Opinión Nacional

El padrino virtual

El padrinazgo es una institución muy antigua, que en la cristiandad suponía
la presentación del recién nacido en el sacramento del bautismo y creaba
unos nexos por vida entre el niño y sus padrinos, que se convertían por ese
hecho en una especie de “guardianes morales” del párvulo. Se estila
igualmente tener padrinos en otros sacramentos como la confirmación y el
matrimonio. Los deberes inherentes a esta institución solían tomarse muy en
serio en el pasado, y aún persisten con cierta fuerza en los países
católicos del sur de Europa y en América Latina, donde efectivamente crea
lazos importantes entre adultos, semejantes al parentesco (entre los
padrinos y los padres del niño bautizado, lo que llamamos un tanto
peyorativamente, el compadrazgo).

Por virtual entendemos lo que tiene virtud para producir un efecto, aunque
no lo produce de presente, en oposición a efectivo o real.

Por tanto el padrino virtual es la figura adecuada para designar al
personaje, remoto geográficamente de su ahijado virtual, pero que mediante
las modernas tecnologías (computación e Internet), puede comunicarse
instantáneamente y a un costo muy reducido con el ahijado, aunque no lo
conozca físicamente (de allí que la relación sea, al menos de inicio,
esencialmente virtual), y esto le permite tomar a su cargo la
responsabilidad moral de ayudarlo a desarrollarse intelectualmente y a
asumir su rol de buen ciudadano en la comunidad donde se desenvuelve, en esa
etapa formativa de la vida que es la adolescencia, en que todavía el “barro”
de que estamos hechos, permanece blando y moldeable -no se ha endurecido
todavía-, lo que le permite influir positivamente en complementar su
educación integral.

El componente que aporta el hogar, o sea la familia nuclear, en ese todo que
denominamos la educación del niño y del adolescente, que está integradao por
diversos elementos, del cual el más visible y manejable es éel de la
escuela, liceo y universidad, pues al venir a este mundo , no tenemos
capacidad de escogencia en cuanto se trata del nivel socio-económico dell
hogar (o carencia del mismo) donde nacemos, en que llegamos a este mundo,
es bien conocido, pero aceptado pasivamente como algolo que forma parte del
“destino de cada cual”.

Cuando un país se propone con una firme determinación de política de Estado
–tal como es el caso de Venezuela durante su reciente periodo democrático de
más cuatro décadas de duración-, masificar la educación, se presenta un
fenómeno social sin precedentes, en el que la nueva generación alfabetizada
y escolarizada da un salto cultural sin precedentes sobre la de sus
progenitores, y de pronto se le abren oportunidades negadas secularmente a
sus antecesores. Se trata nada más ni nada menos, que la condición sine qua
non para el progreso, el avance, el desarrollo, la mejora de la calidad de
la vida … en suma, la felicidad de los habitantes del país. La educación es
la única llave que nos abrirá esas puertas, y así lo comprendieron todos
nuestros gobiernos democráticos del pasado. Y, en cierta forma, se han
logrado impresionantes progresos en ese sector, al proporcionar igualdad de
oportunidades en el acceso a los diferentes niveles de la educación. Pero
al mismo tiempo, semejante salto, tiene su lado negativo. Por una parte –y
ello ha sido bien estudiado y comentado- se ha erosionado ostensiblemente la
calidad de la educación formal, a lo que han contribuido medidas
supuestamente temporales que como es bien sabido se hacen permanentes, tales
como las del medio tiempo de los horarios escolares, para dar cabida
mediante rotación diaria en las mismas instalaciones, al doble de la
población estudiantil, lo que ha ocasionado serios problemas sociales al
dejar durante la mitad del día laborable a niños y adolescentes fuera del
control de sus maestros y de sus padres (cuando trabajan fuera del hogar)
durante los horarios diurnos.

Por otra parte –y es sin duda la más importante- estos jóvenes, la primera
generación de ellos que ha logrado ese singular avance social y económico
que da la educación, el sistema formal en uso carece de un elemento esencial
para que esos conocimientos que se adquieren a diario en la escuela, el
liceo o la universidad, den los frutos que de ellos se espera, me refiero, a
lo que a falta de mejor vocabulario, podríamos llamar “el estímulo
intelectual” de la familia nuclear.

Dentro de ese universo de gente humilde (pobres y excluidos) que son mayoría
en Venezuela, mantener el respeto, consideración, admiración y amor filiales
hacia sus humildes y con frecuencia abnegados progenitores, que de alguna
manera han sacrificado sus intereses materiales inmediatos, por
proporcionarle una educación a los hijos, debe ser el norte de la brújula
educativa. Pero esta lealtad filial por más exaltada que sea, no podrá
suplir la carencia de preparación y formación intelectual de esos padres,
menos afortunados que sus hijos, pues nunca tuvieron la oportunidad que
ahora se brinda a sus descendientes.

En esta etapa de transición, en que se encuentra la mayor parte de la
población juvenil de Venezuela, que está acudiendo masivamente a escuelas,
liceos y universidades con ansias de superación, pero que carece en sus
hogares, en el seno de sus familias nucleares, de la posibilidad de ese
estímulo intelectual, que proporcionan el diálogo cotidiano entre padres e
hijos, el consejo oportuno (muchas veces preventivo frente a las tentaciones
de la inexperiencia y la ignorancia), la respuesta informada frente a la
insaciable curiosidad de los jóvenes, se impone concebir un mecanismo
vicariante que venga a suplir esa carencia estructural, lo que ocurre
masivamente en sociedades como la nuestra, a punto de dar ese gran salto
cultural que representa la escolaridad total de nuestra población joven.

Para apercibirnos de la gravedad de la situación deberíamos hacer un simple
ejercicio de meditar nuestro propio pasado y pensar por un momento, que
hubiese sido de nosotros (los hijos de la burguesía) si hubiésemos tenido
todas las oportunidades educativas de que hemos disfrutado, pero –como por
arte de magia-, se nos privase de esa influencia intelectual formativa de
nuestros progenitores y el entorno de la familia nuclear. ¿Seríamos acaso
los mismos, o tan sólo un remedo de lo que somos? Nos demos cuenta o no de
ello, somos el producto resultante de esa maravillosa alquimia simbiótica de
escolaridad formal más formación en los valores morales y del estímulo
intelectual recibido a diario –todos los días y a todas horas- en el seno de
nuestras familias.

Los países desarrollados superaron esta difícil etapa hace generaciones, e
incluso a sus habitantes les será difícil plantearse estas situaciones, que
exigen memoria histórica. Además fue algo que ocurrió gradualmente y esos
cambios de naturaleza paulatina no se detectan si no se buscan
deliberadamente. Igual sucede en las llamadas clases A y B de nuestra
sociedad, donde semejante preocupación no se plantea por ser inexistente.

Damos por sentado, como un hecho natural e irreversible e indiscutible que
los hijos de los profesionales están destinados a ir a las universidades …
el niño está marcado desde su nacimiento a ese su destino natural dentro de
la sociedad. Pero, ¿nos hemos acaso planteado con seriedad y con método, qué
pasa por la mente de estos muchachos y muchachas de origen humilde, hasta
ahora “excluidos”, que actualmente asisten a las escuelas, liceos y
universidades del país, cuyos padres jamás pasaron por el umbral de una
institución docente?

¿Cómo ayudar de manera efectiva a esos padres y madres para que la educación
que desean para sus hijos, tenga la doble vertiente de la escolaridad y la
del estímulo intelectual de la familia y no se vean privados del segundo
componente, cuya importancia no podemos soslayar?

Al tratar de responder esta pregunta, nos hemos dado cuenta de la formidable
oportunidad que representa la revolución de la información que estamos
viviendo en la actualidad, que nos brinda las herramientas necesarias para
actuar con un mecanismo vicariante (y hay que reconocer ab initio que
“vicariante” no puede llegar a tener nunca el papel atribuible al
“original”), para suplir, aunque sea parcialmente, esa carencia total o
relativa del estímulo intelectual que atribuimos a la familia.

¿Cómo suplir ese notable ausente? ¿Cómo aprovechar la revolución de la
información, con el computador e Internet, para llenar ese vacío estructural
existente, real, que limita y a veces obstaculiza permanentemente el cambio
social que perseguimos?

La estrategia que visualizamos es unir el potencial educativo del estilo
epistolar (bien reconocido y utilizado desde los tiempos antiguos en
diversos campos, como el religioso –las epístolas de san Pablo-, como en el
educativo –por ejemplo, en época más reciente, las cartas de Lord
Chesterfield a su hijo), con el correo electrónico (E-mail), instantáneo,
efectivo y gratuito (si disponemos de los equipos y la conexión).

De esa simbiosis de medios (epístola + correo electrónico) nace la idea de
un programa Padrinos/Ahijados Virtuales, del cual disponemos de una
modestísima experiencia en la comunidad rural La Marroquina en el Estado
Yaracuy, donde un grupo de adolescentes altamente motivados por actividades
conservacionistas, quienes inician sus estudios de educación superior y que
ya conocen el manejo de las computadoras e Internet, se han interesado en
vincularse epistolarmente con hombres y mujeres adultos, con diversas
experiencias, y con exquisita sensibilidad social, que a su vez han decidido
voluntariamente dedicar a uno de estos jóvenes algo así como media hora de
su tiempo, cada semana, para establecer este contacto epistolar, que
pretender ser ese mecanismo vicariante del estímulo intelectual de la
familia.

Si algo hemos podido comprobar es que no se trata de una tarea fácil, pues
de ninguna manera aspira a sustituir la influencia paterno/materna que debe
tener cada ahijado con sus respectivos progenitores, sino de complementarla
y apuntalarla en todo lo humanamente posible, ya que el éxito del programa,
en intentar lograr un mejor ciudadano, tiene que basarse siempre en la
unidad y armonía de la familia, como la institución básica y fundamental de
toda sociedad.

Se trata pues de un mecanismo complementario de los otros dos factores
básicos del proceso educativo, la escolaridad y la influencia de la familia
como la institución capaz de inculcar los valores esenciales del buen
ciudadano, y por lo tanto debe presentarse como tal, como un aliado de
maestros y padres, para ayudar a formar a ese hombre y mujer, integrante de
una sociedad que intenta progresar, avanzar, mejorar la calidad de vida de
todos sus componentes, a través de una educación integral.

Es presumible a todas luces que estos jóvenes estén ansiosos y curiosos de
establecer esta relación tan novedosa como prometedora que les brinda el
programa de Padrinos/Ahijados Virtuales, de modo que candidatos voluntarios
de este lado de la ecuación nunca faltarán.

En cambio encontrar los candidatos idóneos entre hombres y mujeres
venezolanos, adultos, formados y capaces, para que voluntaria y
gratuitamente den su tiempo y esfuerzo en beneficio de esta idea, lógica,
pero novedosa y por lo tanto insuficientemente probada en cuanto a su
potencial benéfico, no ha de resultar tarea fácil.

Podemos intuir empíricamente un efecto provechoso del programa en el
rendimiento escolar de cada estudiante participante, y en su comprensión de
lo que representan los valores éticos para el ciudadano integral en
formación, pero hay subproductos imaginables en lo que puede significar esta
influencia cultural sostenida para los padres, como beneficiarios
indirectos, y a través de ellos a la comunidad como un ente que agrupa a las
familias de toda una determinada comunidad, es un espiral de
contracorriente, cuyos efectos benéficos se expanden como una onda sonora.

Los deberes de los padrinos hacia los ahijados y los de los ahijados hacia
los padrinos, son exclusivamente de carácter moral, de mantener una
comunicación periódica (si posible semanal), fluida, sincera, informativa,
que le permita al ahijado beneficiarse de los conocimientos, experiencia y
de los valores éticos del padrino, que le inspire la confianza necesaria
para solicitar consejos, orientación y guía en la rutina de su vida diaria y
en las decisiones que seguramente habrá de tomar en ciertos momentos, para
que esas decisiones sean informadas, inteligentes y lógicas. Pensamos que
incluir en este programa obligaciones económicas de cualquier naturaleza, no
harían otra cosa que desvirtuarlo, pues introduciría un parámetro extraño a
su verdadera y fundamental naturaleza, que es de carácter esencialmente
moral. Estamos conscientes de que estos jóvenes adolescentes pertenecen a
los estratos más humildes y necesitados de la población, y que poner de lado
las carencias materiales que seguramente padecen, no las hace desaparecer,
pero para que el programa de PADRINOS VIRTUALES no pierda sus objetivos
esenciales es necesario que se concentre en el aspecto educativo propiamente
dicho.

Existe evidentemente una doble motivación, esencialmente emocional y
afectiva en este programa. Por parte del ahijado -un muchacho o muchacha
en alguna comunidad aislada en algún rincón del país- apercibirse y
constatar que de pronto aparece en su panorama un compatriota adulto,
formado, con experiencias vividas, que de propia voluntad ha decidido
“adoptarlo” como ahijado, y por lo tanto apartar parte de su valioso tiempo
para dedicárselo al ahijado, tomarlo en cuenta, leer lo que escribe y
relata, apercibirse de sus dudas, curiosidades e inquietudes. Es fácil
imaginar lo que pasa por la mente del adolescente, y la sensación de “ser
alguien”, de “ser tomado en cuenta”, de “disponer de un consejero informado
e interesado en su porvenir”. Es una influencia que “lo marcará
positivamente” por el resto de sus días.

La motivación del padrino también está igualmente cargada de componentes
emocionales, pues ha solicitado espontánea y deliberadamente esa
responsabilidad, y está comprometido moralmente a aconsejar, guiar y educar
al ahijado, dándose perfecta cuenta de que para lograrlo en forma efectiva
debe comenzar por reforzar las acciones positivas de la escuela y de la
familia, constituyéndose así –virtualmente- en la tercera pata del trípode
educativo del ahijado.

La FUNDACION COLEGIOS VIRTUALES ha acogido este programa de Padrinos
Virtuales como un experimento piloto que va a ser ensayado en varias
comunidades simultáneamente (en La Marroquina en el Estado Yaracuy y en Los
Millanes en el Estado Nueva Esparta, de comienzo). Se propone darle un
mínimo de estructura indispensable para su buen funcionamiento, y darle un
contenido moral pronunciado, tal vez a través de la oportuna colaboración de
una especie de “Capellán Virtual”, cuyas enseñanzas, cada vez que sean
requeridas, estén a la disposición de padrinos y ahijados por igual.

Mi modesta experiencia con el programa de talento venezolano en el exterior
(Programa TALVEN de la UNESCO, años 1995-1999) pone en evidencia que la
inmensa mayoría de nuestros compatriotas residentes en el extranjero están
no sólo atentos a lo que ocurre en nuestro país, sino dispuestos a colaborar
en aquellas iniciativas que merezcan su atención y simpatía, por los
objetivos de interés social que persiguen y por su viabilidad.

Pienso que entre ese universo, cercano tal vez a medio millón de venezolanos
emigrados del país, hay una inmensa “cantera” de potenciales padrinos, que
si constatan a su entera satisfacción de que existe un programa bien
estructurado, manejado de acuerdo con ciertas reglas elementales bien
concebidas, estarán dispuestos –y no sólo dispuestos, sino verdaderamente
entusiasmados- con dar esa media hora de su tiempo semanal, a esta hermosa
tarea de orientar, aconsejar y ayudar intelectualmente al “ahijado” o
“ahijada” que le toque por azar, poniendo en ello todo el interés, toda la
buena voluntad que ello requiere, con la seguridad de que un esfuerzo de
este tipo, destinado a optimizar el recurso humano de la generación de
relevo, es la contribución más importante que puedan hacer para ayudar a
construir una nación más justa, con fundadas esperanzas por un futuro mejor,
que es lo que todos queremos para nuestros hijos.

¿Qué contribución más directa, efectiva y generosa (en tiempo y esfuerzo, ya
que no se trata de dinero), pueden dar estos compatriotas, al desarrollo
del país? Esa experiencia, ganada en otras latitudes, ese reconocimiento a
su trabajo creativo, puede y debe encontrar una dimensión adicional, a
través de ese “ahijado” atento a sus enseñanzas, curioso ante la experiencia
vivida del “padrino” y deseoso de emularlo. ¿Puede concebirse una relación
intelectual más hermosa y productiva al mismo tiempo?

Soy de los que creen en que sin sueños e ilusiones la vida pierde su sentido
más positivo e interesante. Estas son ideas muy preliminares, pero estoy
convencido que tocarán la fibra sentimental y patriótica de muchísimos
venezolanos y venezolanas, que acudirán espontáneamente –como ya ha sucedido
en los casos de La Marroquina y Los Millanes- a solicitar ser incorporados
al programa, pues verán el él la oportunidad tanto tiempo buscada por
repagar al país su educación inicial y la manera de vincularse a su
problemática y a su desarrollo futuro.

No quiere ésto decir que no aspiremos a reclutar padrinos y madrinas entre
los venezolanos residentes en el país; todo lo contrario, queremos tan sólo
señalar la existencia de un componente adicional, al cual se le ha dado poca
importancia en el pasado, y que puede colaborar activamente en el programa.

Tiene además la ventaja de mantener en contacto a nuestros compatriotas
radicados en el exterior con las realidades del país, a través de una
relación emocionalmente genuina, auténtica, sincera y directa con nuestros
jóvenes, es decir con la generación de relevo, de la que depende en buen
grado nuestro futuro.

Por otra parte este programa, de tener la presumida aceptación entre esos
compatriotas que han tenido éxito en el exterior, tenderá a disipar el
descenso en nuestra auto-estima como país, fenómeno altamente negativo que
no debe apoderarse de nuestra juventud, al entender claramente que nuestro
destino está en nuestras manos y que colectivamente podemos ser efectivos en
construir el país que deseamos con nuestro propio esfuerzo, como lo
demuestra sin lugar a dudas el estudio racional de la historia.

Para consolidar el éxito del programa es necesario obtener la entusiasta y
activa colaboración de los padres y maestros de los ahijados. En la medida
que ellos constaten la benéfica influencia de los padrinos, sobre los
ahijados, y como esa nueva experiencia viene a rescatar los valores morales
y la autoridad de los mayores, se constituirá el trípode necesario para la
sustentación del programa.

Resumiendo, se trata de un esquema simple, que a un costo muy reducido puede
galvanizar el entusiasmo de la generación de jóvenes que está en su fase
formativa, utilizando las inmensas reservas de conocimiento, experiencia y
patriotismo de adultos venezolanos, dentro y fuera del país, dispuestos a
utilizar los medios tecnológicos modernos, en ayudar a formarse
intelectualmente a nuestros adolescentes.

Estimo que bien vale la pena intentarlo y que los méritos del programa
podrán ser evaluados y establecidos a muy corto plazo. La colaboración de
experimentados educadores y pedagogos para monitorear y evaluar el programa
es un requisito inicial e indispensable. Si todo marcha como esperamos, es
hasta posible que estemos dando un ejemplo a nivel mundial de cómo
perfeccionar la educación en los países en vías de desarrollo.

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