Opinión Nacional

El proceso de globalidad política

En nuestras sociedades actuales el cambio que se establece a raíz de la globalización económica y la globalidad política se libra en varios frentes: El primero, en la relación del Estado Nacional soberano, en la era de la globalidad que sobrepasan los límites del Estado y su soberanía, tanto política como territorial en los aspectos culturales, comerciales e imaginativos. Es decir, en el ámbito político, se está ante procesos de integración como el ALCA, MERCOSUR, TLC, Unión Europea, entre otros, los cuales obliga a todos los países firmantes, vivir en democracia, pero de manera transnacional local/global. Por tanto, en lo territorial se desdibujan las fronteras, además de una notable necesidad de intercomunicación para paliar los efectos de la globalización económica en los Estados con economías débiles.

En cuanto al segundo frente de lucha, el mismo se da cuando se sobrepasan las otrora concepciones culturales y políticas tradicionales. Tratándose de un vertiginoso paso dado por el intercambio diario de bienes y servicios de consumo masivo por el comercio internacional.

Por ejemplo, los símbolos pertenecientes al mundo de la globalidad, los encontramos en los aeropuertos internacionales, en la moda, en los servicios de comida rápita, en los medios de comunicación, que imprimen a los individuos formas de consumo y formas de vida semejantes, en donde se observan gente de todas partes del mundo, o personas de una misma región interactuando. Obviamente, ya es posible observar los primeros efectos de la era global en sitios públicos de interés privado. Y en cualquier caso, el hecho radica con la rapidez con la cual hoy gente de todo el mundo se transportan y comunican gracias al alto auge y desarrollo de las tecnologías.

En ese sentido, hacemos también referencia a la presencia del Internet como nueva forma comunicativa instantánea. Por ello actualmente, las principales actividades económicas, sociales, políticas y culturales de todo el planeta se están estructurando por medio de Internet. De hecho quedar al margen de dichas redes es la forma de exclusión más grave que se puede sufrir en nuestra economía y en nuestra cultura.

Este postulado y forma de pensar el mundo es asumido por quienes sostienen que el cambio se ha dado a partir de un factor fenomenológico comunicacional, que provoca la continua y repetitiva reinvención de los patrones de conducta cultural de todos aquellos individuos que viven esa experiencia intercomunicativa. Porque como bien lo ha señalado Ulrich Beck, en una fórmula simple: “El capital es global, el trabajo local. En todo el mundo y simultáneamente, el trabajo frágil aumenta con rapidez, es decir, el trabajo a tiempo parcial, por cuenta propia, los contratos eventuales y otras formas de trabajo para las que apenas hemos encontrado descripciones adecuadas”.

Ante este fenómeno, digamos entonces, que la soberanía estatal se presenta difusa, por lo comunicacional y político global, por aquello de la transnacionalización del capital, de los países, o empresas transnacionales o multinacionales, ya no dependientes sino intercomunicadas en el mercado de los nuevos símbolos, de la sociedad del consumo masivo. De hecho si esta dinámica prosigue, dentro de diez o quince años cerca de la mitad de la población activa de occidente trabajará en condiciones de incertidumbre. Y los políticos deben comenzar a prever estos factores de conflicto para poder mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Es decir, renovar sus planteamientos para adecuarse al mundo que vivimos y no seguir en ideologías y utopías revolucionarias generadoras de pobreza. Vaya el mensaje para esa izquierda extraviada que ha perdido su referente internacional que deambula sin brújula y que no les importa para nada sus incongruencias y contradicciones.

Así nos encontramos ante una suerte de intercomunicación interdependiente recíproca de Estados y gobiernos, ciudadanos, movilización social mundial, por trabajo u otros oficios, de empresas, divisas, y por lo tanto de las culturas. Un proceso de por sí imparable. Y como resultado de lo anterior, los ciudadanos expresan también sentimientos de rechazo a lo nuevo, a lo no planificado, que reclama en el fuero interno de los afectos, y condicionado hacia el fuero externo dentro de las relaciones sociales. Es allí donde es preciso que los políticos y sus respectivos partidos políticos se adapten a las nuevas condiciones de vida dentro de las sociedades para el desarrollo estable de la democracia.

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