Opinión Nacional

El materialismo histérico

I
A ver, es acaso ético hablar de un libro que no hemos leído. Incurre, el que así lo hace en el crimen que cometen aquéllos espontáneos – la acepción es hija de la tauromaquia – que se lanzan a explicar las falencias o virtudes de un texto del que apenas conocen lo que se reseña en su contraportada. En todo caso es menor la estafa que ejecuta aquél que al abrir las páginas de un volumen, por vez primera, comenta delante de sus compinches que: “Anoche comencé a releer el ‘Elogio de la locura’, de Erasmo de Rotterdam”. Luego añaden, para dar el estoque: “Pero estoy desencantado con la traducción. Veré como hago para recuperar la versión de Pedro Voltes Bou que le es más fiel a la sátira del holandés renacentista”.

Ustedes saben de quién les hablo. Es de esa gente que saca los libros a pasear como perritos y llegan al exceso de faramallería o ridiculez de hacerse combinar el color de sus camisas con la portada de la novela de moda.

Digo lo anterior para exorcizar en mí y ante ustedes cualquiera de estos extravíos en los que pudiera incurrir inconscientemente o, si soy honesto, para reiterar mi abominación por ese tipo de conducta que, además de palurda, es infantil.

El caso es que me propongo la exégesis de un libro que no he leído. Y lo hago por dos razones fundamentales. La primera es por el entusiasmo y la envidia que me produjo el artículo que Laureano Márquez publica en la edición de Tal Cual, del pasado viernes 10 de junio. Y la segunda es por el aplauso que le regalé al autor del libro El materialismo histérico, que firma el mexicano Xavier Velasco.

Publicado por Alfaguara, El materialismo histérico – a caballo entre la novela y la suma de relatos cortos – da cuenta de una dialéctica que se resuelve en una sencilla pero angustiante pregunta de suegra ¿Quién fue primero: el dólar o el deseo?
La interrogante queda en el aire solo que se nutre con la aseveración de que: “Según las fábulas tradicionales, la ambición desmedida tiene un alto precio; pero, de acuerdo a la experiencia tiene también un alto rendimiento.” (Precísese aquí que los dos últimos párrafos son un asalto a la sinopsis del libro que presenta Alfaguara en su página Web. Luego, discúlpeseme el atraco ya que El materialismo histérico es como unos de esos panes recién salidos del horno. El colofón indica como fecha de publicación el 11/05/2005 lo que determina, estoy seguro, su ausencia en las librerías venezolanas).

Y es detrás de ese ‘rendimiento’ que corren los personajes de El materialismo histérico. Lo hacen como cualquiera de nuestros – Teodoro Petkoff, dixit – sacrificados mártires de la guerrilla burocrática. Digo, “Sin asomo de culpa, escrúpulo o vergüenza”; más, los personajes “se rinden al poder lujuriante de la avidez, a menudo ¿masticando una rabia hambreada de revancha?”
Al escritor que es Xavier Velasco le fascina el vocablo “escándalo”. Dice que le gusta por lo que significa y por el sonido que nace de sus entrañas, por eso la va soltando en medio de los párrafos a la manera de un tambor que le retira el sueño a la hipocresía. Por eso declara sin ningún tipo de reparos que la “voracidad y lujuria metálica, son, en el fondo, las motivaciones de más de un sacerdote marxista”. Y aclara, “Supongo que estoy coqueteando con la herejía, y eso ya es un placer, especialmente ahora que Fidel Castro está en la lista de la revista Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo”.

Autor de “Diablo Guardián”, con la que obtuvo el premio de novela Alfaguara 2003, Xavier Velasco se aburre de los contrabandos sociales y políticos. Al punto que puede llegar a ser tan incomodo como la muela de la que hablaba Ludovico Silva al momento de referir lo que para él era el papel del intelectual en la sociedad. Afirma así, este Xavier que aparece huérfano en el Santoral católico, que el publicitado alcalde de Ciudad de México, Andrés López Obrador “es un priista de vena autoritaria, asistido por otros (como él, supuestamente ex) priistas cuyas mayores habilidades tienen que ver con la propaganda. Es decir, una derecha travestida de izquierda, que sin embargo sabe venderse bien.”

II
Ajá Pedro, ya dijiste bastante de Xavier Velasco y poco de El materialismo histérico, salvo lo que te permitió la contraportada del libro. Pero del artículo de Laureano Márquez no has dicho nada ni mucho menos has aclarado qué carajo tienen en común esas letras.

A ver, ya dije que lo de Laureano era el producto de una insana y cochina envidia. Pasa que este Márquez se manda un artículo que entrará a la catedral del humor venezolano; un artículo que parodia la supuesta abominación del materialismo de un personaje más histérico y materialista que pitcher de caimanera.

Las líneas de “El sacrificio de un líder”, que así titula la seriedad de Laureano a su artículo, trata sobre un tema escasamente difundido dentro del ámbito político-espiritual de la nación Bolivariana mesma. Es el testimonio de un hombre que le da asco ser rico pero que las circunstancias – malditas las circunstancias del hombre, ¿verdad Ortega y Gasset? – lo colocan en la disyuntiva de vivir en un palacio cuando lo que le ordenan sus juanetes es acomodarse entre el frío de los cartones de un rancho donde viviría ¡sabroooso¡ sin agua potable, y en lo más alto del cerro: “Pero como me quieren matar, se queja, me veo obligado a protegerme, a permanecer en este repugnante palacio caminando sobre alfombras carísimas y durmiendo en cuartos con aire acondicionado… Yo no sé cómo lo soporto.” Él pudiera andar “en un volkswagen escarabajo escoñetado y sin frenos”, pero, según el pesaroso testimonio del hombre que retrata Laureano, por la arrechera injustificada e imperialista que le tienen unos ex amigos debe desplazarse en una limosina blindada con más de 500 guardaespaldas, subdivididos en no sé cuantos anillos de seguridad.

La culpa de todo lo tiene el materialismo que ni siquiera le permite al hombre ser el pobre que quiere ser. De allí, al histerismo, al Socialismo del siglo XXI, a su correlativa locura colectivista, y el Sambilismo que carcome la moral revolucionaria de quienes tienen como destino final los sándwich de la avenida Bolívar, y enajenadamente se desvían por entre los niveles del monstruoso centro comercial.

Se puede aprender a ser pobre de solemnidad, se puede comprender que “las tristezas matutinas también son sobornables” como infiere Xavier Velasco en ‘La Venus de los cheques’, uno de los relatos de El materialismo histérico, lo que será difícil es no afligirse por el expiación que comete este hombre al momento de “soportar las incomodidades” de un destino sujeto a las corbatas de seda italiana, los paltó de alta costura, el reloj Vacheron Constantaín, y ese insoportable menú francés que tanto lo alejan de los chicharrones peludos, como termina relatando Laureano.

Sí, es histérico el materialismo. Qué duda cabe.

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