Opinión Nacional

El inventario del presente venezolano

Al menos, contamos con 160 años de vida republicana caracterizada por la violencia. Una pesada herencia de guerras civiles, golpes de Estado y escaramuzas, hicieron posible una rectificación en la segunda mitad del siglo XX. Rectificación que parecemos olvidar.

No fue fácil encontrar un período de paz y de estabilidad, lleno de imperfecciones, es cierto, pero dramáticamente contrastante con las duras amenazas que la llegada del siglo XXI cierne sobre todos los venezolanos. Y decimos ¡todos!, porque nadie escapará de la vorágine intolerante de continuar el empuje de tan triste carro por el sendero de la misma vida cotidiana. El conflicto y el debate son naturales expresiones de la democracia, aunque ella misma estallará de sobrepasar los límites que la más elemental sensatez indica.

Recordemos, la guerra civil fue bandera que flameó con fuerza a partir de 1998. No surgió como una hipótesis susceptible de considerar y de frenar, sino como una amenaza cierta, un programa administrado de quienes ejercen el poder desde entonces. Y cuando las condiciones objetivas no apuntan hacia ella, deviene conflicto internacional, pues la consigna anti-imperialista en boga abona más al anacrónico cuadro de la ya distante guerra fría, que a las reflexiones suscitadas por Lenin o, acaso, Haya de La Torre, quien creyó al imperialismo como la primera fase del capitalismo en Indoamérica.

Podemos hacer un inventario de las prácticas y los estilos dictatoriales, con nombres y apellidos, en todo el historial venezolano. Probablemente nos sorprenda la lejanía de tamañas experiencias, desaparecidos los originales. Entonces, ¿es el Presidente Chávez el “propio y original”, como solía decir Edmundo Valdemar en una telenovela de los sesenta?.

Reflejando un mito medioeval que – creo- trató en una ocasión Eco, junto a Colombo y Alberoni, el personaje novelesco bien podría caracterizar a Chávez, como expresión de una vocación que desde hace más de seis años asumimos como una novedad. Decía el coronel Ardenti: “Señor Casaubon, cuando los originales han desaparecido, la última copia es el original” (Umberto Eco: “El péndulo de Foucault”, Lumen, 1989, p. 20).

Luego, el inventario es el del presente venezolano. Un conflicto sin debate.

II.- LA OLIGARQUIA RENTISTA

La resistencia actual es la del capitalismo de Estado que, afianzado obviamente por una renta suculenta, retarda el período de modernización económica. Convengamos en la existencia de una oligarquía, vieja y novísima, que es beneficiaria de un régimen como el actual.

En una perspectiva marxista, al reconsiderar uno de sus títulos más célebres, Domingo Alberto Rangel señalaba los cambios sustanciales de un país que redujo de seis a tres los grupos económicos de mayor poder: Polar, Cisneros y PDVSA (“Cambios en la ´oligarquía del dinero´, Ultimas Noticias, 23/01/97). Resulta indispensable desde ésta u otra perspectiva, radiografiar la existencia y emergencia de otros poderes de irresistible lógica cuando es el Estado la fuente fundamental de riqueza y de enriquecimiento, que no de prosperidad y de equidad social.

Probablemente, asistimos a cuatro inadvertidos fenómenos: por una parte, a la defensa de las más fuertes corporaciones privadas, desarrollando habilidades que dificultan su inmediata destrucción, forzadas a su misma modernización, y salvaguardando sus capitales en el exterior, junto a otras expresiones, empresas o capitanías de empresas que se amoldan a las actuales circunstancias, sosteniendo y aprovechándose de sus vínculos con el gobierno; y, por otra parte, desde la corrupción y las corruptelas, esbozando a futuros y grandes empresarios bajo la sombra de un régimen que dirá perpetuarse según mejoren las condiciones presentes, o, una sospecha que corre por todos los pasillos, exportando capitales para otras faenas dizque revolucionarias en el continente con los correspondientes y no menos habilidosos agentes de retención, prestos a otros desafíos del mercado que abominan.

Difícil ensayo de sociología y de economía política, sobre todo cuando no circulan datos suficientes y fehacientes, como ocurría antes. La oligarquía rentistica también vive un apogeo, no otro que el qubrindado por el camuflage.

III.- SERVICIOS PUBLICOS, UNA NOTA GENERICA

El fortalecimiento del Estado es relativo, ya que apunta únicamente a una fachada: el monopolio de la violencia, mientras que interiormente muestra todas sus flaquezas. El régimen en curso, desespera por otro monopolio, el de los servicios públicos, ofreciendo una característica cada vez más evidente: el del estatismo que atenta contra el Estado mismo.

Las responsabilidades y deberes más elementales, como el de la seguridad personal o el mantenimiento de la infraestructura, sencillamente las incumple por desarrollar o superdesarrollar otras facetas, como el de la seguridad de Estado, inteligencia, contrainteligencia y represión. En lugar de una firme, coherente y consistente política de salud, por ejemplo, dijo institucionalizar los otrora operativos médico-asistenciales que, a la postre, redundan más en sus faenas proselitistas al incursionar en los sectores urbanos más pobres, necesario de reconocer como un acto heroico y contrastante con el Estado que temía -y quizá aún teme- a las áreas marginales.

Materialmente es aconsejable que el Estado encare el problema de los servicios públicos con el sector privado de la economía, conciliando el esfuerzo de proveedores, constructores y operadores. Por muy alto que se encuentre el precio de la cesta petrolera, los recursos no alcanzan para que el ejecutivo nacional, directa y eficazmente, satisfaga las necesidades y universalice la prestación de los servicios requeridos por la población.

Los gastos de operación, mantenimiento e inversión, así como las tarifas y los ajustes que se trasladan a otras generaciones; la facturación, pagos, reclamos y reparaciones, ameritan de una tarea mancomunada entre los sectores público y privado. Sin embargo, la pieza fundamental está en los usuarios que –preferiblemente- deben auto-organizarse, definir y asumir una conducta de clientes, al igual que aceptar y estimular la diversidad de competidores, abandonando la pasividad, cuestionando los abusivos contratos de adhesión y reconociendo la perversión del subsidio a servicios de mala calidad.

Una consideración genérica de la materia, obliga a replantearse al Estado mismo, fuerte o exageradamente fuerte en unas tareas, y débil o injustificadamente débil en otras tan importantes para un país cuya calidad de vida parece equipararse a 1950.

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