Opinión Nacional

El odio a la metrópoli

En nuestro artículo anterior planteábamos la hipótesis acerca del miedo a la metrópoli que marcó la gestión de los gobiernos democráticos venezolanos entre 1958 y 1998 y sus nefas-tas consecuencias sobre las ciudades, especialmente Caracas. Pero a partir de entonces, con el advenimiento de la plaga chavista, se ha producido un cambio cualitativo, pasando del miedo al odio. Esto no es una exclusividad de nuestro autoritarismo vernáculo: ya Claudio Magris se ha referido al ascenso de una nueva clase “prejuiciadamente hostil a la civilización citadina” en todos los episodios que durante años signaron la trágica historia de los Balcanes, imagen espe-cular de uno de los fenómenos más típicos de la ciudad, y todavía más de la metrópoli, como es la fuerte presencia de una clase intelectual abierta, librepensadora, cosmopolita y por ende antiautoritaria.

Decíamos entonces que el miedo a la metrópoli no fue óbice para que los gobiernos de-mocráticos ejecutaran obras de gran impacto urbano, entre las que destacan las relacionadas con el espacio público, el transporte masivo y, en los primeros años, la vivienda popular: se construyeron entonces los últimos tres parques metropolitanos de la ciudad, la segunda y hasta ahora última gran ciudad universitaria pública, dotada de espléndidos jardines, y espacios peato-nales de la significación del bulevar de Sabana Grande, además de lo fundamental del sistema Metro. A partir de 1999 la constante es no sólo el estancamiento sino incluso el retroceso: como no ha podido conquistar la universidad pública, la “revolución” se ha dedicado a crear sus propias y discutibles universidades pero embutiéndolas en viejos edificios construidos con otra finalidad; hace varios años el propio Presidente prometió la fácil tarea de convertir el aeropuerto de La Carlota en parque público y sacaron los aviones privados… para sustituirlos por los de la nomenklatura; más allá de lo estrictamente sanitario, el programa Barrio Adentro es una aberración arquitectónica y urbanística y una afrenta al ciudadano; aún liberado de buhoneros, el bulevar de Sabana Grande es hoy tierra yerma; inventaron un proyecto estrambótico que desvirtuaba el Parque del Este y lo convirtieron en un tierrero; Buscaracas, la pobre imitación del Transmilenio bogotano, es hoy una inútil herida abierta en el centro de la ciudad.

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