Opinión Nacional

El magnicidio como arma de persecución

Pedro María Morantes (Pío Gil), nos relata que Gómez favoreció la guerra de Castro contra él, porque tenía la necesidad de declarar interrumpido el orden público. También acota: “Si Castro no la hace, Gómez la habría inventado… Gómez necesitaba esa guerra, para declarar suspendidas las garantías e impedir las elecciones”. En la misma onda anda el Presidente, a falta de un verdadero golpe de Estado (como el de 1992), crea su propio magnicidio, para reprimir y tratar de amedrentar a la disidencia política, distinta a la oposición formal, cada vez más monolítica, adelantada por los partidos políticos, de cara a las elecciones de noviembre. La arremetida despótica está dirigida, en esta oportunidad, contra representantes de importantes medios de comunicación, que han mantenido una valerosa posición de autonomía frente a los arrebatos interminables del jefe del Estado y de algunos operadores políticos de mucho prestigio.

Para ello utiliza algunos matarifes, sin ningún vuelo intelectual que hagan digerible el reiterativo montaje gubernamental. Resulta risible, por decir lo menos, que los presentadores de un programa de televisión hagan el “hallazgo”, antes que los cuerpos de seguridad del régimen. ¿Dónde queda la DISIP, la DIM y lo cubanos? Habrá que mandarlos a freír papas, entonces… ¿No existe en el campamento revolucionario gente con algo de sentido común, para hacer las cosas bien? ¿Es menester desenterrar voces desafinadas, sin ningún tipo de credibilidad?
Pero, veamos quienes son los presuntos “implicados” y su ámbito de acción. Por una parte, Miguel H. Otero, el Movimiento 2-D y el diario El Nacional (no podía ser de otra manera), Alberto Federico Ravell y Globovisión y, por último, Luis Miquilena y Manuel Rosales. Personas que realizaron un trabajo incesante y férreo, a favor de lograr la tan anhelada y necesaria unidad de los candidatos democráticos. Es decir, con este espectáculo se busca torpedear, desde el deleznable expediente de la criminalización del libre ejercicio de las libertades ciudadanas, la real posibilidad de una aplastante derrota electoral, que acabaría de una vez por todas, con las ambiciones del teniente coronel de hacer de Venezuela su hacienda personal. Eso es lo que está planteado después de noviembre, cuando el pueblo, como un solo haz de voluntades, rechazará, categóricamente, las imposiciones autocráticas.

Vistas las cosas así, es menester estar preparados para cualquier intentona de última hora, desde el oficialismo, de sabotear el evento comicial venidero. El Gobierno se sabe derrotado, entonces, no faltarán los aprendices de brujos, susurrándole al mandamás de Miraflores para que acabe de darle el palo a la lámpara y se termine de quitar la careta. Claro, eso no es tan fácil como los áulicos desearían. De momento todo parece un enloquecido y amenazante sonido de avispas en un cuarto oscuro. Hasta ahora sólo han saltado al ruedo los teloneros. La revolución, no se encuentra en su mejor momento, está al borde del precipicio. El culillo y la desesperación son malos consejeros. Sobre en circunstancias como las actuales. Tratar de apagar el fuego con gasolina, sería contraproducente.

Por primera vez, las prácticas antidemocráticas de Chávez están siendo cuestionadas por buena parte de la comunidad internacional. Ya muchos mandatarios lo miran de reojo. Por supuesto, los beneficiarios de la manirrota revolución bolivariana, como siempre, voltearán para otra parte. Seguirán ciegos, sordos y mudos…

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