Opinión Nacional

El lapidador y la democracia

Y esto viene al caso al repasar los últimos veinte años de la actuación de un nefasto personaje dedicado a fulminar “a pedradas” el sistema democrático venezolano.

¿Que soy subjetivo? Es probable, aunque a las pruebas me remito. Para ello voy a establecer un paralelismo con otro iluminado de aún peor recuerdo. La mayoría de los alemanes votó por Hitler en el año 1933 agenciándole un 38.7% de apoyo, aunque igual fueron a una degollina que les ha dejado un legado negativo como pueblo agresor de otros pueblos. El “demócrata” Hitler luego de ascender al poder se dedicó a desmantelar la institucionalidad existente y convirtió a los alemanes en rehenes de una demencia descomunal: la suya. ¿Qué el pueblo nunca se equivoca? Tremenda tontería. No hay nada más irracional y escabroso que una turba enardecida por pasiones y sentimientos exacerbados, que los oportunistas del momento, travestidos en profetas, logran desatar. Sino que me desmientan los millones de lectores de la Santa Biblia al repasar el plebiscito popular entre el bueno de Jesús y el ladrón Barrabás.

En menos de dos meses el país vuelve a las urnas para repetir el sagrado derecho al voto. Como ritual cívico es algo ejemplar, aunque en manos de quienes irrespetan la Constitución y sus Leyes, y ejercen una acción gubernamental del todo fraudulenta: ¿Qué podemos esperar? ¿Elecciones limpias? ¿Respeto fidedigno a sus resultados? La llamada voluntad popular y el libre ejercicio de la misma es hoy un juego fundamentado en toscas manipulaciones que nos recuerdan mucho a los procesos electorales de la RDA (Republica Democrática Alemana) y países semejantes en los tiempos de la Guerra Fría. En esos países se hacían muchas elecciones, pero como fachada a los liderazgos perpetuos que el Partido Comunista imponía a través del más férreo control de la sociedad y la ciudadanía.

Venezuela no es como la RDA pero su principal mentor en el Gobierno bebe en las profundidades del caudillismo latinoamericano de mejor rancia (Véase: “Yo El Supremo” (1974) de Roa Bastos y “La Fiesta del Chivo” (2000) de Vargas Llosa). Su aspiración indisimulada es perpetuarse en el poder a costa de sacrificar la Democracia. Y esto es algo que más de media Venezuela se resiste a permitir. La fatiga histórica de la inmensa mayoría de los venezolanos es evidente; el retroceso en la calidad de vida tanto de pobres como clase media está a la vista de todos. El otrora prospero país petrolero ha devenido en una caricatura del mismo.

Y lo que parece un imposible, su derrota electoral junto al fin de la mediocridad, se está labrando desde una mayoría silenciosa e indignada. Recuperar la Democracia sobre supuestos institucionales sólidos es la gran tarea histórica del nuevo liderazgo emergente. A los enterradores y sepultureros de la Vida, la Historia siempre les ajusta sus cuentas.

Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ

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