Opinión Nacional

El gabinete fantasma

La designación del gabinete por un nuevo gobierno suele ser motivo de previa curiosidad y posterior interés. Incluso los opositores pueden despojarse de sus reservas y crearse algún tipo de expectativa pues, al fin y al cabo, la mayoría tomó una decisión y, quiérase o no, entramos en una nueva fase donde el flamante gobernante goza, al menos por un tiempo prudencial, de lo que se conoce como el beneficio de la duda.

En esa etapa de luna de miel, la popularidad del recién electo asciende por encima de lo arrojado en la jornada electoral y su imagen se ve reforzada por la convocatoria de sangre fresca, generalmente dinámica, a veces desconocida, otras verdaderas y agradables sorpresas de hombres y mujeres, que no compartiendo con el mandatario su ideología o habiéndosele opuesto en la campaña electoral, resultan profesionales sobresalientes en determinadas áreas de la gestión pública. De esa manera su inclusión, constituye un gesto de amplitud y reconocimiento de la oposición, que ensancha el piso político del Gobierno y se convierte en un acierto en la perspectiva de generar beneficio y obras, más allá de la estrechez sectaria de partidismo a ultranza.

Pues bien, nada de esto ha ocurrido con el nuevo-viejo gobierno de Maduro cuyo anuncio acerca del consejo de ministros no despertó ningún interés, ni siquiera entre sus seguidores, porque ya se sabía, de antemano, que no habría sorpresas, ni grandes novedades. Las expectativas, pues, eran nulas ante un gobierno que ni siquiera gozó del breve período de condescendencia ante una victoria, si así puede llamársela, chimba, cuestionada y por decir lo menos, dudosa.

Pero el mal comienzo ha tenido una fantasmal continuación porque se trataba de lo mismo, sólo que peor porque si antes teníamos un gobierno ineficaz, corrupto y sectario, ahora ocurre lo mismo, sólo que despojado del talento esgrimido por el antecesor, quien solía maquillar los enroques, los nombre de siempre y los rostros cansados de los mismos burócratas, con los ya también consabidos toques de dramatismo y de promesa eternas que si no seducían con su desgastado tópico a los desprevenidos receptores (usuarios en el neolenguaje), al menos lo divertían.

Pero los bodrios televisivos actuales (en el imposible horario de un domingo por la noche y con ostentación de atuendo evocadores del tan invocado fascismo) resultan ya incalables. El sectarismo mandón y retrechero, que esterilizaba cualquier señal de apertura, sigue matando toda idea novedosa con sus locas fantasías de magnicidios, golpes y destrucciones que, a veces, son mero reflejo de lo hecho y desecho a lo largo de tres lustros.

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