Opinión Nacional

El premio y los castigos

Mientras el oficialismo se entretiene concediéndole un premio póstumo de periodismo al ex-presidente Chávez, el conjunto del país extrema sus padecimientos por el legado-castigo que éste dejó, y que su sucesor se esmera en agravar.

Cierto que el anterior mandatario era un comunicador diestro y habilidoso. Tan así que a punta de esas habilidades lograba distorsionar la realidad para que lo bueno pareciera malo y sobre todo al revés. Pero también lo es que el tipo de “periodismo” que fomentaba y alababa en los medios gubernativos era el periodismo de albañal. Y no hay que cortarse con una hojilla para saberlo.

Como también se sabe que el periodismo independiente siempre fue considerado como una amenaza al poder hegemónico, y bastante se buscó someterlo, censurarlo o simplemente silenciarlo, como el caso de RCTV. Afán que ha continuado en los tiempos sucesorios, sólo que ahora también se busca comprarlo.

Pero premios aparte, lo que realmente hace daño son los castigos. El castigo político, el castigo económico, el castigo social y el castigo ético-cultural de estos años de satrapía roja. Sin solución de continuidad, por cierto, entre Chávez y Maduro. Todos los males de la historia se han potenciado y los bienes se han debilitado o simplemente destruido.

De allí que a estas alturas del siglo XXI, la crisis que nos castiga haya superado las facetas convencionales para convertirse en una crisis existencial: lo que está en grave riesgo es la existencia misma de Venezuela como un país capaz de ofrecer un futuro humano a su población.

Se tiene el barril de petróleo por encima de los 100 dólares, y la economía va por un despeñadero, la violencia criminal se asemeja a un volcán, y la política parece un desierto, acaso con algunos oasis que esperemos no sean espejismos.

Y desde el Estado no sólo no se producen respuestas que más o menos tengan algo de razonable para enfrentar la crisis existencial, sino que se insiste en la palabrería hueca, el delirio ideológico y el latrocinio masivo que tanto ha castigado y castiga a la nación venezolana.

Y para añadir insulto –no sólo a la herida, sino al castigo, ciertos voceros oficiales empiezan a repetir que los “problemas circunstanciales” que se están presentando, se deben al efecto negativo provocado por el fallecimiento de Chávez… Pero no es así, porque la crisis existencial fue conformada, extendida y profundizada en la vida gubernativa del siglo XXI.

Los premios que concede la satrapía son ligeros de valor, para decir lo menos. Pero los castigos que inflige a la sociedad venezolana no son ligeros sino agobiantes. Y no hay justificación posible dado el contexto petrolero internacional tan favorable, y dadas las tendencias regionales de desarrollo, igualmente auspiciosas.

Y así como no hay peor castigo que el continuismo del presente, el mayor premio al que pueden aspirar los venezolanos es la superación de la satrapía.

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