Opinión Nacional

El Hombre de sus Sueños

Se las había visto todas, pero es que todas. No se había pelado ni una, porque a Doña Agreste le encantaban las telenovelas y los galanes recios (ésos que, por las noches, eran los protagonistas de sus fantasías eróticas, porque de que las tuvo, las tuvo).

La primera “comedia” –así les decían- que Doña Agreste vio, fue “La Criada de la Granja”. Corría… no, no corría, paseaba cautelosamente el año de 1953 con la dictadura de Pérez Jiménez, y Televisa transmitía –en vivo- esa historia de amor. La actriz, Aura Ochoa; el actor, José Torres. Y aquello era de lunes a viernes, a las 7:00 y con una duración nocturna de… ¡quince minutos! (Bueno, se estaba empezando…).

Doña Agreste, cortejada sin ningún éxito por el Señor Peluche, se convirtió en la señorita más telenovelera del país: que si la “Telenovela Camay” y la “Telenovela Palmolive”; “Historia de Tres Hermanas (en donde Doris Wells interpretó a las primeras mellizas en la televisión local); “El Derecho de Nacer”, “La Tirana”; “Lucecita”; “Esmeralda”; ¡y la telenovela cultural de los años setenta con Cabrujas, Garmendia y Mármol! ¡“La Señora de Cárdenas”, “La hija de Juana Crespo” y “La Fiera”! Pero entonces, en la década de los ochenta, un gerente llamado Ricardo Tirado, trajo a Venezuela las tres primeras telenovelas brasileras: “La Esclava Isaura”, “La Sucesora” y “Ronda de Piedra”, y Doña Agreste sentenció: “En esta casa no se vuelve a ver una venezolana”. Y como ella era la que tenía el control absoluto –empezando por el remoto- comenzó el desfile: “Dancing Days”, “Roque Santeiro”, “Vale Todo”, “Pantanal”, “El Rey del Ganado”, “Xica da Silva”, “El Clon” y no deje usted de contar.

¿Pero por qué Doña Agreste ha sido una televidente adicta por más de cincuenta años? Por los galanes. Ella quería casarse con un tipazo que se bañara todos los días y que bailara muy bien; que la amapuchara con dulzura y pasión; que le fuera fiel, se comportara como un caballero, la protegiera y que, al mismo tiempo, le dejara espacio, libertad, “let me be”. Muy trabajador él, y confiable y generoso proveedor; inteligente, honesto, caritativo, bondadoso. Amigo de los niños y de los animales. Capaz de sacrificios y actos heroicos (¡tan aguerrido él!) y, de paso, tierno, sensible y con un extraordinario sentido del humor. ¡Y que siempre usara medias, mas no, para dormir! ¡Ah, y que fuera hombre! ¡Eso sí! (porque Doña Agreste aún no termina de entender qué es eso de la “metrosexualidad”, ni desea que se la expliquen). Y que la quisiera y la siguiera queriendo y le dijera que eso iba a ser para siempre. (Nótese que no hay ningún tipo de exigencia directa y específica a la actividad sexual, pero es que no hace falta: ¡¡¡hacer el amor con un semejante portento debe de ser como ver estrellitas en el cielo de Los Roques, pero con penetración!!!).

Agreste, cuando aún no le decían “Doña”, comprendió rápidamente que –por más que ella anhelara encontrar a un individuo así- alguien de esa envergadura no existiría nunca-jamás. Eso era un imposible, una ilusión, total ficción. Y entonces –entre “La Tirana” y “Lucecita”-, le dio el sí a Peluche, se conformó con él y fue muy feliz.

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