Opinión Nacional

El país lo execra

Las reflexiones  que se formalizarán en este texto, surgieron de un intenso diálogo con el profesor Gilmer Peña, su señora, Ivonne, sus invitados, la profesora Ann Mary Vorwand,  y yo mismo, mientras se  recibía las esmeradas atenciones de ese hogar, Peña-Uzcátegui, en donde se ha dado respuestas a grandes interrogantes y  solución a variados problemas, lo cual se hizo porque se ha sabido combinar la racionalidad mas transparente con el amor mas puro. Y quizá sea ese el equilibrio alimentado de sabiduría. Ni una palabra se perdía, tal como si se asumiese el código  de Goethe,  de una palabra no se puede quitar ni una J. Fueron muchas lecciones, la conducta humana en diversas situaciones, circunstancias, el país y los grandes problemas  de los hijos, no como los hijos problema ni sus problemas, sino, fundamentalmente  aquellos que se generan cuando al crecer demandan ir a su propio encuentro, serse: ser y hacerse y ser libres.

            La atmósfera de esa casa, límpida, como agua fresca, arrullo de montañas donde cohabitan poemas y teoremas, hacía imposible que distrajésemos energías en discurrir sobre el país, sus crisis, en términos de lo aparente y en lenguaje que se adecúe a ello y que de una u otra manera subsume la razón en la violencia y somete por miedo el corazón.  Sí abrimos el telón para ver el mundo tal como está  y el país qué  lugar ocupa en él. Vimos a nuestro país fuera de él, así lo vimos. Quizá la primera conclusión del consenso. Y el mundo tal como es, en donde cohabitan los riesgos del terrorismo, tanto como el que se ejerce con la excusa de liberarse de la opresión, en nombre de la libertad,  cuanto el que se emplea con la intensidad no menor para combatirlo y por la libertad.  Son los problemas propios de la relativización de la  ética, observó profesora Ann.  Del mismo modo,  el mundo del espíritu, campo y objeto fue de la tertulia. Hoy, a esta altura, es imprescindible resolver los crímenes que en nombre  de una religión o sectas fundamentalistas se comenten contra la mujer. Los derechos humanos, los derechos del niño, los derechos de la mujer,  que  deben ser universales, sin excepción, y las aberraciones que contravienen  esos derechos, que necesariamente tienen  que ser echadas de raíz.  Sin cerrar los ojos a la verdad y sin miedo a ella se consentía en que, a pesar de la magnitud de esos los males, hay en el mundo un proceso renovador que tiene en los medios, la informática,  internet, las redes, vías  de aproximación tan poderosos  que  el mundo se va quedando sin  fronteras o,  cuando menos,  reduciéndolas a expresiones que aun significativas, tienden a desvanecerse por el peso del conocimiento, de la verdad que a diario  se manosea y se verifica como cierta, siendo el verificador, el mismo a quien llega la noticia.

Pues bien, en ese mundo como en el mundo de siempre ha estado siempre el hombre con sus mundos de contradicciones, de fe, de esperanzas, de decepciones, de amores y dolores, de fracasos y triunfos. La palabra de Gilmer, sabia, pulcra, precisa,  reivindicaba el poder del hombre, dado el poder que en él alcanza la vida de lo trascendente. En cada ser, en su inmanencia que lo define tal cual es, explicaba, vive y se hace en él y con él lo trascendente. No son pues, casuales, ni espejismos ni ficciones  los encuentros del hombre consigo mismo porque se ha abierto al reconocimiento de lo otro que también existe, y que yo, por no recordar con exactitud sus palabras, pudiera  simplificar, ojalá sin dañar su pensamiento,  lo espiritual, atemporal, sin espacios, juega un papel fundamental en la conducta del ser social y de la historia.  Y hacía referencias a los avances de la física, en la teoría cuántica, los problemas y aperturas de la historia del tiempo o a los inmensos alcances de la biología. Todo ello, creí entender,  es simplemente la comprobación de lo incompleto  de nuestros conocimientos y de lo complejo de la propia naturaleza,  ahora como inframundo aun no descubierto en el mundo pequeño que hoy somos y en el mundo gigante  de fronteras abiertas en crecimiento del cual formamos parte.  Esta nueva manera de ser y ver al mundo, de estar en él y de cuidarlo para permanecer en él es lo nuevo de estos tiempos en los países donde la ciencia, el arte, el pensamiento abiertos son con la ética como su orientación,  a pesar de sus contracciones, en fin son el signo de esta era. Son los pisos del  tiempo que vendrá, que será un  tiempo nuevo al que solo por la intuición y los medios de la  ciencia en aparente ficción podemos ver mejor.  Y quizá una referencia breve al país nuestro para decir, concluir, se observaba, cuan lejos estamos de todo esto.  Aquí el conflicto se presenta entre egoísmos, allá sin  desconocer sus yerros, el egoísmo va dando poso al nosotros y en  ese nosotros se incluye  a la propia naturaleza no humana. Las nuevas relaciones en los procesos de producción son tan positivamente complejos, tanto que el trabajador no es mas un ser que tiene en su fuerza de trabajo su  valor, sino que  en el individuo, según sea su capacidad, su inteligencia, su sapiencia, está el vector sobre el cual se articulan los procesos de desarrollo científico y tecnológico y este devenir es el que tiene las riendas de lo que, con  perdón  de los críticos, mas para  visualizar mejor que por rigor científico, podemos llamar, desarrollo. Una revolución del igualitarismo es ahistórica.  La revolución mundial que está en marcha tiene en el hombre, en el individuo su verdadero centro, cosa es que se crezca con la consciencia abierta para saber que somos útiles pero que es nuestro conocer y hacer  incompletos, y que necesitamos del otro, que siendo tan diferentes como somos, en esas diferencias está la grandeza de lo posible que entre todos harán y se está haciendo.

            Ivonne encontraba en la literaturas grandes respuestas, quizá, me  arriesgo a no traducir la belleza de  su pensamiento,  pero sí la fidelidad debida a  las ideas,   asentía Ann, y como un  espléndido dúo, en  el arte, afirmaban, encuentra la vida sus respuestas, en la palabra estamos todos,  en el arte cabemos todos, reforzaban el diálogo y con suma  cautela  brindábamos con un buen vino, inevitable como transubstanciación  y hacer verdad y posible los hechos, in vino veritas, cuando es poco el vino y la verdad espléndida. Arte  es todo  cuanto bello y bueno hacemos,  sin importar  si con ello ganamos altos premios o sencillamente ganamos  la alegría y la grandeza que demandan los ojos, que requieren los besos,  que perfuman la vida, que engrandecen los sueños y  verdad quedan hechos en todos los encuentros que con nosotros mismos nos depara la conversa entre el arte y nosotros.

            Este inmenso proemio sirvió de marco para entender mejor quizá lo que todos queríamos saber.  Algo más del mundo de nuestros hijos. Tenemos miedo de cuanto pasa a nuestros hijos. Ann tiembla ante el futuro, y ve el futuro  lejos no en el tiempo más bien en el espacio, reclama  para sus hijos otros suelos donde puedan volar libres de riesgos.  En el tiempo y en espacio nuestro la vida misma les queda demasiado lejos. El miedo que tanto pesa para no vivir y la exclusión que pareja va de ello.  Y el universo de terror que  rodea a cada ser que  no sabemos si lo veremos de regreso.  Y, miedos y más miedos y uno que llevamos por dentro, la angustia cuando el hijo se va, se marcha lejos porque  el horizonte de la casa queda apenas a pocos pasos en el suelo.  Es cosa de nosotros los padres, creo escuchar a Gilmer. Nuestra formación nos impide asumir la ausencia necesaria de los hijos que, para hacerse, tienen  que hacer lo que hicimos ayer. Irse de nosotros, los padres, sin perdernos, pero es la úrica manera  que ellos tienen para poder ser ellos.  Unidos fuimos  por el ombligo a nuestras madres. Unidos estuvimos los hijos  al calor del padre que vivimos como el Ángel protector de todos. Unidos  en la leche y lo amores, los aciertos y si sufrimientos hubo, siempre fueron nuestros la dicha, el juego, el poema, el beso, mientras  de los padres, tantas veces  pesaba el sufrimiento. En el  miedo a la libertad del hijo,  en ese detalle, puede estar uno de los más graves errores nuestros. Y lo más grave, la pérdida del hijo. La verdad podemos dosificarla pero  no ocultarla, porque la vida es  todo eso: alegrías, sinsabores. Dulzura y amarguras. Tristuras y dulzuras.  Y Gilmer  profundizó con datos sus ejemplos. Los hijos  necesitan irse, volar, para ser ellos. Lo hizo cada uno de nosotros, como en el bíblico mandato, dejamos a los padres, los suelos,  todo tras la mujer que amamos o el hombre que cautivó los sueños  de nuestras madres. Y qué grande y bueno que ocurriera eso.  Y  nos fuimos como ayer todos siempre se fueron quienes, desde siempre, nos precedieron. Tampoco supimos de la muerte, que  Dios, la vida, la tragedia humana o el camino, según  las reglas de nuestras religiones  impusieron como fin del hombre, de la vida, o el comienzo del definitivo encuentro con Dios, según nuestros actos.  Por no estar preparados para ello, no comprendemos que los muertos nos dejan su memoria,  buena y hermosa si  sus actos buenos fueron,  duros si deficientes fueron o,  lo que es común también, míticas, cuando nada dejaron y queremos hacer del viajero un símbolo ético, intachable, perfecto según  queremos que fuese aun no siéndolo.  Son las cosas indescifrables del mentir, pero que a veces nos da felicidad nuestro propio engaño.

            La tertulia, el diálogo tomaban el calor y el color del verbo. Hay un hecho grave en esos tiempos. Ocurre que  nuestros hijos se van y otros se fueron y muchos quieren irse, no porque la violencia, la inseguridad más limitadamente dicho,  que  cubre cada esquina, se haya apoderado de nosotros y  el terror  sea parte de nuestra existir cotidiano.  Ni siquiera, algo tan grave como la exclusión de la cual son  victima los cerebros que piensan y la dignidad atropellada, que es esencia del ser libre.  Algo peor, mucho peor que eso, decía Gilmer, sencillamente que no tienen espacio para el trabajo y la creación. Espacio adecuado para ser ellos.  El bajo nivel científico y tecnológico impide el ejercicio de profesiones que  son las que sustentan  el desarrollo avanzado de las economías, de las  tecnologías,  de la ciencia… para usar una imagen que grafica, ilustraba Gilmer,  nuestro país se mueve  por carrozas tiradas por bueyes y, lo peor, que las carrozas van delante de los caballos o lo los bueyes.  Los países  de punta van en trenes  que, en breve, alcanzarán velocidades inimaginables, mucho mayores que la de los aviones conocidos, mientras que en nuestro país,  cada quien anda en un burrito sabanero y ni así se puede llegar a Belén, los jinetes devoran  el pienso pero no piensan. En, fin, afirmaba Gilmer,  no son vendepatrias, ni escuálidos, nada de eso, son jóvenes a quienes la patria execra porque no hay espacio para ellos.  Naturalmente, observaba Gilmer,  ha de añadirse la situación dura de esos jóvenes. Por necesidad han de irse, pero ello pudiera no  superar la nostalgia de la patria que sueñan, porque de verdades llenaron sus almas los  padres, los abuelos. En este hecho, está  la condena de tantos jóvenes que se van no huyendo, ni razones políticas los echan, se van execrados, tras la búsqueda de un espacio humano, donde puedan ser ellos, encontrarse con ellos y donde pueden en libertad crecer, sin  las sospechas de ser extranjero, porque los únicos extranjeros  del mundo que vendrá y está llegando antes de tiempo, son los ignorantes, los analfabetas y de ellos  se alimentará la demagogia, la manipulación, los negociones que  tienen en el engaño un medio eficaz para alimentar sus fines,  que hace de las promesas falsas su modus vivendi y de pervivir.

            Y  he aquí entonces, un lugar común, admitimos que ese estilo responde a un proyecto político que  no tiene ni ligeras nociones de que el mundo existe, tal como es y será por  largo tiempo.  Hay que luchar para derrotar ese aberrante esquema  y por tanto que se asuma y se entienda que se trata, entonces, de proponer y ejecutar  un modelo  idóneo que conjugue en armonía la ciencia,  la tecnología, la gerencia de calidad, con el compromiso  social y para ello el Estado, tiene que dejar de ser opresor, tirano omnímodo, dueño de todo, incluida la verdad,   y dejar que la sociedad, el individuo, asuma la dinámica histórica de un modelo económico, social,  que  reconozca al individuo,  la particularidad de cada empresa y éstas reconozcan su responsabilidad humana,  no como dádivas, limosnas, sino como una alternativa  que conlleve y ejecute  un modelo educativo sobrio, pero del mas alto nivel  artístico, académico y práctico. Cuanto ocurre en el país es contrario a esto, es contrario a la razón y es enemigo dela arte. Es, en definitiva, la negación del hombre, del ciudadano libre y del ser solidario consciente. La solidaridad es consciente o no es solidaridad.  A quienes como padres nos ha tocado ver a nuestros hijos execrados dado el atraso y lo francamente perverso del modelo, nos toca una tarea nueva, desconocida en nuestros tiempos, que a pesar de sus debilidades, fallas, tenía la legitimidad de los sueños, porque era posible alcanzar sus verdades, y aun con errores no perdimos el tiempo, la patria  era incompleta pero  en ella podíamos vivir, cantar, soñar, amar, amar. Pues bien, nos toca el arrullo distante,  repetir con Conny Méndez, que es tiempo de arrullar a los hijos, niños de esos nuevos espacios, con el Himno Nacional, cuya vigencia moral vaya y viva con ellos.

PS. Nos despedimos. La tristura de la ausencia pega. La esperanza de la vuelta alegra.  Me grabé una expresión que por su textura de hiel no quise conformase el texto. Muchos hijos de los revolucionarios de estos maldicientes del capitalismo están en los mejores colegios del imperio. No envidio eso ni sus éxitos, solo que la dura verdad de los hechos me  obliga a inferir que esos seres, magnates del proceso, saben mejor que nadie, que aquí, en este tiempo y este espacio, sus propios hijos no tienen ni espacio y no les queda tiempo. Ann entonaba una Lied de Brahms, sobre el destino.

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