Opinión Nacional

El Guairazo

Imposible negar que la breve y suculenta historia del Puntofijismo se divide también, como la historia toda del mundo cristiano occidental, entre AC y DC. Aunque sólo aparentemente: en el caso de nuestros desvelos el AC significa Antes del Caracazo y el DC, después de tan infausta efemérides. Espontáneo o inducido, el Caracazo fue aquel levantamiento motinesco en que turbas marginales y otras turbas no tanto se dedicaron el 27 de Febrero de 1989 a saquear todo comercio avistado a algunas toesas de distancia: desde la Avda. Lecuna hasta la Andrés Bello, de la redoma de Petare hasta Blandín, desde la Intercomunal de Guarenas hasta la Intercomunal de Antímano, desde la Avda. Argentina en Catia hasta la Calle Buenos Aires en Los Caobos.

Inolvidables las escenas de acomodados jóvenes de la clase media llevándose costosos equipos de audio y video desde la sucursal de un supermercado del sonido, en San Bernardino, o de connotados representantes de la marginalidad cargando reses enteras a hombros o en ancas de zarrapastrosas motocicletas de baja cilindrada, allá por el barrio La Unión, de Petare. Más de una emperifollada ama de casa de imposible identificación social vióse cargando una cocina de gas, una licuadora Oster o una neverita Eterna por la Avda. Universidad. Que las Sub-Zero quedaron para contingentes más papeados. Colchones, mesitas de noche, lámparas, taladros y sierras eléctricas, sistemas de rayos X, medidores de electrocardiogramas, tubos de conduven, freidoras, tornos, contrabajos y sobre todo aparatos de video y televisores a granel: un gigantesco muestrario de objetos útiles o absolutamente inútiles cambiaron de dueño en el acto de mayor redistribución de la riqueza conocido hasta entonces y “por ahora” en el valle de nuestras penurias. Ni en el Palacio de Invierno de San Petersburgo en aquellos famosos diez días que conmovieron al mundo, según John Reed, ni en aquel mítico 2 de Enero de 1959 en que una tropilla de desarrapados tomó La Habana por asalto y para siempre en esa pintoresca caravana dirigida por el pariente cercano de nuestro Gran Comandante, el entonces joven guerrillero católico Fidel Castro Ruz.

Tal fue el motín y la rebatiña, que si el gobierno que se topó con tamaña sorpresa se tarda en reaccionar lo que éste de la V república ante la feroz avalancha del Ávila, quien esto escribe estaría viviendo de la caridad pública y mi casa ocupada por familiares cercanos y lejanos de Luis Landaeta, el farsante del Junquito que nos puso de cabeza por estos tiempos de tanta desgracia.

La reacción del gobierno para restablecer el orden público le trajo la gloria al general (ej) Italo del Valle Alliegro y el descabezamiento a CAP, tres años después. Sesudos analistas políticos y sociólogos de antropología cultural que aún escriben largos recordatorios en suplementos culturales de serios periódicos nacionales convirtieron aquella marea de informe vandalismo vivida el 27 de febrero de 1989 en la más heroica y leal acción reivindicativa de la recién parida “historia del movimiento obrero venezolano”, el Kronstadt de nuestra breve historia democrática, la Comuna de Paris y el Mayo del 68 de nuestra sufrida y caldeada ciudad.

La acción del ejército, en cambio, el mismo que hoy pretende pasearse con flores en los cañones de sus fusiles, dio lugar al cabo de algún tiempo a las mil y una denuncia de los profesionales del derecho humano. Ya entonces destacó sus dotes de tribuno de la plebe y jurisconsulto de la marginalidad el desconocido poeta Tarek William Saab. A él tanto como a la cohorte de luchadores sociales entonces jubilados, en retiro o cesantes se les apareció una luz reveladora: la vía a la revolución se abría de pronto como por arte de encantamiento gracias a ese carnaval de Alí Baba y sus saqueadores. Y por el boquete dejado por tal saqueo se hicieron a la conquista del Poder. Un ejército de denunciantes, conmovidos comunicadores sociales, fiscales de acero, notables de la literatura, la ciencia y la filosofía, jurisconsultos varios comenzaron a descuartizar el andamiaje institucional de la IV república, hasta convertirla en despojos y ponerla a los pies de un anciano procónsul del Puntofijismo y sus falanges de chiripas. El principio del fin.

Y así fue: por la quebrada del Caracazo bajaron las aguas turbias del golpismo que terminó por inundar Miraflores de boinas rojas y de empujar el país al borde de esta “revolución pacífica” constituyente y militarista que nos tiene al borde de los Idus de Marzo.

Pero según todos los indicios, testimonios y documentos, el Caracazo fue suspiro maternal comparado con el Guairazo. El pretexto para la descomunal rebatiña colectiva desatada a partir del 15D no fue, esta vez, un inocuo aumento del precio del pasaje del transporte público, sino el abandono y la inseguridad que dejara como secuela inmediata el feroz aluvión del Ávila. Mientras el país corría a socorrer víctimas, rescatar damnificados y prestar auxilio a los cientos de miles de sufridos habitantes del Estado Vargas, y el Gran Comandante se esfumaba como De Gaulle cuando el Mayo francés de marras, otros cientos y tal vez miles de habitantes de las populosas zonas marginales de la Guaira, se hicieron a la metódica faena de asaltar y saquear lo que la naturaleza había perdonado: edificios de apartamentos completos, casas y comercios abandonados por sus dueños fueron pasados por las hordas caudinas del “soberano” guairense. Lo que aquel buen pedazo de soberano no se robó, lo destrozó. Sin otro motivo que el que llevó a acciones similares el 27 de Febrero de 1989, aunque en proporciones inmensamente mayores. Esta vez con justificaciones sociales, legitimaciones políticas y una recién estrenada constitución bolivariana. ¿Dónde quedó la influencia moral del comandante sobre ese pedazo de “soberano”?

Durante días y noches que se convirtieron en una pesadilla interminable, las arrasadas y desprotegidas poblaciones guaireñas quedaron a la merced de saqueadores, violadores, ladrones, asesinos y criminales de ocasión de toda especie. Bien dice el refrán: la ocasión hace al ladrón. Hasta el extremo de que en muchos casos es imposible calcular cuánto de los daños fueron causados por la naturaleza y cuántos por el vandalismo desatado. Como el 27 de Febrero de hace diez años, también hubo esta vez fusilados en consejos sumarios, prisioneros pasados por las armas, desaparecidos para siempre en los ominosos pozos de la muerte de las autoridades uniformadas y caídos en la acción de limpieza bélica realizada por militares inexpertos y soldados nerviosos.

¿Habrá algún experto en comunicología o en antropología cultural que convierta tales vergonzosos sucesos en expresión de rebeldía social contra el puntofijismo en retirada?Lo dudo: están demasiado ocupados en los cargos brindados por el MVR o reconcentrados en las ambiciones presidenciales que alimentan. De peñonazos, esta vez, bastó con los que arrastraron las quebradas del Ávila. Porque para el más eximio peñonero nacional, desde el 6D “the rest is silence”. En cuanto al prócer de los derechos humanos, nuestro inefable poeta y jurisprudente, “muy bien, gracias…”

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