Opinión Nacional

El primer Papa

El lunes 18 de abril comienza en Roma el cónclave que elegirá al sucesor de Juan Pablo II. Durante la semana del 11 de abril, cada reunión de los cardenales electores fue decisiva para preparar la votación. De estos conciliábulos e intercambios informales deberá salir claro el perfil que tendrá el futuro pontífice de la Iglesia católica a quien se acostumbra llamar el sucesor de san Pedro. Quienes hayan visitado la ciudad del Vaticano recordarán la inscripción en redondo que recuerda las palabras que, según el evangelista Mateo, dirigiera Jesús al que sería considerado luego el líder de sus discípulos : «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18).

Jesús después de Jesús

Digámoslo de entrada : Jesús no fundó la iglesia (ni la católica ni ninguna otra) ni puso en marcha ningún dispositivo institucional de organización para sus seguidores. Jesús fue un judío, ferviente observante en su fe, cuyo único horizonte fue Israel y no más allá. Jamás pretendió establecer un cisma dentro del judaísmo sino que fue el representante de uno de los muchos «judaísmos» que existieron durante la turbulenta época que le tocó vivir (tal como Juan el bautista representó otra corriente de la cual, según el consenso de los especialistas actuales, Jesús parece haber sido seguidor hasta separarse y fundar su propio movimiento mesiánico).

Jesús estaba tan persuadido de la inminencia de la llegada del Reino de Dios, y que éste se manifestaría estando vivo él aún, que nunca pensó en organizar lo que pudiera llamarse una sucesión. La pregunta sobre este delicado asunto se planteó luego de la muerte inesperada, y atroz, que sufrió el mismo Jesús, un hecho que tomó a sus discípulos completamente desprevenidos.

Hablar de «cristianismo» para describir lo que ocurrió en estos primeros tiempos que siguieron a la desaparición física del Maestro es incluso anacrónico (el término «cristiano» aparecerá por primera vez en Antioquía, fuera de las fronteras de Israel). La fe en Jesús, al principio, se proclamó como el cumplimiento de todas las profecías que anunciaban la llegada del Mesías esperado por los judíos y fueron éstos los primeros destinatarios de la predicación de los apóstoles, discípulos y seguidores de Jesús. Es impensable que, al inicio, lo que luego se llamó «fe cristiana», cuyo primer artículo de fe era que “Jesús es el Mesías”, se predicase a los no judíos. La palabra «Mesías» (« christós » en griego, que significa, entre otras cosas, «ungido») no tenía resonancia alguna para los paganos. La llegada del Mesías era una esperanza judía, y para los judíos. Jesús mismo se lo hizo saber así a la mujer cananea (Mateo 15, 21-28).

¿Cómo se propagó el mensaje de Jesús en aquellos días, si vemos lo que el cristianismo llegó a ser luego? Es difícil saberlo, por carecer de documentación escrita suficientemente abundante sobre esta primera época. En virtud de lo mencionado antes acerca de los destinatarios, y de lo que sí se transparenta en los escritos que poseemos, especialmente en el libro de los Hechos de los Apóstoles, única fuente del Nuevo Testamento (NT) que describe los primeros años de vida de las primigenias comunidades creyentes en Jesús, podemos afirmar que el lugar de proclamación y propagación natural de la fe en Jesús fueron las sinagogas, dentro y fuera de Israel. Estas comunidades o asambleas (muchas de las cuales, fuera de Israel, no hablan arameo ni hebreo, sino griego), en ocasiones se reunían en casa de algunos de los miembros. Tales reuniones comenzaron a ser llamadas “ecclesias”. “Ecclesia” es una palabra griega que sirve para designar una reunión o asamblea de personas con un objetivo común, religioso o no. No tenía en su origen el sentido institucional que cobrarían luego los distintos derivados como “Ecclesia” en latín, “Eglise” en francés o “Iglesia” en español. El término, sin embargo, evolucionó de manera veloz en un sentido más amplio como lo demuestra el uso que hace san Pablo en sus epístolas, los textos más antiguos del NT, escritos hacia el año 50 DC.

El grave problema de la sucesión
La muerte de Jesús fue el fin de las esperanzas de los discípulos en la restauración del reino de Dios tan esperado (que para ellos se identificaba con la restauración del reino de Israel). Será la resurrección lo que les permitirá superar ese trauma, y es lo que será el motivo para su reagrupamiento. Ahora bien, ¿quién asumió el liderazgo del grupo? ¿Cómo se organizaron? El evangelio de Mateo (y sólo él) aboga por Pedro como el lider designado por el mismo Jesús. Sin embargo, en los Hechos de los Apóstoles vemos que los acontecimientos parecen desarrollarse de manera completamente distinta:

“Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos». (Hechos 1, 14).

La familia de Jesús, que parece haber sido ignorada por los evangelios (incluso puesta en oposición directa a Jesús), pasaba ahora a ocupar un lugar predominante y central. Ciertamente, el liderazgo de Pedro es claro en estos primeros años como lo atestiguan los pasajes iniciales de los Hechos de los Apóstoles. Pero a medida que se avanza en la lectura y los acontecimientos describen la dinámica de esos primeros años, la familia directa de Jesús parece tomar las riendas de la sucesión. María ocupa un lugar destacado en medio de los Doce, pero el familiar especialmente destacado es la persona de Santiago, a quien san Pablo llama, en la epístola a los Gálatas, «el hermano del Señor».

El nombre castellano «Santiago» proviene del nombre hebreo «Jacob», transcrito al griego como «Yagou», al cual se le antecedió el título «santo». «Santiago» quiere decir, entonces, «san Jacobo», que en castellano se convirtió en nombre propio (no así en otras lenguas en las cuales « Jacob » sufrió diferentes transformaciones: James, en inglés ; Jacques en francés ; Giácomo en italiano).

Pareciera que esta primera comunidad se mantenía unida gracias a la presencia de los parientes de Jesús (volveremos sobre este punto más adelante). En otras palabras, no hay tensión (o no parece haberla al inicio) entre discípulos y familiares. La experiencia histórica de otras religiones, e incluso de corrientes de pensamiento no religiosas, nos indica que es normal que, al morir un líder importante, tanto sus seguidores como sus familiares directos son los mensajeros inmediatos, encargados de proseguir su obra y propagar su mensaje. Ocurrió con Mahoma y el Islam, y también con José Smith y los mormones.

Un Hijo problemático en una familia numerosa

La concepción teológica acerca de la Filiación divina de Jesús (Hijo UNICO de Dios) se llevó al plano biológico: Jesús no tuvo hermanos porque María permaneció siendo Virgen hasta el final de sus días.

Sin embargo, en el evangelio de Marcos leemos:

“Vinieron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, enviaron a llamarlo. Y estaba sentada a su alrededor una muchedumbre, y le dicen: —Mira, tu madre, tus hermanos y tus hermanas te buscan fuera. Y, en respuesta, les dice: —¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dice: —Éstos son mi madre y mis hermanos: quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Marcos 3, 31-35).

Y he aquí que llegamos a uno de los puntos más controvertidos en lo que ha sido la doctrina tradicional de la Iglesia católica respecto a María, la madre de Jesús: ¿quiénes son esos hermanos y hermanas de los que hablan los evangelios con prístino lenguaje?

La doctrina de la virginidad perpetua de María (un tema muy amplio y que requeriría de un ensayo completamente aparte y que, por lo tanto, sólo voy a mencionar de manera tangencial) se formó durante los siglos IV y V de nuestra era, principalmente a través de las enseñanzas de san Ambrosio y, sobre todo, de su discípulo estelar, san Agustín, quien desarrollaría la doctrina, que luego se convirtió en dogma en la Iglesia católica, del pecado original, una condición extraña de pecado que alcanza a todos y cada uno de los seres humanos, un pecado singular ya que no depende de la voluntad de la persona como en el caso de todos los otros pecados, sino que se recibe al nacer, como si fuese una enfermedad transmisible genéticamente y que sólo se borra con el bautismo. San Agustín fue, ciertamente, el principal responsable de la visión extremadamente negativa que cayó sobre la sexualidad bajo la concepción eclesial de la vida humana.

María no solamente había concebido a Jesús de manera milagrosa sin intervención humana, tal como lo relatan Mateo y Lucas (Marcos, un evangelio escrito años antes de aquellos dos parece gnorar completamente tal hecho, lo mismo que Pablo, cuyas epístolas son los textos más antiguos del Nuevo Testamento), había decidido permanecer virgen por el resto de su vida. Más aún, el catolicismo desarrollará, además, la idea de que María, en vistas de su futura maternidad divina, había sido preservada por Dios de la mancha del pecado original en el momento mismo de su concepción (un regalo único por parte de Dios), lo que dio origen al poco comprendido dogma de la Inmaculada Concepción, dogma que no fue aprobado por la Iglesia que apenas en el siglo XIX y en medio de muchas discusiones y posiciones en contra (nada menos que santo Tomás de Aquino estuvo siempre en desacuerdo con esa doctrina).

Sin embargo, la realidad cruda de los textos del NT nos presenta una visión muy distinta. En el capítulo 6 de Marcos leemos:

“[Jesús] salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados: -¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? Y se escandalizaban de él” (Marcos 6, 1-6).

Así pues, gracias a Marcos, sabemos no solamente que Jesús sí tuvo hermanos y hermanas sino que incluso conocemos sus nombres. Y estos nombre reflejan una familia, al parecer, muy patriota: Santiago (Jacob), quien fue uno de los patriarcas mayores de Israel, de quien desciende toda la nación judía; José, el más destacado de los hijos de Jacob, quien llegó a ser Vice Faraón en Egipto; Judá y Slmón, nombres de dos de los hermanos Macabeos, que habían liderado la rebelión contra Antíoco; Jesús mismo (cuyo nombre en hebreo es el mismo de Josué, quien fue el encargado por Moisés de conquistar la tierra prometida).

Evidentemente, los teólogos católicos se enfrascaron entonces en tratar de explicar lo inexplicable. Si María había permanecido virgen toda su vida, ¿quiénes eran estos hermanos y hermanas de Jesús? La explicación tradicional por muchos años la aportó un texto apócrifo denominado “La natividad de María”, también conocido como “Protoevangelio de Santiago”. En él se relata que José era ya viudo cuando desposó a María y que tenía hijos de un primer matrimonio. Los hermanos mencionados en Marcos serían, pues, medio hermanos. Aunque en la Iglesia católica la posición oficial nunca fue ésa, tal explicación se vio reflejada en la iconografía de san José a quien se le representa siempre como un anciano.

En aras de la brevedad voy a limitarme a resumir la posición actual en la Iglesia católica sobre este punto: la palabra “hermano”, en arameo, la lengua que hablaba Jesús, tiene no solamente el significado de “hermano carnal” (mismo padre, misma madre) sino también de “primo” (hijo de un hermano o hermana del padre o de la madre). Desafortunadamente, esta explicación, que es la encontramos en casi todos los manuales y textos piadosos, no se tiene en pie frente a una dificultad formidable de superar, y que es de orden también lingüístico: los evangelios fueron escritos en griego, no en arameo (aunque se sabe que algunos de sus redactores originales eran judíos de origen, como el redactor de Mateo, y conocían seguramente de manera fluida ambas lenguas). La palabra que se usa en el texto original del evangelio para “hermano” es “adelphós”, que designa el “hermano carnal” que hemos mencionado antes (mismo padre, misma madre). Si el autor hubiese querido decir “primo” habría utilizado la palabra griega correspondiente: “anepsiós”. Hasta el día de hoy jamás se ha encontrado una sola copia de ningún evangelio en ninguna lengua semítica.

La importancia de Santiago en la Iglesia primitiva

Otro dato, mucho más difícil de rebatir, es el que aparece en los textos más antiguos del Nuevo Testamento, las epístolas de san Pablo, como ya lo mencionamos, escritas alrededor del año 50, y por tanto, muy cercanas a los acontecimientos y a los personajes que convivieron con Jesús. En el capítulo 1 de la epístola a los Gálatas se lee:

“Tres años después, subí a Jerusalén para ver a Cefas [Pedro], y permanecí a su lado quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, excepto a Santiago, el hermano del Señor” (Gálatas 1, 18-19).

En este caso, san Pablo, cuyas epístolas están originalmente escritas en griego, utiliza la misma palabra, “adelphós”, para referirse a Santiago. Más aún: Santiago es uno de los destinatarios de las epifanías (manifestaciones) de Jesús Resucitado, como lo menciona san Pablo en la primera carta a los Corintios, en lo que puede llamarse el credo de Pablo:

“Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; fue sepultado, resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y se apareció a Cefas [Pedro], y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después se le apareció a Santiago; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un aborto, se me apareció también a mí” (1 Corintios 15, 3-8).

En los Hechos de los Apóstoles Santiago parece tener una importancia fundamental por encima de los otros parientes de Jesús. Lucas no precisa con detalles su identidad, pero hay consenso entre los especialistas que se trata del mismo Santiago, a quien san Pablo llama el hermano del Señor. Leemos:

“Pero él [Pedro], haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel. Y dijo: Haced saber esto a Santiago y a los hermanos. Y salió, y se fue a otro lugar” (Hechos 12, 17).

Entonces toda la multitud calló, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles. Y cuando ellos callaron, Santiago respondió diciendo: Varones hermanos, oídme” (Hechos 15, 12-13).

Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Santiago, y se hallaban reunidos todos los ancianos; a los cuales, después de haberles saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio” (Hechos 21, 17-19).

Durante el pasaje conocido (extemporáneamente) como “Concilio de Jerusalén”, es Santiago quien preside la reunión y toma la decisión final (Hechos 15, 6-29). La última mención a Santiago se da durante la visita de san Pablo a Jerusalén, hacia el 56-57, que conduce a su arresto, y en ella, es Santiago el jefe de la Iglesia de Jerusalén.

El primer Papa

Durante los dos o tres primeros siglos de la Iglesia cristian, Santiago disfrutó de una reputación considerable, casi mística, y fue objeto de una veneración especialmente fuerte en los medios llamados judeocristianos. “Judeocristiano” puede parecer hoy en día un término paradójico. Sin embargo, hay que recordar que los primeros seguidores de Jesús, por muchos años, eran judíos (de origen o convertidos) que creían que él era el Mesías. Ese fue el caso, al menos durante los primeros 50 años que siguieron a la muerte de Cristo (san Pablo es el mejor ejemplo).

Sin embargo, con la propagación progresiva del cristianismo en los paganos (o gentiles, como se les llamaba), mucho más numerosos, y a la larga, mucho más poderosos, la influencia del núcleo judeo-cristiano original fue perdiendo importancia e influencia. La literatura llamada “pseudo-clementina” (escrita alrededor del siglo IV), pero alimentada de fuentes que se remontan al siglo II, colocan el primado de Santiago en posición privilegiada frente a los otros discípulos, llamándolo “obispos de los obispos”, es decir, anacronismo aparte, primer Papa.

Santiago gozó de un enorme prestigio en los católicos durante los primeros siglos de la era cristiana. Eusebio de Cesarea, un historiador de esta época, relata en su monumental HISTORIA ECLESIASTICA de la enorme piedad de Santiago y de su preeminencia en la Iglesia primitiva:

“El hermano del Señor, Santiago, recibió la administración de la Iglesia con los apóstoles. Desde los tiempos del Señor hasta hoy, todos lo llaman el Justo, porque muchos se llamaban de la misma manera. Este hombre fue consagrado desde el seno de su madre”.

Clemente de Alejandría, en sus “Hypotyposes”, escritas hacia el año 200, presenta a Santiago como el primer jefe de la Iglesia de Jerusalén, considerándolo la autoridad suprema de la Iglesia luego de la muerte de Cristo.

“Pedro, Santiago y Juan, luego de la Ascensión del Salvador, no se disputaron tal honor, sino que escogieron a Santiago como obispo de Jerusalén”.

Finalmente, Epifanio de Salamina (315-403 de nuestra era), en su tratado sobre las herejías (Panarion), indica que Santiago fue el primer obispo de Jerusalén.

Una gran injusticia

Santiago, sin embargo, continúa siendo un gran desconocido para la mayoría de los cristianos. Su figura, siendo al comienzo igual o superior a la de san Pedro y a la de san Pablo, ha sido eclipsada por la de aquél a quien los católicos consideran el primer papa. Por una identificación equivocada con otro Santiago (llamado el Menor, hijo de Alfeo), no goza ni siquiera de un día dedicado en el calendario de los santos. Los evangelios, escritos más tardíamente, apenas se interesan por él. El libro de los Hechos no da demasiados detalles. La epístola que se le atribuye no dice tampoco demasiado sobre su persona.

Sin embargo, fuera del Nuevo Testamento contamos con el testimonio valiosísimo de Flavio Josefo, un historiador judío del primer siglo (su verdadero nombre era José Ben Matías), quien murió hacia el año 100, y que escribió dos obras fundamentales: Antigüedades judías y Las guerras de los judíos, sobre la tumultuosa vida de la Palestina de la segunda mitad del siglo I. Es gracias a Flavio Josefo que tenemos un retrato de la personalidad de Santiago y un relato de cómo murió y por qué. Hacia el año 62, Festus, el procurador de Judea (el mismo puesto que ocupó Pilatos en la época de Jesús) acababa de morir. El emperador Nerón envió a Albinus para reemplazarlo, justo en el mismo momento en el que Herodes Agripa II, rey de Galilea y de Perea, designaba a Anás el Joven (hijo de aquel otro Anás que interrogó a Jesús) como Sumo Sacerdote.

“Anás, aprovechando la ocasión favorable entre la muerte de Festus y la llegada de Albinus, reunió al Sanhedrín e hizo traer a Santiago, el hermano de Jesús, llamado el Cristo y a algunos otros, acusándolos de haber violado la Ley [mosaica] y los hizo lapidar (…) El rey Herodes lo destituyó por ese motivo del cargo de Sumo Sacerdote que había ejercido por tres meses…” (Flavio Josefo, Antigüedades Judías 18).

Este pasaje es el único en toda la obra de Flavio Josefo que hace referencia a las primeras andanzas de los seguidores de Jesús. Ahora bién, ¿por qué el Sumo Sacerdote, el más alto cargo de la religión judía, iba a ocuparse de un personaje “secundario” como Santiago, y no de otros más “relevantes” como Pedro o Pablo? ¿Tan importante era en realidad? ¿Se sentía el Sumo Sacerdote en peligro?

La herencia de Santiago

Santiago representaba el poder familiar dentro de la sucesión eclesial, mientras que Pedro lo era del grupo de los apóstoles y discípulos. Santiago se convirtió, con el tiempo, en un estorbo embarazoso para la Iglesia: su parentesco directo con Jesús lo hizo inadmisible, una especie de anomalía, una vez que se impuso la doctrina de la virginidad perpetua de María.

Santiago, además, era extremadamente piadoso y observante de la Ley. En realidad, fue el representante máximo de una corriente perdida del cristianismo primitivo, profundamente enraizada en la tradición de su pueblo. Consideraba a su hermano como el agente escatológico escogido por YHWH para anunciar la llegada inminente del reino de Dios. Esta nueva era en la que la voluntad de Dios sería respetada vería la restauración del reino de Israel. Santiago esperaba el retorno de Jesús, exaltado a la diestra de Dios, luego de su resurrección. Para él, a diferencia de Pedro y de Pablo, ser seguidor de Jesús implicaba la observancia de la Ley mosaica. Ambos elementos no podían separarse. La fe en Jesús carecía de sentido sin la aceptación de la Ley. Muchos especialistas consideran que en ello, precisamente, radicaba el peligro para el Sumo Sacerdote Anás: un judio piadoso y observante de la Ley que creía que su hermano era el Mesías esperado, y cuya popularidad era inquietante en la Jerusalén de la época. No es casualidad que su muerte haya dejado trazas históricas que no se dan en el caso de Pedro y Pablo.

Sin embargo, a medida que el cristianismo comenzó a propagarse fuera del ámbito israelita, la concepción eclesial de Santiago perdió importancia de manera progresiva e inexorable, hasta verse completamente prohibida en el siglo IV. Con el exilio de Pedro (mediados de los 40), hacia el Imperio, especialmente hacia Roma, la Iglesia de Jerusalén comenzó a sufrir del peso insoportable de la Ley judía, impreso por Santiago, hasta desaparecer de los registros de la historia de los hombres. Roma reemplazó a Jerusalén en importancia, y Pedro y Pablo, los misioneros de los gentiles, comenzaron a ser considerados por encima de todos los demás.

Santiago se opuso a Pablo, para quien el ideal era una comunidad de judíos y gentiles, que trascendiera las fronteras tradicionales y específicas del judaísmo. Para Santiago, tal posición era inaceptable. Pero la primacía de la Iglesia de Jerusalén, la Iglesia madre, y de su jefe, frente a Pablo y los otros, se vio mermada y luego anulada frente a la muerte de Santiago, primero, y la destrucción del Templo de Jerusalén, después (hecho acaecido en el año 70). Así, los judeocristianos vieron reducida su influencia hasta verse completamente marginados, frente al aumento creciente e indetenible de los gentiles convertidos a la nueva fe. Santiago, quien defendía una separación clara y estricta entre judeo-cristianos y pagano-cristianos, iba a contracorriente de la historia.

El texto de Mateo 16, 18 (“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”), una redacción tardía que no aparece en lo absoluto en el evangelio de Marcos (escrito éste unos 20 años antes) ni en el de Lucas, mucho menos en el de Juan, vendría a ser el reflejo de la pugna de poder entre las distintas facciones dentro de la iglesia primitiva, en favor de aquellos que apoyaban la primacía de Pedro (la sucesión institucional) por encima de la de Santiago (la sucesión familiar). A medida que la doctrina de la sucesión apostólica se impuso progresivamente en la Iglesia, Santiago adquirió una segunda razón para ser ignorado: no era uno de los Doce.

Llamar a Santiago “primer Papa” es quizá anacrónico (como lo es también llamar a Pedro de la misma manera ya que la institución del Papado no se creó sino siglos después). Pero si hay alguien que merecería tal título es sin duda el hermano de Jesús, Santiago, demasiado cercano a Jesús, demasiado judío.

Bibliografía selecta:

BERHEIM, Pierre-Antonine: Jacques, frère de Jésus, Albin Michel, 2001.
MORDILLAT, Gerard ; PRIEUR, Jérôme, Les origines du Christianisme, Le Seuil, 2004.

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