Opinión Nacional

El método Stanislavski

Lo primero: no tengo la menor duda de que los voceros oficialistas que el pasado jueves aparecieron manifestando su indignación por el supuesto plan golpista, que incluía la eliminación del Presidente, estaban fingiendo. Esta es una certeza albergada en el mismo momento en que desplegaban ante las cámaras sus ínfimas dotes histriónicas (que no les alcanzan para conferir algún realismo a sus actuaciones). Era demasiado evidente el esfuerzo para proyectar sorpresa y rabia. Se les nota muy claramente que están cansados de la constante orden de plantarse ante el país a hacer una escena por encargo. Finalmente, ellos se subieron al carro de Chávez para hacer la revolución (o para ocupar cargos a los que de otra manera no hubieran soñado ni postularse), no para que los utilizaran como figurantes en una charada de a locha, abandonada a ritmo creciente por un público que deja la sala batiendo las butacas y mascullando su frustración.

Con la sobreactuación propia de quien recita un parlamento falso y mal pergeñado, los funcionarios comisionados para hacer la rutina de los revolucionarios encolerizados porque se ha develado una conspiración se dedicaron a enumerar los sucesos terribles que habrían ocurrido de no haberse suspendido a tiempo la conjura.

De pronto, en medio del show de Cilia Flores, me distraje de su seguimiento y me remonté a febrero de 1992, cuando me tocó hacer la cobertura periodística del funeral de una niña que había sido alcanzada por una de las balas perdidas que como lluvia de plomo habían arrasado los alrededores de Miraflores durante la intentona golpista encabezada por Hugo Chávez. Salido de la boca de un FAL empuñado por un soldado, el proyectil había atravesado varias paredes, así como la cabecera de la cama, y había ido a incrustarse en la cabeza de aquella niña cuyo sueño se disolvió para siempre en un charco de sangre que cubrió velozmente las sábanas. He olvidado el nombre de la víctima. Pero recuerdo claramente la humildad de la funeraria y la desesperación de los padres, uno de ellos hijo de la inmigración, que descartaba la idea de irse de Venezuela.

El video que demuestra la pretendida conspiración no es más que la trascripción de una conversación telefónica.

Ése es el crimen. Actos de habla de unos oficiales a través de un medio mecánico, de los que, tanto el ministro de la Defensa como el fiscal militar, se enteraron por televisión. Tal es la gravedad de los hechos y la seriedad de las investigaciones.

¿Los instigadores de la violencia cometieron este delito ante las masas o algún auditorio por mínimo que fuera? No. ¿Hubo muertos o heridos? No. ¿Al menos repartieron volantes o gritaron «abajo Chávez», aprovechando la oscuridad cuando se fue la luz en todo el país? No.

¿Sacaron del país un maletín repleto de dólares para pagar a sus cómplices? No.

A falta de un verdadero «baño de sangre», de «irrupción violenta en los canales de televisión del Estado para producir un silencio informativo», de «asesinatos entre los empleados de Miraflores, cuya vida merece respeto», de «tanques en las calles» y de «proyecto para matar al presidente elegido democráticamente», la comparsa oficialista echó mano de lo que el ruso Constantin Stanislavski (1863-1938) llamó «memoria emotiva», que consiste en evocar una vivencia propia para recrearla en el escenario y producir una emoción que dé credibilidad al personaje. ¿Y dónde estaba ese arsenal de recuerdos? Pues en los dos golpes de 1992, cuando ocurrió todo lo que estos payasos sin talento mencionaron como potencialidad del hipotético golpe. Absolutamente todo. Empezando por el baño de sangre que jamás han lamentado, ya no digamos condenado, y que no fue sino el anuncio del baño de sangre continuado que han organizado en Venezuela; porque su ineficiencia, corrupción e insensibilidad no ha hecho sino producir una cosecha luctuosa que no conoce de veranos, ni de plaga, ni de granizo.

El jefe de estos tristes extras, por su parte, no necesitó apelar a la memoria emotiva que aconsejaba Stanislavski. A ése le basta sentir el aliento de la justicia internacional en la nuca ˆque no otro parece ser el resultado del juicio de Miamiˆ para que emerja su verdadera naturaleza primitiva. Y salga de su boca lo único que tiene para dar.

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