Opinión Nacional

El Koke de Vargas Llosa

Con “El paraíso en la otra esquina” (Alfaguara 2005), la novela de Mario Vargas Llosa sobre las vidas de Paul Gauguin y Flora Tristán, me pasó algo que no me había pasado con ninguna otra novela. La parte de Flora Tristán la leí una vez y desde entonces no la he vuelto a leer. La otra mitad de la novela, la parte del pintor francés Paul Gauguin –Vargas Llosa alterna capítulos entre estas dos historias que casi no se tocan–, la he leído a lo sumo media docena de veces, siempre con igual admiración. Los capítulos de Gauguin están entre mis páginas favoritas de la obra de Vargas Llosa, mientras que los de Flora Tristán están entre mis páginas menos favoritas.

Mi preferencia por la parte de Gauguin se debe a que pienso que está mejor escrita, pero quizá mi juicio está influenciado por un factor menos objetivo: la vida de Gauguin me interesa mucho más que la de Flora Tristán. Me llama la atención el descubrimiento tardío de Gauguin de su vocación artística. También su decisión de hacerse pintor en una etapa de su vida –ya adulto, casado, con hijos– en la que no es fácil abandonarlo todo por el arte. Y me parece interesante que antes de asumir su vocación Gauguin llevara una vida próspera trabajando en una casa de bolsa.

También me llama la atención que su tardío descubrimiento de su vocación artística conlleva un cambio más profundo y radical, relacionado a su filosofía de vida. Porque, conforme se va haciendo pintor, Gauguin se va desligando de lo que él considera la moral y los prejuicios cristianos y europeos, que responsabiliza no sólo de la decadencia del arte y la cultura en Europa, sino también de un empobrecimiento general de la vida del europeo. Gauguin poco a poco se va convenciendo de que la salud en el arte está en volver a los orígenes, al primitivismo, a la condición de salvaje. Y esa convicción lo lleva a mudarse a Tahití, y luego a las Marquesas, donde busca un mundo inocente, sin domesticar, donde la razón y la moral europea todavía no hubiesen embridado los instintos y esclavizado el cuerpo a la razón. Un paraíso utópico –a eso alude el título– donde todavía existiesen esas supersticiones y fuerzas mágicas que, según él, atizan los sueños, la imaginación y los deseos humanos, y recargan el ímpetu y la voluntad que son necesarios para crear grandes obras.

Muchas cosas buenas podría decir de la parte de Gauguin de “El paraíso,” pero en este espacio me gustaría resaltar tres aspectos. El primero es la sensualidad de la prosa. Y con “sensualidad” no me refiero exclusivamente al erotismo de algunos episodios, sino a como la prosa, constantemente, evoca los olores, los sonidos, la vegetación y el caluroso clima de Tahití y las islas Marquesas. Vargas Llosa busca estimular los sentidos tanto como el intelecto. Su prosa nos recuerda cuan desvaída y esclerótica puede ser la prosa de otros escritores. Vargas Llosa también revaloriza la descripción de la naturaleza como herramienta narrativa. Leyendo “El paraíso” uno siente que hay una estrecha relación entre el calor y la vegetación espesa de los Mares del Sur y la liberación de Gauguin de los prejuicios y la moral europeos. Existe una misteriosa armonía entre lo que ocurre dentro de Gauguin y sus alrededores físicos.

Otro aspecto que vale la pena resaltar es la economía de la prosa. Vargas Llosa es un maestro organizando su material y escogiendo e integrando inteligentemente sus temas, motivos y anécdota. Pocos novelistas utilizan el espacio de la página con tanta economía. Pocos encogen y estiran el tiempo con tanta elegancia. Pocos son tan hábiles reduciendo el abrumador caos de la realidad a un sistema coherente que preserva, o da la ilusión de preservar, la complejidad y la ambigüedad de la vida. Es verdad que esta virtud caracteriza muchas novelas de Vargas Llosa. Pero en “El paraíso” el autor demuestra un mayor control, una mayor madurez, un tacto más refinado para no romper el delicado equilibrio entre contenido y forma.

El tercer aspecto es el personaje de Gauguin, uno de los más vivos de la obra del autor. Uno de los poderes de Vargas Llosa es su capacidad de compenetración con sus personajes. Varga Llosa tiene un talento extraordinario para encontrar esos delgados caminos en los que el mundo de afuera (el de sus personajes) se une con el de adentro (el suyo). Sabe muy bien detectar los denominadores comunes que lo conectan con sus creaciones y cómo colocarse en los terrenos fértiles donde la experiencia personal hace más fácil la escritura.

En este sentido la vida de Gauguin es una mina para Vargas Llosa. Quizá a primera vista esto es difícil de ver, porque Gauguin y Vargas Llosa son en muchos sentidos hombres opuestos. Pero, después de leer la novela, uno nota que, pese a las enormes diferencias, Gauguin le da al autor una oportunidad de explorar algunos temas –como la vocación artística, el erotismo, el proceso creativo, el idealismo, la búsqueda de la utopía– que están muy cerca de él. Gauguin en una suerte de haz en el que confluyen asuntos que, durante su carrera, han definido y obsesionado a este gran escritor.

El narrador es clave para dar vida a este personaje y también unos de los aspectos más originales de la novela. En “El paraíso” Vargas Llosa utiliza el estilo indirecto libre o la tercera persona “cerrada” que ha utilizado en la mayoría (creo que todas) sus ficciones, y en el que la narrativa frecuentemente se aleja de la tercera persona omnisciente para asumir propiedades del personaje, o mejor dicho, fundirse con él. El estilo indirecto libre es una técnica muy común y muchas veces inconsciente, ya que la tercera persona tiene una tendencia natural a alejarse de sí misma para acercarse a los personajes. Pero en el caso de Vargas Llosa el uso de la técnica es consciente, tan consciente que a veces experimenta con ella. Por ejemplo, en “Historia de Mayta” Vargas Llosa a veces disuelve la tercera persona en el “yo” de la primera persona, cediéndole al personaje el control absoluto de la narrativa.

En “El paraíso” Vargas Llosa decide ir más allá, disolviendo constantemente la tercera persona no en la primera, como lo hace en “Mayta,” sino en el “tú” de la segunda persona. Y esta segunda persona es más interesante que la primera. ¿Por qué? Porque la primera persona sólo admite una interpretación: la voz del “yo” es la del personaje. Pero la segunda persona es más flexible y ambigua. En algunos extractos el “tu” suena como la voz de Gauguin. En otros suena más como la voz del narrador, que regaña al personaje o le habla sobre su futuro. Y en otros suena como si la voz del autor y el personaje se fusionaran. Se convirtieran en una sola. Esto puede ser visto como una intrusión antiflaubertiana de la voz del autor. Pero yo más bien lo veo como una virtud: una camuflada expresión de esa habilidad de Vargas Llosa de caminar sobre la línea donde el mundo de afuera se une con el de adentro.

Esta técnica, por cierto, ilumina una dimensión del placer que siento leyendo a Vargas Llosa que está relacionada a mi conocimiento de su obra. Después de años leyendo sus novelas, ensayos y artículos, uno llega a tener una buena idea de sus filias, fobias obsesiones y convicciones. Uno comienza a detectar motifs y denominadores comunes que, a fin de cuentas, constituyen la esencia de su personalidad como escritor. Este conocimiento es el que permite detectar esos instantes en los que, sin sacrificar un ápice la integridad y verosimilitud de sus personajes –y esto es lo difícil de caminar sobre esta línea–, Vargas Llosa fusiona su voz con la de ellos. Y el reconocimiento de este delicado equilibrio, de esta muy disimulada y elegante fusión entre personaje y autor, produce, por sí solo, un inmenso placer. Es una valiosa y secreta retribución a nuestra lealtad como lectores.

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