hasta la Iglesia católica, han cuestionado severamente al gobierno del presidente (%=Link(«/bitblioteca/hchavez/»,»Hugo Chávez Frías»)%). Casi desde el mismo momento de su ascensión al poder, por supuesto después de vivida la acostumbrada “luna miel” que en nuestro país sigue a la elección de un nuevo presidente, el comandante ha tenido que resistir una verdadera avalancha de ataques de todos los calibres y proveniente de todas las direcciones. No es menos cierto que en gran medida el presidente Chávez ha contribuido a la diatriba con su tono desafiante y “peleón”, atiborrado de términos castrenses y parábolas bíblicas. Sin embargo, la mayoría de los que se han colocado en la acera de enfrente al gobierno o están resollando por la herida causada por el aparente fin del bipartidismo adeco-copeyano, con todas sus “marramucias” y privilegios, o simplemente son unos tontos útiles que de buena fe han sido convencidos por la alharaca, muchas veces sin bases y en ocasiones apoyada en argumentos absurdos, difundida sin cortapisas en la mayoría de los medios de comunicación social del país.

Nuestro interés en escribir sobre la actual situación política en Venezuela, y en particular sobre el gobierno que tenemos, no persigue ningún rédito electoral. En otras palabras, no pertenecemos a ninguno de los comandos de campaña de los principales candidatos, ni militamos en las filas de los partidos que los apoyan –y esta no es una posición antipartido o pretendidamente apolítica, extraña situación en la que no creemos- . Por el contrario, nos anima la necesidad de observar, de ver y tratar de analizar sin prejuicios la situación actual del país; haciendo un esfuerzo de objetividad que siempre es difícil cuando se trata de cuestiones políticas e ideológicas en las que nuestros intereses económicos y sociales están presentes.

Desde nuestro punto de vista, muchos en el país y fuera de él no han sabido interpretar las características muy particulares del golpe de Estado de 4 de febrero de 1992, así como los ideales que abrigaban los oficiales que encabezaron la rebelión militar. Este movimiento insurreccional, que fue seguido en noviembre del mismo año por un nuevo intento golpista, se apoyó en un fuerte sentimiento popular de desencanto con la democracia bipartidista sumida en una profunda crisis de deslegitimación como consecuencia de su incapacidad de cumplir con las expectativas de bienestar social y económico de la mayoría de la población, así como por la creciente corrupción que se amparaba en la mayor impunidad.

Para los venezolanos, habitantes de un país petrolero, con una población relativamente reducida (24 millones de habitantes), acostumbrados a pensarse como parte de una nación “rica” y poseedora de ingentes recursos naturales, que habían disfrutado de una gran bonanza económica durante la década del 70, resultaba incomprensible ver crecer la pobreza y deteriorarse progresivamente el nivel de vida de importantes sectores sociales, mientras un puñado de funcionarios y dirigentes sindicales ligados a los partidos tradicionales, en “conchupancia” con algunos empresarios y militares, usufructuaban impunemente el poder para su beneficio personal. Esto último hay que decirlo, es parte de la realidad que hemos vivido durante los cuarenta años de democracia.

¿Quién es y a qué responde Chávez?

El presidente venezolano ha sido tildado de dictador, por igual de derecha y de izquierda; se le ha acusado de violentar a la democracia y de copar todas las instituciones para perpetuarse en el poder. Sin embargo, no hay evidencias contundentes en este sentido. El breve período presidencial de Hugo Chávez, por el contrario, se ha caracterizado por un esfuerzo denodado por no reprimir violentamente las manifestaciones populares, una prueba de fuego fue la actitud gubernamental ante las invasiones de tierras y otros inmuebles; en un año han habido más elecciones que en cualquier otro período de existencia de nuestra democracia –y aún faltan las megaelecciones; la nueva Constitución, más allá de las fallas que pueda tener, es bastante avanzada en cuanto a la defensa de los derechos humanos de la población. La libertad de prensa no ha sido vulnerada, más allá de situaciones poco claras como la salida de Teodoro Petkoff de El Mundo y del programa de Napoleón Bravo. Para cualquier persona que quiera ver la realidad, no cegada por su posición política frente al gobierno, basta con encender en cualquier momento del día la radio o la televisión, para constatar la absoluta libertad con que los opositores y periodistas opinan sobre el gobierno.

Sus nexos con Fidel Castro y el gobierno chino han asustado a más de uno. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, esto no responde a una identificación ideológica con esos gobiernos, más bien pareciera ser el intento de diversificar y ampliar las relaciones políticas y económicas de Venezuela con otros países. Dentro de esta perspectiva se inscribiría también su estrecha relación con el gobierno español, y particularmente con José María Aznar, personaje absolutamente libre de cualquier sospecha de comunista. Lo cierto es que Chávez estaría más próximo del típico populista latinoamericano, profundamente nacionalista, sin una postura ideológica definida. Salvando las distancias intelectuales y de tiempo, recuerda en mucho al Rómulo Betancourt de la década del 40 del siglo pasado, y en su nacionalismo enfrentado al “capitalismo salvaje” en su versión neoliberal, se emparenta con el Cipriano Castro de la primera década del siglo XX, decidido a obstaculizar la penetración del capital extranjero en el país. De origen popular, con una evidente sensibilidad social, como buen populista nacido en América Latina, y específicamente en Venezuela, Chávez tiene claros rasgos autoritarios y voluntaristas, no obstante, no más que la mayoría de los líderes políticos –civiles y militares- que han dirigido los destinos de la Venezuela contemporánea.

Chávez encarna los anhelos de reivindicación social de significativos sectores de la sociedad, y un difuso intento de enfrentamiento al avance del credo neoliberal. Esta inquietud de buena parte de la población venezolana, aún no claramente planteada y estructurada en torno a un proyecto alternativo, está en la base de lo que consideramos una crisis histórica de la democracia liberal y de la concepción occidental unívoca de la modernidad. De esto último estamos casi seguros que Chávez no tiene plena conciencia.

Del actual presidente venezolano no se puede hablar sin tomar en cuenta el escenario en el que llega al poder. La deslegitimación del régimen político establecido a la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, como consecuencia de la crisis económica, la caída de los precios del petróleo y la corrupción extendida a prácticamente todos los sectores y niveles de la sociedad, fueron los factores que carcomieron los cimientos del Pacto de Punto Fijo, entendido como el sistema de relaciones entre el Estado, los partidos políticos, el empresariado agrupado en Fedecámaras, los sindicatos y gremios, y porque no decirlo, la jerarquía de la Iglesia católica, mediante el cual se administraba la renta petrolera y se dirimían las controversias entre los distintos sectores sociales.

Una nueva élite política

Si de algo se puede responsabilizar a Chávez, entre tantas situaciones que se le han achacado, muchas veces sin razón, es de haber frenado una crisis política y un eventual estallido social de incalculables repercusiones. Sin lugar a dudas su elección desactivó un proceso de convulsión social que podría haber significado la debacle definitiva de la democracia representativa venezolana, sometida desde hace dos décadas a fuertes presiones institucionales, políticas económicas y sociales.

En la actualidad el sistema político venezolano está atravesando por una etapa de transición Después de la crisis terminal de los principales partidos (Acción Democrática y COPEI), de los gremios y sindicatos en su mayoría ligados a las antes mencionadas organizaciones, del parlamento, de la antigua Corte Suprema de Justicia y demás instituciones que habían regido el funcionamiento de la democracia desde 1958, todo el entramado de relaciones políticas, sociales y económicas que los dos principales partidos habían logrado tejer a lo largo de los últimos 40 años, se vino estrepitosamente al suelo con el triunfo electoral de Hugo Chávez. El equilibrio sobre el que se habían sustentado dichas relaciones se rompió, abriéndose una fase de recomposición del sistema político y de las relaciones entre los diferentes sectores sociales. La salida electoral proporcionada por el fenómeno Chávez, drenó las energías contenidas de la población y evitó un rompimiento abrupto y eventualmente violento del sistema.

En este momento una nueva elite política está en proceso de conformación. No sin contradicciones y sobresaltos, nuevos personajes sin tradición ni cultura en las funciones de gobierno, sin nexos históricos con el poder, las diversas clases sociales y las instituciones del país, se encuentran en el difícil trance de constituirse en elite gobernante. La carencia de un proyecto estratégico de país en un gobierno en el que conviven diversos partidos políticos con intereses muchas veces contrapuestos, se ha convertido en el primer año de administración del Estado, en el principal obstáculo para reconstruir la deteriorada economía venezolana. De allí la entrada y salida casi constante de ministros y funcionarios. Estos cambios de personas en las instancias gubernamentales por lo general son precedidos de fuertes controversias entre distintos grupos que pugnan al interior de esas instancias por imponer un determinado modelo o programa de acción. Por otra parte, el mismo hecho de tratar de reconstituir las estructuras del Estado sobre nuevas bases políticas y constitucionales, utilizando para ello sectores nuevos y emergentes, se convierte en un factor que impulsa a otros sectores sociales y políticos que ven en peligro sus privilegios y status, ante los cambios propuestos, a presionar insistentemente sobre el gobierno.

La confrontación entre el MVR y Patria para Todos que produjo la salida de esta última organización del Polo Patriótico, así como la ruptura con Chávez de los comandantes que participaron en el golpe de febrero de 1992 encabezados por Arias Cárdenas, son consecuencias de la traumática y difícil tarea de recomponer las instituciones del Estado, y al mismo tiempo intentar conformar una nueva elite política.

El por qué de la polarización: Chávez sí, Chávez no

Con frecuencia se escucha y se lee que Chávez está propiciando la lucha de clases en el país. Nuestra opinión es que nadie tiene tanta influencia y poder de convencimiento sobre tanta personas, para lograr semejante titánica tarea. En realidad, las contradicciones y desigualdades ya estaban presentes antes de que Chávez apareciera en escena. Se venían incubando a lo largo de los últimos veinte años, se mostraron en toda su crudeza en febrero de 1989, y se agravaron probablemente desde 1994, año de la crisis financiera. 80% de pobreza, 18% de desempleo, y más de la mitad de la población económicamente activa desempeñándose en la economía informal no pueden ser el invento de un hombre, por más presidente de la República Bolivariana que sea.

Lo que sí ha hecho Chávez es poner en evidencia, por radio, televisión y prensa escrita, esta desigualdad, describirla y mostrarla dramáticamente utilizando para ello su nada protocolar y directo modo de decir las cosas, por cierto, muy similar al estilo del venezolano común. Lo que también ha hecho es ponerle nombre y apellido a las personas e instituciones que desde su punto de vista son los responsables de esta situación.

A pesar de todo lo anterior, pensamos que Chávez es menos peligroso para los intereses de sus adversarios de lo que estos piensan. Estamos casi seguros que el día en que las críticas amainen y la avalancha de rechazo se apacigüe, el presidente Chávez comenzará a entenderse con sus otrora opositores, pero no por esta razón, sino porque éste comenzará a instrumentar las políticas económicas que estos sectores exigen.

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