Opinión Nacional

El fracaso en Chávez

El fracaso y el éxito son valores subjetivos y cambiantes. Tienen significado distinto de uno a otro individuo, y en el mismo individuo cambian en el curso de su vida. En lo individual influyen factores endógenos, como la bioquímica que a unos hace optimistas y a otros pesimistas –una pastillita de vitamina B y una mujer amorosa pueden impedir un suicidio. También exógenos, como las vivencias en la infancia y el acomodo al ambiente social –“El niño es el padre del hombre”, decía Jean Piaget y lo ratifica la experiencia. Por otra parte, sentirse exitoso o fracasado responde a cánones distintos en distintas etapas de la existencia. En la adolescencia todo puede consistir en que nos corresponda la muchacha que nos gusta o nos luzcamos en un partido de fútbol. En la juventud, encontrar un buen trabajo y ser apreciado por eso. En la madurez, la seguridad económica. En la vejez… Ahí todo cambia.

Vividores como Neruda, poeta fácil, de vuelo rasante, a quien los comunistas magnificaron porque elogió las matanzas de Stalin, se aprovechó de todos y así pudo decir “Confieso que he vivido”. Un cargador de bultos en el puerto de Nápoles tiene una expresión parecida para decir lo mismo: “O mangiato” (“Yo he comido”). Si se lo combina con el “Que mene frega” (“A mí qué me importa”) de la misma procedencia, habremos resumido la filosofía nerudiana frente al éxito y el fracaso. Neruda era un heliogábalo que se hacía invitar a donde le dieran de comer y beber. Cumplidos estos dos requisitos, se declaraba exitoso.

De los chilenos, a la Mistral le hacía falta más. No se diga a su paisano Nicanor Parra, mi poeta predilecto en la lengua española de su tiempo. Su anti-poesía en el envés de la poesía, la poesía sin uniforme de parada ni etiqueta de tal, la manera más penetrante de hacerla sin pretender hacerla y la poesía tiene que ser así, implícita, y su función la de penetrar en un punto hasta sacarnos… el petróleo del alma. Si Neruda se consideró exitoso, la Mistral seguramente no lo pudo. Nicanor Parra todavía está vivo, más allá de los noventa. Le supongo precariamente exitoso en cuanto resolvió de un tajo el eterno conflicto edípico. Con un puntapié desesperado y colérico desarmó el misterio de la esfinge: “Todas esas valquirias, / todas esas señoras honorables/ con sus labios mayores y menores/ terminarán sacándome de quicio”.

Sentirse fracasado al final de la vida puede ser tan terrible para un poeta como para un político, asumiendo que poetas y políticos son personajes antiéticos, lo cual no es necesariamente cierto. Tal sensación de antítesis puede venirme de que una vez, a propósito de la Guerra de Las Malvinas, donde “Zeta” bizarramente se resteó por la Argentina (aún no había “El Nuevo País”), Jaime Lusinchi, tipo sensible e incomprendido además de buen presidente que nos redujo la carga de la deuda, me lo reprochó no sé si con rabia o con envidia: “¡Tú no eres político! ¡Tú lo que eres es un poeta!”.Desde un punto de vista elemental, la vida de un político termina en el fracaso.

Puede morir podrido como Juan Vicente Gómez o ver su obra destruida como Rómulo Betancourt, para nombrar los dos colosos venezolanos del Siglo XX. En todo caso, al final es la tristeza. Las sociedades más desarrolladas buscan la manera de compensar ese destino. Churchill, el político más útil y el personaje más extraordinario que Europa tuvo en el Siglo XX, fue repudiado por los ingleses inmediatamente después de haberles salvado de la barbarie. Le consolaron con el Premio Nobel de Literatura, eficaz instrumento político que lo mismo sirve para traer a la derecha a los novelistas de izquierda como – es el caso- para dejar constancia de que el rechazo de un héroe que ya vivió su gesta no es un problema personal, sino que los héroes se tornan vainosos una vez cumplida su misión.

Por cierto que también se puede morir podrido y exitoso, como Richelieu, el hombre que inventó a Francia. El cardenal peridordino entregó su existencia a un solo objetivo: consolidar su gran nación. La fase final de su tarea fue simplemente agónica. Le atormentaba una fístula anal dolorosísima y pestífera –sus ayudantes de todo nivel evitaban acercársele. Algo que hoy se puede prevenir con el uso regular del bidet y una pomada antibiótica. Aún así, aquel sujeto frágil con voluntad de acero tuvo su tiempo de dejar todo “atado y bien atado”, cual se dice de Franco. Como “El Caudillo” a Juan Carlos, para continuar la tarea de Richelieu entrenó a un bel maschio italiano, Mazarino.

Éste recibió, como primera instrucción, la de atravesar una vez por semana el pasadizo que unía su palacio con el de la Reina Madre, cuyos matroniles ardores debía apaciguar por el bien de la patria. Tal había hecho el propio Du Plessis, quiero decir Richelieu, con el rey Luis XIII, quien se portó bien, comprendiendo la tarea y dejando que su premier la ejecutara, sólo a condición de que éste le proveyese de donceles adecuados a las elevadas exigencias de Su Alteza Real, por lo demás un palo de hombre.

Los presidentes venezolanos suelen terminar de modo infortunado, a veces atendiendo a lo que de Venezuela dijo Andrés Eloy: “…que el hijo vil se le eterniza adentro/ y el hijo bueno se le muere afuera”. Cipriano Castro murió en el exilio casi veinte años después de que los godos centrales lo embarcaron para poner a Gómez, de quien tampoco se puede decir que tuviera una vejez tranquila con aquellas sondas de caucho utilizadas entonces para drenar la vejiga. López Contreras, maraca de estadista, y el bueno y torpe de Medina, se extinguieron casi en la obscuridad. Dicen que a López lo que más le dolía era ver la degradación de la Guardia Nacional, su opera magna. En cuanto a Medina, fue la degeneración arterial, el abandono y un tratamiento injusto de su memoria. De Pérez Jiménez quise que el presidente Caldera le dejara venir.

Convencí a Caldera con el sincero argumento de romper una maldición que ha impedido a venezolanos ilustres morir en la patria. Pérez Jiménez, caprichoso y soberbio como era, no entendió la intención trascendente del gesto y puso pegas que frustraron la proposición. Leoni, gobernante ejemplar, murió adolorido de un duodeno donde somatizaba las angustias de su espíritu delicado –le vi llorar la ruptura con Luis Beltrán Prieto. Betancourt recibió la merecida bendición de una muerte rápida, sin sufrimiento y sin tiempo para ver la debacle final del país, políticamente civilizado que había dejado construido pero sin fraguar. Luis Herrera tuvo un solo pecado al cual sacrificó todo: la gula, y pagó por ello. Caldera declinó en el Parkinson con la misma altivez con que vivió –dicen que era soberbia. Carlos Andrés está ido de la cabeza y al bueno de Jaime la columna pudo doblegarlo. Éstos dos están pobres y abandonados por los canallas a quienes hicieron riquísimos. A uno debería odiarlo y no lo hago.

Después de todo en agosto del año 2000, frente a Cecilia Matos su mujer y Héctor Cedillo su amigo, con quien me mandó a buscar a medianoche, me pidió perdón a la manera como un hombre así es capaz de hacerlo. Al otro le defenderé su obra de gobierno en cualquier escenario y frente a cualquier adversario. Con números en la mano, para convencerlo a él, a Jaime, de que no sé si seré poeta pero cuentas sé sacar.

Pero bueno, el llamado Esteban, ¿cómo se va a morir? ¿Exitoso o fracasado? Con profundo pesar debo decir que, aunque aún tiene tiempo, no sabrá enderezar la parada. Se lo impide su pudor de ignorante. Sólo un sabio es capaz de decir “Me he equivocado”. Por eso insisto en que a un gobernante se le debe exigir un sentido filosófico de la existencia, ese que da sentido de las propias limitaciones y entereza para asumirlas. (Una vez acusé a Caldera de ser un cristiano que no había leído a Marco Aurelio, para entonces mi libro de cabecera. Perdone la boutade, Don Rafa. Allá en el Purgatorio donde debe estar pagan el pecadillo no de soberbia pero sí de orgullo, perdóneme esa vaina).

La equivocación de Hugo, espíritu atormentado si los hay y los hubo, está en su concepto del éxito. Adoptó el criterio de Fidel Castro, asesino serial para quien el éxito consiste en mantenerse en el poder. Si Hugo hubiese tenido alguna iniciación filosófica –a mí me la dio, quizás sin darse cuenta, un comunista insigne, Elio Gómez Grillo, con quien Hugo debería conversar. Y rápido porque al profe la tristeza lo está matando.

Esos maniáticos del poder son la plaga de las Historia. A Hugo hemos de remitirlo a la frase de un político colombiano de cuyo nombre no puedo acordarme: ¿El poder para qué?. Si no es para crear, el poder no tiene sentido. Gómez dejó un país unido, sin caudillos. López Contreras nos inició como nación organizada, con Ley del Trabajo y Banco Central. Medina dio un ejemplo de tolerancia civilizada. Gallegos, la integridad y el estoicismo de un gobernante que no arruga su investidura. Pérez Jiménez la infraestructura física indispensable al vilipendiado progreso material. Betancourt y Leoni las instituciones de la civilizada convivencia democrática, el ejemplo de absoluta honradez y, con el inevitable Juan Pablo Pérez Alfonzo, esa OPEP sin la cual no seríamos nada.

A Carlos Andrés, Luis Herrera y Lusinchi los dejamos para después porque todavía no son Historia.

Y tú, Hugo, ¿qué carajo dejas tú, Hugo? ¿Qué has hecho con un dinero con el cual pudiste haber construido la nación próspera y justa de la cual alguna vez hablamos? ¿No quedamos en que te dolía el sufrimiento de los pobres, que hoy son más pobres? ¿No “ique” la soberanía, que dejas vulnerable porque un país que debe, debe –está obligado-, y hasta PDVSA podemos perder por tu conducta orgiástica de manirroto que con irresponsabilidad de marinero borracho gasta lo que no es suyo? Ay, Hugo… Si algo querías crear, has fracasado. Si querías a los pobres, has fracasado.

Aunque te asustó mi parábola de la colgadura [Mussolini], que no lo pensé física, temo por ti que vivirás lo bastante para purgar tus culpas. No vayas a suicidarte, como por un momento lo pensaste aquel 11 de Abril. No hará falta que te saquen los meados con cánula como a Gómez ni que defeques en una bolsa plástica como Fidel Castro. Bastará con que, sano y consciente, desde un lugar seguro veas la tierra yerma en la cual convertiste a Venezuela. En tu elogio supongo que, llegada la lucidez de los ancianos, eso te hará sufrir.

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