Opinión Nacional

El glorioso 23 de Enero

Por cincuenta años ya hemos vivido en democracia, y pretendemos seguirlo haciendo.

El castellano, como probablemente muchos otros idiomas, ha logrado la maravilla del adjetivo, como un modo de “calificar” cosas y asuntos. Y esa calificación muchas veces se expresa por una determinada “cualidad” que se asigna a objetos, personas y acontecimientos.

Y es la fecha de un acontecimiento fundamental la que para los venezolanos de hoy tiene una importancia simbólica tan grande que, hasta el régimen no tiene otra alternativa que celebrarla. Es la fecha de nacimiento del período más largo de nuestra democracia, que nos honra tanto, y que estamos dispuestos a honrar.

Es una fecha, además, que por decisión popular ha sido impuesta a la atención de todos. Ningún Congreso ni Asamblea ha decretado nunca al 23 de Enero como una fecha cumbre en el largo peregrinar de la democracia venezolana. Incluso, nunca se inmutaron cuando la vieron languidecer y ya parecía moribunda cuando los acontecimientos que se desatarían en la Venezuela contemporánea la iban a dotar del significado que hoy tiene.

Si lo que propone el experto jesuita Walter Ong en su notable libro Oralidad y Escritura (F.C.E., México, 1987) explica la presencia de grandes adjetivos en la narración oral -la más notable de las cuales, la Iliada de Homero, inmortalizó ese patrón de conducta- es obvio que el 23 de Enero merece, por mil razones, el formidable título de glorioso.

Si los griegos de la antigüedad clásica, a viva voz ensalzaban al “valiente Aquiles”, hasta el punto de imponerle a una Diosa el deber de cantar sus glorias, nada de particular tiene que a los venezolanos de hoy las circunstancias históricas les imponga el deber de traer a la vida -más que meramente “recordar”- el significado del 23 de Enero. Ese día fue “traída a la vida” la experiencia democrática más duradera que hemos tenido. No es que “nació”. No, es que “la nacimos”; fuimos sus parteros.

Aquel 23 de Enero de 1958 -como fue el 3 de Mayo de 1808 del pueblo español- el pueblo de Caracas puso fin a la segunda dictadura del siglo XX venezolano. Y como recuerda nuestro Himno Nacional, impuso al resto del país “seguir el ejemplo que Caracas dio”. Por cincuenta años ya, hemos vivido en democracia, y pretendemos seguirlo haciendo, aunque le pese al régimen y sus mamandinis.

Pero cada 23 de Enero -como el que le tocó celebrar el Viernes pasado a los caraqueños, no a la “nómina-en-autobús” que fue traída a Caracas- encaramos una realidad que no debemos olvidar: la democracia no es un regalo. Y mucho menos donación de uniformados. No, ella es algo vivo que se conquista y se reconquista, y su disfrute no es, ni puede ser, otra cosa que una perenne renovación de nuestro compromiso para mantenerla viva y actuante.

Desde que comenzó esta pesadilla, con sus incontables días nublados, cada 23 de Enero ha sido un recuerdo, pero un recuerdo vivo. Un recuerdo de lo que hicimos, de lo que conquistamos, de lo que tenemos porque así libremente lo escogimos. Es el recuerdo de la democracia que tenemos y que debemos mejorar.

Y ese compromiso con el significado de este día es tan poderoso que torrentes de venezolanos salen a las calles a gritar su disposición a no dejar que su democracia muera, y mucho menos que se vea burlada y convertida en una farsa por quienes deberían saber que es ella la única garantía que tendrán de sobrevivir en este país, cuando el momento de la rendición de cuentas llegue.

Si la democracia es el ejercicio continuo de una vida colectiva en paz y armonía, el glorioso 23 de Enero es el momento en que periódicamente ella se revitaliza. Es como lo que fue el Ka y el Maat en el Egipto de los faraones: el ritual que renovaba la vida de Egipto y daba a sus habitantes, siempre amenazados por el río que les proporcionaba vida, la garantía de su continuidad.

En tiempos en los que las amenazas a la democracia se tornan más osadas y repetidas, en los que el imperio de la ley luce moribundo y el gobierno adquiere el aspecto de una secta rabiosa y fanática, que hace de las suyas ante la mirada indiferente y cómplice de los otros poderes públicos, tener al glorioso 23 de Enero en nuestras mentes y en nuestros corazones adquiere el carácter de un escudo inexpugnable.

Todo venezolano, entonces, por fuerza se transforma en el juglar que canta las glorias de ese día y que grita, a los cuatro vientos, que no está dispuesto a dejarse arrebatar lo que aquel 23 de Enero les dio. Ni mucho menos a venderlo por cuatro lochas a unos advenedizos que pretenden perpetuarse en el poder.

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