Opinión Nacional

El invencible

Los muchachos de cuando yo era muchacha, ubicados en esa edad que no sabría
si llamar pubertad o adolescencia temprana; no teníamos frente a nosotros la
oferta infinita de juguetes, videojuegos, héroes televisivos y
cinematográficos y demás productos, con los que la sociedad de consumo
atormenta a los muchachos de hoy y arruina a sus padres. Ni siquiera
televisión. Los libros, el cine, los juegos de mesa y la imaginación, eran
nuestros aliados. Pero muchos descubrimos además el béisbol, como el mejor
instrumento para drenar nuestra necesidad de apasionarnos por algo. De un
algo que nos permitía pertenecer, formar parte de un grupo humano
identificado por las mismas simpatías y por los mismos rechazos.

Desde que tuve uso de razón beisbolística, poco desarrollada entre las niñas
fui magallanera. Trato de recordar por qué, si mis pocas amigas interesadas
en ese deporte eran del Cervecería, luego Leones del Caracas. La única razón
que encuentro lógica, es que el Magallanes tenía como insignia, la medialuna
de la bandera turca; a sus jugadores los llamaban los „turcos‰; a mi papá
que era nativo de Siria, le decían el „turco Elías‰ y a sus hijos- todos
nacidos en Venezuela- los vecinos y amigos nos llamaban los „turcos‰ Gamus.

Pero fuese esa o cualquier otra, la explicación de mi magallanerofilia,
ninguna podría explicar los niveles de apasionamiento que ese equipo
despertó en mí. Cuando trato de comprender lo que es el fanatismo, devuelvo
mentalmente un imaginario videocasete y me encuentro con una gordita llena
de sellitos del Magallanes, con una banderola del equipo cruzándole el pecho
saltando y gritando como una desaforada, en el viejo stadium del Cervecería
y peleándose para siempre con unas amigas caraquistas.

La madurez acabó con eso, nunca más fui fanática de nada ni contra nadie.

Magallanera siempre, pero light. De pegarme de un radio para oír hasta el
más mínimo detalle de cada jugada, pasé a ver los numeritos en el periódico.

Si el Magallanes estaba arriba, una sonrisa y si el Caracas perdía o estaba
de último, una gran satisfacción. Esa animadversión, aunque ahora inofensiva
es lo único que conservo de aquella irracionalidad juvenil.

¿Por qué nunca me gustaron los Yanquis de Nueva York? Porque se me
parecieron siempre al Caracas: triunfadores pero arrogantes, audaces,
sortarios, especialistas en sacarle el máximo provecho a la más mínima
oportunidad. De manera que al iniciarse la última Serie Mundial, me cuadré
con los Marlins de Florida. Mi hermano, caraquista al fin, sentenció antes
del primer juego que eso iba a ser una carnicería, que los Yanquis los
despachaban sin que vieran luz, etcétera. Y volví a ver béisbol en la
televisión y si ya no soy fanática no sé por qué carrizo me sentía al borde
del infarto ni tampoco porque me alegró tanto que los invencibles y
todopoderosos Yanquis perdieran. ¿Tendrá eso alguna relación con nuestro
momento político?
Me pongo a hacer comparaciones y apartando la arrogancia, esa actitud del
que se las sabe todas, no encuentro mayores similitudes entre los derrotados
Yanquis y el régimen chavista, salvo una: el vil metal. El legendario señor
Steinbrenner, propietario del todopoderoso equipo, no se detiene en regateos
a la hora de contratar a sus jugadores. Los suyos reciben pagas muy
superiores a las de cualquier otro. ¿Garantiza eso el triunfo? Ya vimos que
no siempre es así y como un equipo de novatos, en su mayoría
latinoamericanos, los dejó con los ojos claros y sin vista. El comandante de
la revolución de los pobres; el que tanto criticó -con su habitual sutileza-
las tres C con que los gobernantes de la Cuarta República, prostituían a
los militares; ahora los prostituye de manera insolente, como suele ser todo
lo suyo: aumentos de sueldo que no recibe ningún otro funcionario público;
intereses privilegiados en sus tarjetas de crédito de un banco estatal, muy
inferiores a los que debe pagar cualquier otro deudor.¡Vayan a Expo- Auto!
los invita, para que vean y escojan los automóviles que quieran; para eso
hay créditos con financiamiento hasta de cinco años.

No solo cree que la lealtad es un objeto de compra y venta, sino que somete
a sus colegas a la humillación de exhibirlos como mercenarios de su causa.

Para los que no son militares y carecen de cañones, fragatas, bombarderos y
misiles, para defender la revolución; lo que hay es Plan Robinson. ¡Esta
doñita, que hace cuatro meses era analfabeta, ya sabe leer; dos años más y
la tendremos aquí como abogada, ingeniera o comunicadora social! Esta vez,
más que humillación, es burla; es hacer chistes crueles a costa de la
ingenuidad ajena. Bolsas de comida que dicen „Cuando el pueblo necesita, su
gobierno revolucionario responde‰. Y cadenas, cadenas y más cadenas para que
nadie se quede sin ver al Papa Noel de Sabaneta.

Reales por aquí, millones por allá, billones más allaíta. ¿Cómo puede perder
un referéndum alguien tan dadivoso, tan manofloja, tan agarren que el ciego
tiene? Como los Yanquis que el señor Steinbrenner creía invencibles, porque
para eso les pagaba bastante.

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