Opinión Nacional

El hombre que amaba las plantas

El Aimé Bonpland que arribó a las costas de Cumaná en 1799 ya era un afamado botánico. Antiguo estudiante del Muséum d´Historie Naturelle en Paris; graduado de médico cirujano de tercera clase y con un doctorado que le había permitido trabajar al lado de eminentes naturalistas y botánicos.

En ese entonces los que más conocían de plantas eran los médicos, casi todas las medicinas eran naturales y había que saber distinguir las plantas que curan de las que pueden matar.  Médico curioso que buscaba ampliar sus estudios de ciencias naturales fue invitado a unirse a una expedición que preparaba, según escribe el periodista  Guillermo Angulo “el rico, poderoso, presuntuoso y aristocrático barón Alexander von Humboldt, aficionado a las cortes, la literatura, la buena música, la pintura, la investigación científica y a los jóvenes bellos”. Y es así como entre 1799 y 1804 Bonpland llegó a conocer Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, México, Estados Unidos y Cuba. Fue el compañero ideal para el viaje exótico y extraordinario que en el pleno romanticismo de finales del siglo XVIII, Humboldt emprendería y que los llevaría a territorios ajenos a la cultura centro europea, en un viaje de descubrimiento pero también de exploración a través de sus propias sensibilidades. (Miguel de Asúa. Aimé Bonpland en Suramérica).

Foto: Christian Anton Goëring. Flora selvática. Venezuela, el más bello país del trópico. Leipzig 1893

Su nombre, Aimé, en español Amado, y su apellido Bonpland, pero en realidad su apellido original era Goujaud, debido a que su padre, que también era un “plantófilo” empedernido, cada vez que las admiraba, exclamaba: ¡Bon plant! (¡Buena planta!). Las gentes los apodaron los bon plant y ellos adoptaron este mote en apellido, con el ligero cambio a Bonpland.

Desde el 16 de julio de 1799, día en que Humboldt y Bonpland  desembarcaron en Cumaná hasta septiembre de 1801 en que salieron de La Guaira rumbo a Cuba, recorrieron el oriente, el centro y parte del sur de Venezuela. Varios meses pasaron explorando el Orinoco que navegaron, superando los raudales de Atures y Maipures, hasta San Fernando de Atabapo.  Continuaron su recorrido por la montaña de Yavita y el caño Pimichín hasta alcanzar el río Guainía y San Carlos de Río Negro y por el caño Casiquiare  regresaron al  Orinoco, a la sabana de la Esmeralda y de allí río abajo navegaron hasta Angostura, capital de la provincia de Guayana. Por la vía de Cumaná regresaron a Caracas, dando por terminado su viaje en territorio venezolano.

Óleo de Eduard Ender 1850. Humboldt y Bonpland en la selva del río Casiquiare

Las observaciones científicas de este viaje están contenidas en el tomo IV de Voyage aux régions equinocciales du noveau continent fait en 1799 – 1804, obra escrita por Humboldt a su regreso a Europa y en  los siete volúmenes de Nova genera et species plantarum escritos por Bonpland  en colaboración con Humboldt.

Foto: Stan Shebs. Tibouchina semidecandra. Melastomataceae

En su vida Bonpland reunió un herbario de 60.000 plantas, seis mil de las cuales eran nuevas para la ciencia, herbario que depositó en el Jardin des Plantes de París. Es famosa su obra en dos volúmenes publicada en 1832 Monographie des Melastomacées.

Este sabio hombre también se interesó por los insectos, logrando una notable colección que fue estudiada por el entomólogo francés Latreille y sus descripciones fueron publicadas en 1811 en la Colección de Observaciones de Zoología y Anatomía Comparada.

A causa de su larga estadía en tierras inhóspitas, Bonpland contrajo unas fiebres palúdicas recurrentes y una enfermedad  incurable, que sólo les da a los extranjeros.  Bonpland “se platanizó, empezó a añorar la comida americana, nuestra manera de ser, los paisajes con ríos y palmeras, las chozas con piso de tierra y techo de paja, el clima y, finalmente, nuestras mujeres”. (Angulo s/f). Esta enfermedad se le agudizó al regreso a Francia y mientras Humboldt  buscaba afanosamente la gloria y cosechar laureles, Bonpland siguió soñado con regresar a América.

Mientras se cumplían sus deseos y a pesar de que Bonpland no simpatizaba con Napoleón Bonaparte, ya aclamado Emperador de los Franceses, aceptó trabajar para la emperatriz Josefina convirtiendo los jardines de una propiedad abandonada en las cercanías de Paris que ella acaba de comprar, el castillo de La Malmaison, en «el más bello y curioso jardín de Europa, un modelo de buen cultivo». Josefina ordenó construir en 1805 un invernadero calentado por una docena de estufas de carbón donde Bonpland logró hacer florecer las plantas exóticas que le recordaban a la Emperatriz a su nativa Martinica, como las orquídeas, dalias, bromelias, heliconias y melastomatáceas. A pesar de la antipatía que sentía por el Emperador, con la Emperatriz, Bonpland, admirador de las mujeres hermosas, mantuvo cierta complicidad al calor de las flores exóticas. En La Malmaison, el botánico se enamora de una bellísima mujer, Adeline Delahaye, separada de su marido, que tenía una bella hija de nombre Emma; “además de jardinera Adeline es sensible música: toca con delicadeza el pianoforte, así que cuando Bonpland trabaja en el jardín oye a lo lejos una sonata o una mazurca con el sello de su amada”. (Angulo s/f).

Aunque satisfecho de su trabajo, no desistía de su sueño de regresar a la América, deseos que se le hicieron más patentes al conocer al joven Simón Bolívar, de paso por Paris.  Al morir la Emperatriz en 1814, Bonpland renunció a su trabajo y aceptó la oferta de un cargo de profesor en la Facultad de Medicina en Buenos Aires, Argentina a donde llegó en 1816 acompañado  de Adeline, con quien había contraído matrimonio, su hija, dos jardineros y dos mil plantas, que pensaba aclimatar en Argentina.

De aquí en adelante la vida de Bonpland recorre caminos inusitados…

En el marco de la celebración del Bicentenario de la Independencia de Venezuela, la Embajada de Francia y la Alianza Francesa en Venezuela le invitan a visitar la exposición Aimé Bonpland en Sudamérica.

Salas del Museo de Ciencias Naturales.

Plaza de los Museos, Parque Los Caobos, Caracas.

FUENTES

Guillermo Angulo P.  Aimé Bonpland. El yerbatero platanizado que murió dos veces. Revista El malpensante, edición N° 86. Mayo 2008. Bogotá Colombia

http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=31

Miguel de Asúa. Aimé Bonpland en Suramérica. Folleto que acompaña la muestra. Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Ambassade de France y Alliance Française. Caracas s/f

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