Opinión Nacional

El que se acuesta con niños…

En la misma medida en que se van aclarando los hechos y despejando las incógnitas sobre la bufonada que, en apenas 48 horas, depuso a un presidente electo, juramentó a uno de transición, destituyó a este, juramentó al vicepresidente del gobierno primeramente depuesto y devolvió a Hugo Chávez a la presidencia, la decepción y la tristeza aumentan. No por el retorno de Hugo Chávez, eso ahora para mí resulta secundario, apenas circunstancial, sino por la constatación de impericia, ineptitud, improvisación, carencia de sentido de patria, egoísmos inconscientes, deslealtad, ambiciones bajas y perversas, que demostraron líderes empresariales, figuras prominentes del foro venezolano, políticos con vasta experiencia parlamentaria y altos oficiales de las Fuerzas Armadas.

Este vergonzoso episodio podría formar parte de la más jocosa picaresca, dar lugar a una comedia de enredos que haría reír, a mandíbula batiente, a varias generaciones de venezolanos y extranjeros, si en medio de todo no estuviera la sangre derramada por las decenas de compatriotas, de distintas edades y extracción social, que perdieron sus vidas por pensar que contribuían, con su presencia en la calle, a una causa en la que creían sinceramente. Estaban en ambos bandos, la mayoría murió abaleada cobardemente por francotiradores chavistas que pretendían disolver la marcha monumental, de proporciones nunca vistas, de la sociedad civil en apoyo a PDVSA. Pero también hubo muertos que estaban defendiendo al gobierno en la concentración que rodeaba a Miraflores ¿quién los asesinó? Si pretendemos que unos son más importantes que otros, cometemos una gran injusticia y una tremenda equivocación. Por eso es perentorio crear una Comisión de la Verdad, totalmente imparcial, que investigue a fondo estos crímenes.

Y hubo una tercera categoría de muertos y heridos: los saqueadores que se mataron entre ellos por el botín producto de ese pillaje. ¿Quién paga por ellos? ¿Quién los incitó a salir a las calles para defender la revolución? ¿Quiénes les dieron puerta franca para todos sus desmanes que sembraron caos y destrucción? ¿Quién les inculcó tanto odio y resentimiento para conducirlos a destruir y a quemar clínicas donde los atendían cuando enfermaban, farmacias donde compraban sus medicinas, abastos donde adquirían sus alimentos, negocios y empresas que eran sus fuentes de trabajo y los de miles de personas tan pobres como ellos? Una vez más los pobres perdieron, engañados por un discurso que los hace creer que son protagonistas de algo o los consentidos de alguien.

¿Y qué decir de los círculos de matones a sueldo, de delincuentes armados, que sus promotores han tenido la impudicia de bautizar como bolivarianos? Los vimos en motocicletas, muchas robadas esa misma noche, blandiendo machetes, palos y armas de fuego ante los canales de televisión y sembrando pánico en toda la ciudad? Fuimos absurdamente ingenuos quienes creímos que un gobierno tan incapaz para todo, lo sería también para organizar estos círculos delictivos disfrazados de ideológicos. Fue lo único que supieron hacer. Era casi obligatorio saberlo. ¿Qué otra cosa podía esperarse de ministros y altos funcionarios que jamás pudieron superar su etapa de guerrilleros, secuestradores, terroristas urbanos y encapuchados?

En la medida en que se nos va revelando esta película de humor negro, aparece un imberbe treintañero y millonario, un tal Isaac Pérez Recao, nada menos que sobrino carnal (para desgracia de su memoria) del fundador y padre de la OPEP, como el urdidor de toda la trama siniestra mediante la cual se burló a la CTV, a los partidos, a los militares y a la sociedad civil que confiaron a Pedro Carmona Estanga organizar un gobierno de transición. ¿Puede un carricito por el solo hecho de tener los millones heredados de su padre, convertirse en una versión tropical de Maquiavelo, así, el solito? Es difícil creerlo, pero si hay algo que alimenta la especie es la conducta secular de la oligarquía mantuana de este país: Siempre detrás de bastidores, moviendo los hilos de las marionetas que han sido los políticos. Jamás se han mojado el trasero en algo tan plebeyo como es hacer política de verdad, formar partidos que representen sus intereses, pelear en buena lid por posiciones de gobierno. Son, en general, devotos admiradores de los EEUU, pero qué diferencia, allá los millonarios se hacen senadores o representantes o presidentes y no es cuestión de comprar esas posiciones, que bastante dinero les cuestan, las luchan y las mantienen a fuerza de mostrarle logros a sus electores. Los resultados están a la vista, nuestros niñitos bien no solo no saben un átomo de política, sino que ignoran todo de este país que es suyo solo porque aquí están sus intereses económicos.

Si alguna lección queda para el futuro es que la política es para los políticos, no para estos aprendices de brujos. No se puede hacer política sin partidos organizados, si se quiere que ésta sea democrática. Esos mismos que veíamos aplaudir a rabiar los disparates del decreto leído por Carmona Estanga, fueron los que, directa o indirectamente, contribuyeron a destruir a los Partidos sometiéndolos al escarnio constante. Los partidos tampoco fueron ningunos inocentes, bastante condimento agregaron a su propio desprestigio. Pero es a ellos a quienes ahora corresponde tomar la batuta de esta banda desafinada que es la oposición venezolana. Y, corresponde a esa valiente sociedad civil que demostró su capacidad de entrega y su amor por Venezuela, vigilarlos, obligarlos a depurarse, a corregirse, no perderlos de vista un momento y no pasarles por alto un solo error ni la más mínima desviación. Y, por supuesto, participar, seguir siendo protagonista.

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