Opinión Nacional

El próximo ex-presidente

Hace seis meses le escuché decir a un ministro muy principal que le era muy difícil imaginar a Chávez fuera de Miraflores. Más en concreto: fuera de las prerrogativas del poder. Confieso que a mi también me costaba, pues el singular mandatario había tratado de parodiar a Hernán Cortés en aquello de quemar las naves.

En realidad, como bien lo demostraron los suesos del 11-A, se trataba de un espejismo. Chávez ya fue ex-presidente. Los videos de Turiamo y los comentarios de Fuerte Tiuna y La Orchila dan cuenta de un hombre cansado y temeroso, amilanado casi hasta la súplica, haciéndose la víctima para suscitar comprensión.

Todo lo cual se comprende, desde luego, pero ciertamente contradice el discurso ufano y prepotente del «yo me quedo» hasta el 2013 o inclusive el 2021, según fuera el humor del quinto-republicano mayor.

En este sentido, uno de los «milagros» del mal-llamado puntofijismo (1958-1998), en la perspectiva histórica del país, es que se sabía con precisión cuando un presidente entraba y, sobre todo, cuando salía. La duración del período presidencial no era un misterio astrológico o una concesión miraflorina, sino una regla quinquenal de exacto cumplimiento.

Betancourt terminó y se fue a Europa. Leoni murió poco después, Caldera prosiguió en la lucha política, la primera vez, y en la reflexión, la segunda. A Pérez el triz que lo salvó en 1979, lo condenó en 1993. Herrera Campíns regresó a su Herrereña. Lusinchi se eclipsó. Velásquez volvió a sus papeles.

Pero el destino post-palaciego de Chávez es una incógnita. Muchos comacates, encandilados por el violentismo, quisieran que de la presidencia pasara a la sepultura. Los bernales y las linaron lo querrían para siempre donde está ahorita, «por voluntad del pueblo soberano». Mi compadre, Tulio Alvarez, le prefigura un desenlace judicial y, estoy seguro, al ubicuo Ramonet le aterra que se le acabe su dadivoso «cher président».

En su Barinas natal, por allá en la re-campaña presidencial del 2.000, el «gobernante-candidato» declaró que su revolución duraría 5.000 años. Todo un alarde de modestia post-hitleriana, pues de golpe y porrazo multiplicó con cinco el milenio del führer alemán. Lo cierto del caso es que se acerca la hora que Chávez vuelva a ser, esperemos que de manera duradera, ex-presidente de la República.

Lo ideal, al estilo Daniel Ortega en la Nicaragua de 1990, es que el de aquí saliera eyectado del poder a petición del público y sin quebrantar las formas constitucionales. Continuaría siendo una figura importante es el escenario nacional, pero sin lograr ponerle la mano ni a la banda tricolor, ni al presupuesto billonario. Una especie de vieja amenaza, cuyo único efecto benéfico sería evitar dispersiones innecesarias en el espectro democrático.

Quién quita que la hipotética Violeta Chamorro de la patria bolivariana, termine siendo doña Segunda Vuelta. Después de todo, el verdadero desafío de la oposición democrática no es sólo la sustitución presidencial, como la transición cívica de un régimen hegemónico a otro de pluralidad y equilibrio institucional.

Pero lo ideal pocas veces sucede. Aunque todavía no sabemos exactamente de qué forma, pronto contaremos entre nosotros al séptimo ex-presidente, incluyendo al nunca bien ponderado almirante Larrazábal. Las expoliadas árcas del Estado y la salud mental de los venezolanos requieren que el ingreso de Chávez a tan seleccionado club, no demore mucho más.

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