Opinión Nacional

El quinto elemento

La escogencia del quinto miembro, en otras palabras del Presidente del Consejo Nacional Electoral, por parte de los diputados de la Asamblea Nacional, se parece a la búsqueda del flogisto o al debate sobre el sexo de los ángeles, temas que tanto ocuparon el tiempo y la atención de los escolásticos durante la Edad Media. Ese miembro se ha transformado en una especie de “El Dorado”, reino mítico que los colonizadores españoles y portugueses querían poseer, pero que por ser eso, una quimera, resultaba inalcanzable. Ahora resulta que de los 86 miembros de la lista que fue seleccionada por el Comité de Postulaciones Electorales, depuración que tomó varias semanas de trabajo tanto para el Comité como para los seleccionados, ninguno reúne las condiciones para cubrir esa plaza supuestamente vacante. A esa extraña conclusión parecen haber llegado los congresistas, sin haber definido previamente un baremo o, al menos, los criterios generales a partir de los cuales habría que establecer si quienes integran esa lista poseen o no el perfil adecuado para formar parte del cuerpo de rectores. ¿Cómo saber si en la lista elaborada por el CPE hay personas con las credenciales para ejercer el cargo de Presidente del CNE, si los diputados no han establecido ningún parámetro contra el cual contrastar la trayectoria de los ya seleccionados?

En los medios de comunicación han aparecido los nombres de unos ilustres venezolanos que, debido a los problemas surgidos en la Asamblea Nacional, podrían ejercer la presidencia del organismo electoral. No tengo dudas de que entre esos nombres hay personas con credenciales suficientes. Sin embargo, no creo que esos connotados personajes tengan mayores méritos que algunos de quienes están incluidos en la lista confeccionada por el CPE, y que se sometieron a los rigores del proceso de selección. Además, hablar del “quinto miembro” con el significado de Presidente del CNE, ya revela el lugar que los parlamentarios le asignan a los otros cuatro integrantes del organismo en torno a los cuales hubo acuerdo en la plenaria de la Asamblea Nacional el 6 de mayo pasado. La elección del Presidente es una competencia exclusiva de los cinco Rectores del CNE, una vez que se haya constituido formalmente este Cuerpo. De acuerdo con la Ley Orgánica del Poder Electoral ningún otra institución del Estado puede intervenir en esa decisión. Lo que explica este exabrupto que viola tanto el espíritu como la letra de la Constitución y la LOPE, es que los partidos con mayor representación parlamentaria están actuando de forma tan sectaria, que incluso dejan pálidos los antiguos procedimientos utilizados por la democracia puntofijista. Antes se seleccionaban para el Consejo Supremo Electoral los famosos “independientes pro”, ahora los partidos tratan de imponer en el CNE militantes de la línea dura. De allí que busquen afanosamente un quinto “neutral”, como si un Poder tan importante para el país y para la democracia pudiese depender del aplomo, coraje y ecuanimidad de una sola persona. Estas virtudes morales hay que exigírselas a todos los integrantes del organismo cúpula del sistema electoral, no sólo a uno de sus miembros. Si las el procedimiento sugerido en la Constitución y establecido en la LOPE se hubiese seguido como Dios manda, es decir si se hubiese elaborado un baremo, se habría evitado buena parte de los problemas que han obligado al TSJ a actuar frente a la evidente omisión constitucional en la que ha incurrido la Asamblea Nacional.

La neutralidad que hay que demandar del Presidente y demás miembros del CNE no es una imparcialidad boba, aséptica y completamente desapasionada. Si a la FIFA se le ocurriese designar árbitro de la gran final de un mundial de fútbol a una persona que sea completamente neutral frente a Brasil e Italia, pongamos el caso, pero que ignora la esencia del juego y no siente pasión y amor por el balompié, con toda seguridad el espectáculo resultará caótico. Sólo quien está profundamente comprometido con ese deporte puede saber cuándo un contacto entre dos jugadores debe calificarse como falta y cuándo dejar correr la jugada, para no restarle brillo ni fluidez al juego El símil sirve para los árbitros electorales. Nadie en su sano juicio puede imaginarse al “quinto miembro” o a cualquier otro de los Rectores del CNE cumpliendo la misma función de esas máquinas computarizadas que realizan operaciones bancarias. Tal grado de neutralidad no existe y tampoco resulta conveniente. Los Rectores, para que cumplan cabalmente sus funciones, han de estar comprometidos a fondo con el sistema democrático, con la institución del voto, y con la necesidad y conveniencia de convertir el Poder Electoral en una rama autónoma de los poderes públicos. Tienen que poseer una visión clara de la división institucional del trabajo, del lugar que les corresponde a los partidos políticos y al proselitismo. Si alguien llega al CNE convencido de que lo que no se gana en las urnas electorales hay que obtenerlo mediante manipulaciones, o que acta mata voto, y que la automatización debe servir para agilizar el fraude, estará atentando contra la sustancia de la democracia. Estos trucos podrán servir para preservar temporalmente el poder, pero terminan hiriendo de muerte la credibilidad y legitimidad del sistema.

Si el TSJ, producto de la incapacidad de la AN, termina eligiendo a los miembros del CNE, tendrá que superar la visión arcaica de la neutralidad y los errores del Parlamento. Los tiempos demandan en ese organismo gente de convicciones democráticas arraigadas.

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