Opinión Nacional

El general Cachito

I
De fobias y aficiones

El domingo es mi día de la semana, lo prefiero a cualquier otro. Tengo por costumbre, ese día, ver buen cine o dedicarle unas horas a las páginas de algún libro que “pida” ser abierto desde el estante de la biblioteca que se acomoda en la pequeña sala donde escribo estas líneas; también, veo carreras de Fórmula 1, doy “vueltas en la Web”, veo uno que otro juego de las grandes ligas, cuando no salgo de paseo por ahí o tomo café con los amigos mientras tratamos de acomodar el mundo.

Lo que no hago los domingos es ver el maratónico del presidente Chávez; detesto los monólogos que excedan los quince minutos, pienso que si lo que se va decir es verdaderamente trascendente se puede hacer en menos tiempo. Es más, estoy convencido que un improvisado jamás alcanzará la elocuencia de un Hamlet al momento de sus reflexiones, por tanto el aburrimiento que me produce la charlatanería solo se equipara al tamaño de los bostezos con el que le doy la espalda a ese tipo de alocuciones.

Otra suerte corren las sinopsis que elabora la prensa escrita sobre el Alo, Presidente. Esas si no me las pelo porque los periodistas se encargan de estructurar toda un Ficha Técnica que recoge el tiempo del programa, los invitados, el chiste del día, las canciones interpretadas por el showman, los regalos de ocasión, y los nombramientos o destituciones que ejecuta sobre el alto gobierno.

II
Las excusas

El fin de semana pasado me fui con mi familia de paseo a Santa Elena de Uairen. Quería disfrutar de ese Sahara al revés que es la Gran Sabana; internarme en algún tepuy para constatar que somos pequeños ante su magnitud, ver los saltos de agua, y enterarme cómo era eso del Puerto Libre y los precios para ver si me aproximaba un whisquisito barato.

Me prometí, antes de salir, que apagaría el teléfono celular y no vería televisión, ni por un segundo. Cumplí la promesa y no hice otra cosa que disfrutar el viaje y las atenciones de un grupo de amigos que nos recibió afectuosamente y nos alojó en la tranquilidad de una posada familiar de la que da gusto repetir su nombre: Toñita, así se llama. El asunto es que el viaje me “separó” de esta esquizofrenia que es hoy Venezuela.

III
El aterrizaje

La “terapia” duró unas horas pero hizo su efecto. Regresé más tranquilo y con una sonrisa tipo fotografía apaisada y al fondo cascada de Pacheco. Inmediatamente después de traspasar la puerta del hogar “presente” mi credencial y solicité información del manicomio. Pues nada, esta vez eran unos paramilitares colombianos. El resumen del número 191 del Aló, Presidente hablaba de un “golpe en el hígado al golpismo, al terrorismo, y a la contrarrevolución”. Me alegré porqué al terrorismo no hay que hacerle otra cosa que golpearlo. Venga de dónde venga. Sea el que se expresa en atentados a los derechos humanos como los cometidos por miembros de la fuerza armada de EEUU contra soldados iraquíes o los que protagonizó la Guardia Nacional contra venezolanos en el mes de marzo.

IV
Los cachitos

Los dueños de la panadería Danubio nunca pensaron que la harina de ese sábado en la noche convertiría su levadura en prueba irrefutable contra los promotores de las acciones que ejecutarían los Paramilitares. Menos pensaron que un general de tres soles haría el anuncio del jamón con queso.

Jodedores como somos los venezolanos pensamos que el presidente le tenía una cámara escondida a Lucas Rincón. Y es que verle las entornadas cejas al general al momento de enfatizar lo de los cachitos, no da sino para presumirlo. Otros se atrevieron a formular que era José Vicente Rangel el que enfocaba a los venezolanos cuando imploraba que lo tomaran en serio, que él era un cínico, decía, para otras cosas pero no para denunciar la invasión del país.

V
Con esta pistola de pan

Hay quienes le dan estatura de mojón a este cuento. Hay quienes recuerdan el apoyo de Fidel a la guerrilla en lo años sesenta y el dolor que causó a familias venezolanas, y comparan el estado de visitantes ilustres con el que se pasean hoy los cubanos por estos suelos bolivarianos. Otros recuerdan a Vladimiro Montesinos y al guerrillero Ballesta. Son cosas.

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