Opinión Nacional

El otro muro

El próximo 9 de Noviembre se cumplen 20 años de la caída del Muro de Berlín. Hecho histórico y con una profunda carga simbólica, que fue expresión en su momento, del agotamiento e inviabilidad del mundo comunista, y de un modelo político y económico erigido sobre la férrea dominación y represión del Estado soviético, y que enfrentado a su contraparte, los Estados Unidos, había separado al planeta en dos, erigiendo el muro que dividía también dolorosamente a Alemania.

Analistas, historiadores, filósofos y escritores desocupados del mundo occidental, abundaron en la tesis del triunfo del paradigma capitalista sobre el comunista, del libre mercado sobre el control y la planificación centralizada, en pleno avance de la dialéctica globalizadora y comunicacional, en la cual se insertaban, entre otras medidas premonitorias, las celebres perestroika y glasnot (reformas liberales en lo económico y político) aplicadas por Mijaíl Gorvachov en la U.R.S.S.

Sin embargo, mucha agua ha pasado bajo los puentes, y hoy sabemos, con la crisis financiera mundial como telón de fondo y un mundo mucho más integrado e interconectado (para lo bueno, y lo malo por igual) que no hubo un fin de la historia, como clamó el profesor Fukuyama. Se hizo patente, en todos los sucesos que fueron desmantelando la llamada Cortina de Hierro, un “descongelamiento” de la Guerra Fría, entablada por los liderazgos rusos y norteamericano, y al mismo tiempo, la imposibilidad de mantener el bloqueo y las restricciones al libre tránsito entre las dos Alemanias, y sobre todo una búsqueda incansable del pueblo alemán, y de todos aquellos sometidos a la férrea égida soviética, por la libertad.

Si algo define al proceso globalizatorio es justamente la relativización del poder. El poderío militar, tecnológico, el conocimiento científico, la salud de sistemas democráticos y la separación de poderes, la estabilidad y productividad económica, se conjugan con la posibilidad del hombre, del sujeto organizado en grupos diversos, con diversas finalidades, para influir en el espacio de lo público, para llamar la atención del Estado, y hacer llegar su mensaje y acción más allá de fronteras, límites geográficos y soberanías.

Con la caída del muro de Berlín, se evidenció no sólo las irreductibles raíces de una nación como una realidad no sólo geográfica sino histórica y cultural, y la vigencia de la búsqueda de la libertad, del respeto al individuo, a sus ideas y aspiraciones como un secular sueño del hombre, más allá de los particulares contextos sociohistóricos, económicos y culturales que plantearon (y siguen planteando hoy) el debate de visiones distintas del mundo, del trabajo, de la producción, de la política, y de la vida. Pero se puede afirmar, a estas horas, que en dichos planos o esferas de acción de los Estados y otros actores sociales, los consensos son mucho mayores y claros que hace 20 años.

Devenido en mero recuerdo, o acaso en pedazo fosilizado del fracaso comunista en la historia reciente, luego de dos décadas de derrumbado, hoy se erigen y construyen nuevos muros en muchas sociedades. Venezuela es una de ellas.

Murallas construidas de intolerancia, de totalitarismo y militarismo, con el cemento de la violencia institucionalizada contra todo aquel que piense distinto al poder “revolucionario”, con ladrillos de insensatez, ávidos por destruir la propiedad privada, la diversidad y reducir a su mínima expresión la libertad individual, y con ella, a la democracia como noción.

Se ha empeñado el poder emboinado, la obcecada dirigencia roja neoburguesa, en legislar el absurdo, en decretar una realidad ambicionada pero inviable, sazonada con una retórica efectista pero cada vez menos creíble que puede vencer en la coyuntura y con la fuerza coactiva de las armas, pero no convencer a las conciencias en el mediano ni largo plazo.

Esa pared, que está dividiendo a Venezuela, es construida no sólo por la élite de pensamiento jurásico que detenta el poder. Contribuyen a esa labor, sectores ciudadanos importantes cuya apatía, tranquilidad o pasividad, empapada de un miedo que ya se convierte en terror, son líquido vital para la mezcla que va preparando el actual gobierno para colocar cada nuevo ladrillo, cada nuevo bloque.

La pretensión oficial, en trance de desquiciamiento pseudosocialista, aspira eliminar el pensamiento distinto, la disidencia, la crítica, la denuncia, la inconformidad, la queja, el reclamo hacia una acción oficial corrupta, intolerante y esencialmente incapaz de gerenciar el país.

Aunque no lo veas, aunque no lo percibas, ni puedas avistar su sombra o su textura, y sigas tu cotidianidad despreocupada o tranquila, pensando que no todo es tan malo, y que se trata de una exageración, ten cuidado. Quizá en el momento menos pensado, en tu carro, en cualquier acera, o en la esquina de cualquier segundo de tus horas, te topes con él, y ya no puedas avanzar más. Silencioso, ahí está listo para impedir que sigas adelante. Es el otro muro.

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