Opinión Nacional

El pacto de ‘La Esmeralda’

La periodista Ludmila Vinogradoff concluía el artículo, publicado el 7 de marzo en El País, sobre el pacto de emergencia que la iglesia, la patronal y los sindicatos, firmaron contra Chávez, ¿contra quién más?, con un decálogo para la transición.

Es decir que esa “Santísima Trinidad” se está preparando para el día en que Chávez sea expulsado, ¿por quién?, del Palacio de Gobierno. No soy adivinador, quiromante, astrólogo, ni nada que se le parezca, pero puedo vaticinarles que su aplicación deberá ser pospuesta “sine die”.

A manera de “hors d’oeuvre” la periodista relata el “cacerolazo” del que fue objeto Hugo Chávez en un barrio popular, al ir a inaugurar una escuela Bolivariana. Lo que el lector español ignora es que Chávez no fue a ese barrio; por lo cual la periodista miente. Dicho barrio está enclavado en las cercanías de la urbanización Montalban de la Parroquia La Vega. Por lo cual la Casa Militar debía apostar agentes de seguridad en las azoteas de los edificios circunvecinos. Los habitantes de ellos les negaron el acceso. Y como Venezuela está postrada bajo la férrea dictadura del tirano Chávez, la Casa Militar anuló el acto y el tirano se abstuvo de ir a la zona. Lo que también la periodista silencia es que esos edificios forman parte del Complejo Residencial Juan Pablo II, que se levanta sobre el lugar en el cual el Papa celebró una misa ecuménica durante su primera visita a Venezuela.

Eran tiempos de Jaime Lusinchi. El complejo lo construyó el Centro Simón Bolívar y sus apartamentos asignados a amigos, parientes y comilitones de Acción Democrática o de Blanca Ibañez, secretaria privada y amante, por aquel entonces, del presidente Lusinchi. Aún recuerdo un artículo del ABC (artículo que en Venezuela circuló fotocopiado, puesto que el muy democrático Gobierno de Lusinchi confiscó el ejemplar que lo contenía) en el que se señalaba que el presidente de Venezuela, de visita oficial a España, había preferido “la parda” a El Pardo, refiriéndose a que Lusinchi desestimó El Pardo, para así poder alojarse en el hotel asignado a su querida; alegando que él como demócrata no podía alojarse en el lugar donde vivió Franco. Recuerdo a la Reina Doña Sofía recibiendo a la querida, como si de la esposa se tratase, lo que le costó el cargo al embajador de España en Venezuela, por no informar que el presidente venezolano no viajaba acompañado de su esposa. Recuerdo como hubo de anularse la condecoración con la que el Estado español la distinguió, no siendo otra que la Gran Cruz de Isabel la Católica.

Por ende. ¿Extraña un cacerolazo dado por gente beneficiada por uno de los partidos que el triunfo de Chávez sepultó “per secula seculorum”?
Y mientras el país, a decir de la periodista, se hunde en el marasmo, La “Santísima Trinidad” firmaba un pacto contra el tirano. Para presentarlo escogieron “La Esmeralda”, la más exclusiva y cara sala de festejos de Caracas; quienes les acompañaban no les hubiesen perdonado un acto de humildad. Y como de salvar a la patria se trataba, el acto tuvo una desmedida cobertura medíatica. Gracias a ella el país pudo comprobar, en vivo y en directo, que quienes acompañaban a la “Santísima Trinidad” eran los mismos que robaban cámara, y algo más, en tiempos del “ancient régime”. De no ser por algunas nuevas caras, hijos y sobrinos que han asumido el relevo, aquello se parecía como dos gotas de agua a un noticiero de televisión de épocas pretéritas. No asistieron los militares que recientemente se alzaron contra el tirano. Para compensar llevaron al general Guacaipuro Lameda, ex presidente de Petróleos de Venezuela, quien a decir de los presentes es muy bien visto por la administración Bush; a lo que ellos le dan gran importancia.

Y presentaron el pacto, los remito al decálogo con que se cierra el artículo.

¿Y qué decir de él? Solo esto. Mientras la “Santísima Trinidad” y su combo temblaban de gozo, sumisos mesoneros les servían sin osar verlos a los ojos. Y en las bandejas de bebidas y manjares que les presentaban estaban invertidos sus sueldos mensuales, o dos sueldos de los pinches de cocina que las preparaban y de los acomodadores de vehículos, que en el estacionamiento movían coches cuyo valor equivale a los sueldos que cualquiera de ellos devengarán durante los próximos 10 años.

Al finalizar el acto el pueblo, representado en los “valets parking”, esperaba que las bondades del pacto se materializaran en una buena propina. De los allí reunidos es lo único que el pueblo puede esperar.

El pacto sólo era entre ellos. Y el pueblo lo sabe.

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