Opinión Nacional

El racionamiento digital del siglo XXI

La crisis política solapa la profunda crisis económica que vapulea los cimientos de la estabilidad y gobernabilidad.

La crisis económica se acelera montada en la destructiva carreta de la planificación centralizada, mientras el país asiste, desde distintos ángulos, a la puesta en escena de una obra que representa la explosión del descontento de la protesta de una sociedad en ebullición, que luce ajena y distante a lo que fuimos los venezolanos y de cómo éramos percibidos, en la que la violencia y la represión son las dos grandes protagonistas.

La agenda política en gobiernos de inspiración marxista en sus orientaciones y autoritaria en sus ejecutorias nunca se abandona.

El Plan de la Patria, de imposición antidemocrática e inconstitucional, es en criterio del expresidente Chávez “un programa del no retorno” cuya “coherencia responde a una línea de fuerza decisiva (…) hacer irreversible el tránsito hacia el socialismo. La consolidación de la V República Bolivariana y Socialista la más bella y luminosa justificación de más de dos siglos de lucha”. “Esto pasa por pulverizar completamente la forma de Estado burgués que heredamos”.

Es el mismo lenguaje marxista trasnochado sacado de los textos de Marx y Engels, la cartilla comunista de parafernalia discursiva y nomenclatura estatal de los regímenes soviético y cubano, adaptados por uno de sus más aventajados pupilos, que con aprendizaje de caletre no asimilado, se empecinó en esa “utopía regresiva” (expresión de Felipe González) y museística antillana .

El gobierno ha sido terco en la “construcción del socialismo bolivariano del siglo XXI en Venezuela como alternativa al sistema destructivo y salvaje del capitalismo, y con ello asegurar la mayor suma de felicidad posible, y la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política”.

Lo único seguro ha sido el fracaso en términos de resultados de la construcción emprendida, pues se ha construido un perverso y salvaje capitalismo de Estado; se le ha negado la felicidad al pueblo en términos de esperanza de futuro, paz social y pisoteado su derecho global de estar regido por un buen gobierno; se le ha infringido la tristeza de no contar con seguridad social en términos de la contingencia de maternidad, enfermedad, invalidez, entre otras circunstancias de previsión social; se le ha sumido en la infelicidad suprema de no contar asistencia médica por el estruendoso fracaso en la definición de una política y gestión del sistema público nacional de salud; se ha condenado al país en una profunda inestabilidad por su talante antidemocrático, la ausencia de vocación al diálogo sincero y transparente y la violencia de Estado que ha volcado hacia la población.

La escasez y el racionamiento son parte de esa infelicidad, lo cual era previsible. No son producto ni de las guarimbas ni de las protestas. Son las últimas cuentas del rosario de concepciones trasnochadas y políticas erráticas de los últimos años.

La fracasada planificación centralizada, según el Plan de la Patria, busca “impulsar nuevas formas de organización de la producción que pongan al servicio de la sociedad los medios de producción e impulsen la generación de tejido productivo bajo un nuevo metabolismo para la transición al socialismo” y pretende generar “un sistema de integración de las redes productivas, que permita articular la cadena de valor de las materias primas, diversificando la producción para la satisfacción de las necesidades sociales de la población”.

Sin embargo, el resultado es sumir a la población en una infeliz e indignante dependencia del Estado, forma de servidumbre de la cual se ha valido el régimen cubano, junto a la represión, para someter durante más de 50 años al pueblo cubano.

La planificación se convierte así en una política nacional asfixiante insuflada en la concepción de que el empresario es un enemigo de la sociedad, que la iniciativa privada no es más que la elegante forma de no tener solidaridad con los conciudadanos bajo la pretendida tutela constitucional de la libertad económica siendo, por tanto, necesaria la intervención del Estado a los fines de apoderarse de los medios de producción, distribución y rentabilidad de las empresas.

En una economía respetuosa de la propiedad y la libertad económica la renta de cada uno de los agentes económicos representa un costo en la contabilidad de otros agentes.

El aumento de los costos de producción en virtud del control absoluto del Estado (autorizaciones, habilitaciones, inherencia en almacenamiento y distribución, controles cambiarios, de costos, precios y rentabilidad, amén de una tributación irracional y confiscatoria, entre otros factores) absorbe todos los beneficios de los productores causando su debacle económica, que conlleva a un descenso en la producción y generación de empleo.

El Gobierno controla el precio de un bien (azúcar, café, harina, leche y pare usted de contar), a un precio sensiblemente inferior a aquel que sería el precio que le asigna el mercado; el productor comienza a verse afectado, pues aumentan los costos de los insumos y estos se incrementan.

Los bienes una vez controlados escasean y, por consiguiente, son más costosos. El productor experimenta pérdidas que se extienden y agravan en el tiempo, no siendo sostenible y, por tanto, se ve obligado a no seguir produciendo.

El Gobierno, sus controles y su discurso originan menos producción de bienes y un incremento en la demanda de los bienes.

El pueblo al cual se dice proteger sus ingresos que podría comprar ese bien a precio regulado, no lo consigue o se lanza desesperadamente a los abastos y supermercados para llegar de primero a adquirirlos. Se hacen gigantescas e indignantes colas, a los clientes se les marca como reses que van al matadero, se les manipula en sus deseos de satisfacer sus necesidades básicas.

Ante tal situación y la sapiencia gubernamental, no queda otra que “el sistema digital de racionamiento económico”, la “libreta digital”, lo cual no garantiza el consumo de todos por igual, sino se crean castas de privilegiados (altos militantes del partido de gobierno y funcionarios comprobadamente leales y sus familiares), grupos de excluidos (disidencia, por medio) y una fuente adicional de renovada corrupción. Comienza el ciclo perverso de control de costos, precios y racionamiento. El control de un precio de un bien, lleva al control de costos y precios de los insumos para su producción y… ya usted…sabe.

No solo es incompetencia y dejadez del Gobierno la escasez y el racionamiento. Es su naturaleza.

 

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