Opinión Nacional

El Ñemeo a la Quinta

Primer acto

La mujer y los tres hombres caminan raudamente por el corredor oriental de un palacete caraqueño de fines del XIX. Apenas observan a los cuatro peces de bronce que escupen el agua en la fuente del patio. Sus chorros caen lánguidos en gesto de pena ajena. Al llegar al antiguo comedor se encaminan hacia el oeste y unos pasos más allá ingresan en la antesala. Sus rostros denotan su preocupación. No son noticias halagüeñas las que portan. No se sientan. Esperan nerviosos a que se abra la puerta del despacho del Jefe.

Suena un timbre. El ayudante se levanta y les franquea la puerta. Los hombres se apartan cortésmente y dejan pasar primero a la mujer. Esta observa el salón en cuyo centro una columna de hierro revestida de mármol parece dividir el salón en cuarteles. En el noroccidental, al fondo, frente al escritorio de caoba, el Jefe, de pie, les extiende la mano efusivamente. Los visitantes relajan. El Jefe camina hasta la Silla y se sienta, indicándole a los visitantes, con un gesto, que hagan lo mismo.

-¿Cuál es el diagnóstico? –pregunta-.

-Malo. –dice la mujer-. El presupuesto de ingresos muestra un déficit de 12 mil millones de dólares al comparársele con el de egresos. En las circunstancias actuales, no podemos esperar financiamiento ni del exterior ni mucho menos de nuestros banqueros.

-Pero tenemos una alternativa. –apunta el hombre de la barba blanca-. Para que los planes del Proceso no sufran tanto, lo mejor sería vender, al mejor postor, lo acumulado en el Fondo macroeconómico. Para eso se estableció. Para acumular sobrantes en la época de las vacas gordas y gastarlo cuando llegases las flacas.

-Al estilo de José. –le responde el Jefe-. Ustedes recuerdan la Biblia. José y el faraón.

-Así es. –expresa la mujer-. Ese fue el primero que se dio cuenta de los ciclos económicos.

-Y ¿Cuál es esa alternativa? –pregunta el Jefe-.

-Muy simple, en realidad. –le responde el hombre del bigote negro-. Dejar fluctuar el bolívar libremente. Eso multiplicará los dólares y hará posible la cantidad en bolívares que necesitamos. Usted convencerá con sus dotes de orador al soberano de la necesidad de las medidas, esto es, la liberación y el ajuste. Los culpables son tres: la recesión mundial, acentuada con el atentado del 11 de Septiembre y la baja en los precios del petróleo.

-Pero esto semeja mucho un paquete neoliberal salvaje. –es la respuesta casi inaudible del Jefe-.

«Hay que calmarlo», piensa la mujer. Rapidamente, le dice:

-Debe recordar, mi querido Jefe, que Lenin tuvo que aceptar la realidad al inicio de la Revolución e imponer la Nueva Política Económica, que, en su esencia, no era otra cosa que neoliberal.

-Está bien. Acepto. Que otra cosa puede hacerse. Pero, eso sí, los recortes no pueden tocar los planes sociales.

-No hay necesidad. –le responde el hombre de la barba entrecana-. El Fondo tiene actualmente 6 mil millones. Con los aportes que, con la nueva ley, no hay que hacer este año, sumará 8 mil millones. Si dejamos devaluar a mil y pico, como lo piden los empresarios, los 8 mil parecerán 12 mil.

-Además, querido Jefe, le quitamos argumentos a la oposición. –repuso la mujer-. Ahora no tendrán excusas para que el aparato productivo no se reactive. Necesariamente habrá un repunte en el empleo. Y entonces mejorará su popularidad.

-Seguiremos, pues, ¡A paso de vencedores!

Con esta frase, el Jefe se puso de pie, dando fin a la entrevista.

Segundo acto

El mismo palacete. En un gran salón se sientan doce personas al rededor de una mesa, entre ellas los cuatro visitantes del día anterior. Se ponen de pie al entrar el Jefe, quien ocupa la cabecera.

Los observa con detenimiento. Ahí están sus más enconados enemigos. La gran oligarquía.

-Bien, señores, siéntense, por favor. –dice cortés-. Los he convocado, en un gesto de paz, para comunicarles a ustedes, en este asueto bancario y antes de hacerlo al resto del país, el nuevo plan económico. Mi gobierno debe encarar la realidad; la continuada recesión mundial sigue debilitando los precios del petróleo y hace impostergable una reforma económica. Errar es humano. Y debo reconocer que mi equipo económico ha errado en cuanto a su estimación de los ingresos. El déficit fiscal se aproxima a los 8 puntos del PIB. Por lo tanto, vamos a tomar varias medidas, entre las que destacan dejar flotar libremente el dólar, para proteger las reservas y recortar los gastos.

El Jefe continúa mirando a sus invitados. Por los gestos se ve que sienten alivio. En algunos ojos, hasta contento. “Los usureros” –piensa- “creen tenerme por el pescuezo. ¡Qué equivocados están!”.

-Ahora, -continúa- le toca al sector privado responder a esta confianza del gobierno. Ya no hay excusas para la reactivación. Ya pueden exportar con precios competitivos. Además, el gasto fiscal coadyuvará, especialmente en el ámbito de la construcción y del mantenimiento de la infraestructura, las áreas de empleo masivo de mano de obra menos calificada. Buenas tardes.

Con esta frase, el Jefe se levanta y abandona el salón.

¿Control de cambio?

Tercer acto. En el mismo salón del mismo palacete, los mismos contertulios de la vez anterior. Un oligarca, con marcado acento español, tiene la palabra.

-Señor: la situación nos ha obligado a solicitarle esta audiencia. El bolívar se desliza incontrolablemente. En una semana, habrá superado los cálculos más agoreros. El país se encamina a una crisis de incalculables dimensiones. Puede desatarse una hiperinflación, tenida cuenta de que 80 por ciento de los bienes y servicios del país son importados y del otro 20 por ciento, la mitad, si no más, son elaborados con insumos procedentes también del exterior. Tal cosa desharía lo andado en estos tres años. Podría repetirse un caracazo o, lo que es más grave, una situación anárquica similar a la argentina.

-Bien. ¿Qué recomiendan? –es la respuesta-.

-Proponemos que el Banco Central suministre a los bancos y grandes casas de cambio, a través de subastas, una cantidad prudencial de divisas y que éstos las vendan al resto del sector privado y a los particulares.

“¡Qué viveza! ¿No?” dice para sus adentros el Jefe, mientras calcula su respuesta, pero se mantiene impasible. “Una diferencia de 300 bolívares de promedio en la intermediación de 8 mil millones de dólares no es cualquier tontería. ¿Sabrían esto de antemano sus subalternos? De la mujer está casi seguro que no, pero el resto… Por eso, Fidel fusila. Pero, primero, hay que capear el temporal, le decía hace muchos años, un viejo almirante. ¿Qué habrá sido de él? Gustavo Tellería seguramente anda entre los institucionalistas”.

-Acepto la sugerencia. –es su respuesta-. No podemos permitir una debacle. Buenas tardes y gracias.

El Jefe se levanta y sale del salón, sin esperar respuesta. Los cuatro subalternos se encaran con los invitados. Uno de estos agarra del brazo al de barbita y lo conduce a un rincón.

-Esto va a conducir a un nuevo Recadi. Será un control de cambio solapado, en el que el Ejecutivo podría sugerirle al Banco Central a quienes venderles y a quienes no. Además, podría también exigirle a los bancos y a las casas de cambio un derecho de veto sobre posibles compradores finales. ¿Me entiendes, no?

Ante el silencio de su interlocutor, continúa:

-De ti, estoy seguro que no. Pero aquí se van a repartir cuantiosísimas comisiones. Si estalla el escándalo, será el fin. Además, la fuga de capitales no se detendrá mientras tu jefe no se vaya y la reactivación, si la hay, será escasa. Piénsalo.

Santiago Ochoa Antich es diplomático de carrera y periodista. Fue Embajador de Venezuela en Austria, Canadá, Jamaica, Paraguay, San Vicente y las Granadinas, El Salvador y Barbados.

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