Opinión Nacional

El objetivo perdido

La política económica chavista dice tener como objetivo el promover la propiedad colectiva y reemplazar el sistema capitalista por una nueva economía guiada por las empresas socialistas. Este gran plan sería, según sus autores, una guía de salvación futura para el planeta ante las consecuencias de la crisis mundial. No obstante, el día a día del socialismo chavista refleja problemas elementales que más que curiosidad intelectual por parte del resto del mundo, generan preguntas sobre que tan lejos se puede llegar en destruir la base económica de una nación, pretendiendo estar trabajando para los intereses del pueblo.

La inflación generada por la torpe política fiscal, monetaria y cambiaria de los últimos años, explicada en este y otros espacios, está generando toda clases de problemas predecibles: caída del poder adquisitivo del salario y empobrecimiento, desempleo, escases de productos a precios regulados, funcionarios públicos desmotivados por la caída de sus sueldos reales (destacan los casos de salud pública y seguridad ciudadana), contrabando de extracción, cierre de empresas que no pueden producir en un ambiente económico trastornado por medidas miopes y amenazas de expropiación.

El cubrir enormes subsidios en las ventas estatales de alimentos (respuesta al alza de precios) y las crecientes pérdidas de la gran mayoría de empresas públicas socialistas mediocremente manejadas, son las nuevas prioridades del desordenado gasto público, junto a una política monetaria subordinada a los planes para financiar el déficit fiscal y un régimen de control de cambios hundido en corrupción. Van a intentar encubrir, temporalmente, algunas de las consecuencias del brutal deterioro económico. Esta clase de tácticas políticas terminan por empobrecer más a los venezolanos y suelen justificarse (Chávez, Giordani y Alí Rodríguez) por razonamientos falaces de naturaleza ideológica. El gran objetivo socialista-chavista, como era previsible, se ahoga en incoherencia, corrupción y cinismo político. La racionalidad económica no es incompatible con la sensibilidad social. Nadie medianamente sensato puede estar satisfecho con las fallas de los sistemas económicos y políticos en nuestro tiempo, pero repetir graves errores no es el camino.

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