Opinión Nacional

El lenguaje popular

«Me estoy muriendo de sed

teniendo aljibe en mi casa,

el alivio no lo encuentro

porque la soga no alcanza»

Estébanez Calderón

UN PUEBLO SIN HABLA ES UN PUEBLO SIN VIDA

Una de las manifestaciones intelectuales que muestra mayor elevación espiritual es, sin duda,
el lenguaje. Los grandes genios le rinden con frecuencia admiración. Se hacen místicos de la
lengua, los apóstoles de la palabra. Curiosamente esta admiración suele suscitarla el
lenguaje que tal vez no usa el científico ni siquiera el escritor: el lenguaje del pueblo, el no
pulimentado, el no sometido (al menos aparentemente) a la rigidez del sistema, la
etimología y la gramática. Ese lenguaje que, desde ciertos puntos de vista, se considera
impuro por no haberse purificado con la regla en la mano, tiene la mayor pureza porque es
libre y espontáneo. Aquél en que habla el pueblo a su vecino, como repetirían una y otra vez
en lugares públicos los juglares de la Edad Media que recitaban los versos de Berceo. Nos
decía, Unamuno que cada poeta, pensador, escritor en suma, cuando realmente se encuentra
a sí mismo, cuando encuentra su estilo, habla un lenguaje propio.

Siendo digno de alabanza el amor al lenguaje espontáneo, lo es más cuando el que lo
profesa actúa en consecuencia. Como sucede con esos escritores que se dice que aprenden
del pueblo directamente su lenguaje propio. Fenómeno recíproco: porque luego es ese
pueblo vivo, su maestro, el que aprende de ellos, su propio lenguaje de nuevo. No es otra, la
viva dialéctica generadora de ese lenguaje popular que para realizarse, verificarse, necesita la
colaboración del poeta. Recordemos ejemplos famosos en nuestras letras españolas. El de
los saineteros y costumbristas. Desde Cervantes hasta Arniches y López Silva, pasando por
don Ramón de la Cruz, Estébanez Calderón, Ricardo de la Vega, Galdós y los Quintero. En
todos estos escritores encontramos lenguaje popular.

Estos escritores, estos poetas, creadores del lenguaje popular, hicieron, diríamos, todo lo
contrario de lo que hace el escritor, el poeta, cuando se apropia formas del lenguaje común.

Para que haya lenguaje popular -lenguaje vivo- tiene que haber pueblo -y pueblo vivo-. Pero
– y esto es lo grave- también para que ese pueblo viva, al menos en el lenguaje y por él,
tiene que haber poetas, escritores, que lo fecunden, que lo creen. Y esta creación no puede
ser más que tradicional, como la vida misma.

Un pueblo sin lenguaje propio es un pueblo sin habla, enmudecido… ¿Por amordazado o por
muerto? Un pueblo sin habla es un pueblo sin vida y puede ser un vulgo, que no es un
pueblo y más o menos errante y municipal, que dijo Darío. Y otro poeta escribió: «Dices que
no te doy / más que palabras; / palabras volanderas / que no son nada. / Pero te engañas, /
que la palabra es aire / y el aire es alma».

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